ÍNDICE:

Enseñanza 1: La Renuncia es el Camino de Cafh
Enseñanza 2: Meditación sobre la Muerte
Enseñanza 3: Presencia en la Hora Eterna
Enseñanza 4: La Muerte Mística de De Rancé
Enseñanza 5: Efectividad Posesiva de la Renuncia
Enseñanza 6: El Vencimiento del Sueño
Enseñanza 7: La Renuncia como Salvación
Enseñanza 8: La Mística de la Ceniza de San Pablo de la Cruz
Enseñanza 9: Automatismo Liberador de la Renuncia
Enseñanza 10: Los Bienes de la Renuncia
Enseñanza 11: El Valor Único de la Renuncia
Enseñanza 12: Los Discípulos Tibetanos
Enseñanza 13: La Renuncia como Holocausto
Enseñanza 14: Conquista de Almas por la Renuncia
Enseñanza 15: La Renuncia Permanente
Enseñanza 16: Santa Francisca Romana

Enseñanza 1: La Renuncia es el Camino de Cafh

El renunciamiento es el camino de Cafh y no hay otro camino para la salvación del mundo.
El renunciamiento es el único medio de salvación no sólo para los Hijos de Cafh, sino para toda la Humanidad.
Si se tuviera el concepto de que el renunciamiento atañe únicamente a una parte de la Humanidad, el camino de Cafh sería imperfecto.
La Renuncia es el camino de Cafh y los Hijos lo deben practicar desde ya, vivirlo desde ya, pero no con la idea de que el camino sea sólo para ellos, sino con la seguridad de que es el único camino para la salvación de todo el género humano.
El renunciamiento es el único camino de salvación y no hay otro.
Esta doctrina fundamental no es nueva sino es la de todos los Grandes Iniciados, de todos los grandes seres que han dado el Mensaje a la Humanidad y no fueron escuchados. Pero al Hijo se le ha concedido el don inapreciable, por el momento en el que debe vivir, de saber que la Humanidad ha terminado su ciclo de evolución de permanencia oscilante, como las sombras que se reflejan sobre la pared del mundo, por el estremecimiento mundial de una fuerza verdaderamente sobrenatural, de una energía nunca conocida por el hombre y alcanza así una visión más clara de la realidad de la vida humana.
Es que la misión del Hijo es realmente extraordinaria porque con su mensaje de renunciamiento llega en la hora propicia, en la hora en que la Humanidad, a pesar de todas sus miserias, puede comprender y captar este mensaje. Pero para que eso se cumpla es necesario que su preparación sea completa y absoluta.
En el mundo no sólo los Hijos de Cafh, sino muchas almas hay que practican la renuncia, que la han comprendido, que la viven; pero es necesario que Cafh en su lugar, con las almas que le han sido confiadas, empiece a predicar este Mensaje sobre todas las cosas.
Cafh tiene el Mensaje para predicar a las almas: que el renunciamiento es el único camino de salvación. El Hijo que llega a Cafh y no comprende esto no puede ser nunca Hijo de Cafh.
El renunciamiento es el fundamento de la doctrina, la base de la creencia del Hijo, el mensaje que tiene para la Humanidad. Él no puede desviarse de este concepto fundamental respecto a las almas.
Desde que el Hijo entra en el Sendero como Patrocinado comprende que ésta es la única verdad. No la practica, pero se le enseña y la comprende. No puede negársele eso a las almas. El instructor que no le enseña al Hijo que todo es vano y perecedero no enseña una doctrina sana. El Patrocinado ha de ser enseñado para que comprenda y sepa. El deber de los Superiores es que lo sepa. Para llevarlo a ese punto es necesario que se le aboque a la consideración de que todo es vano en el mundo.
Muchas veces los Superiores y los instructores ilusionan a las almas con falsas doctrinas, porque no los creen todavía capacitados o porque creen perjudicarlos, sin saber que esa es la base de la predicación: abrirles los ojos desde el principio.
Todo perece, todo muere; la Renuncia es el único camino de salvación. Un alma que vive de ilusiones puede alejarse, pero muchas otras almas predestinadas vendrán al Sendero porque el alma al final recibe el Mensaje. ¿Acaso no se ha visto cuántas almas, sobre todo al principio, se alejan del Camino? ¿Por qué? Porque no se ha sabido darles la verdadera doctrina, se las ha ilusionado, no se les ha predicado la sana doctrina de la verdad: de que todo es Renuncia, de que aquél que no renuncia no tiene ni tendrá jamás salvación; no sólo morirá como ser humano, sino todas sus ilusiones morirán con él; todo lo que ha creído gloria se transformará en fracaso.
El Solitario, desde luego, no puede ser tal si no comprende este bien fundamental. Sus Votos no serían nada más que un caparazón de defensa exterior si no lo comprendiera. Pero no sólo lo comprende, sino lo practica parcialmente; lo ha comprendido y lo ha comenzado a practicar.
Quien lee con atención el Reglamento ve que la vida del Solitario no es nada más que un gran puente de salvación tendido entre la tierra y el cielo para que el alma lo cruce y se entregue completamente a la Renuncia.
La vida del Solitario no es nada más que una escuela, un estímulo a la práctica continua para llevarlo a la Renuncia; es un trabajo de amor que la Madre hace a través de los Superiores para llevarlo al verdadero bien que es la Renuncia comprendida, practicada y vivida, hecha carne, hecha mente, hecha vida en el ser. Y está de más decir que, en ese divino conjunto de Cafh, es el Ordenado aquél que la practica, que la vive en su plenitud.
Pero este renunciamiento no es el renunciamiento del egoísmo.
La misión fundamental de Cafh, en este sentido, es una misión individual, por lo tanto, humana, para todo el género humano. No es el renunciamiento del hombre que lo logra para sí, aún si piensa que su renunciamiento ha de redundar en bien de la Humanidad. El renunciamiento del Hijo no es total ni será nunca total, hasta que todo el género humano no haya comprendido y vivido esta verdad única y universal. Por eso el primer deber del Ordenado es predicar a las almas del mundo la consideración de que todo es ruina, muerte, de que todo termina, de que nada puede permanecer.
Todo es un devenir. Éste es el primer mensaje, el primer deber. Pero para eso hay que tener una conciencia profunda de este sentido; él tiene que ser una realidad tan absoluta que nunca, en ningún momento, se cruce por la mente una idea contraria. Un Hijo que, por ejemplo, tenga en un momento la tentación de volver al mundo no ha comprendido el Voto de Renuncia porque si no esa idea no podría entrar en su mente, en su naturaleza, en su ser.
Hay que predicar al mundo que todo es muerte y ruina, pero ante todo debe serlo para el mismo Hijo.
En primer lugar hay que tener un concepto clarísimo de lo que es el Voto de Renuncia que es completamente auxiliar de la verdadera Renuncia, porque la Renuncia es algo vivo, de uno.
En segundo lugar el Voto intuye la Renuncia, la estimula.
Entonces se ha de comprender que no puede consagrarse quien no tiene una comprensión íntima de la Renuncia. Así se evita él tener que oír luego: “Yo no puedo morir, no tengo la fuerza necesaria para morir”. Esto es fundamental en los Hijos.
La idea ha de ser absoluta; si no hay tal no hay que engañarse, no se puede admitir al Hijo en la Comunidad.
Este concepto lleva entonces a esta conclusión: aquél que toma el camino de la Renuncia jamás vuelve atrás. El Voto es un auxiliar; se puede dispensar un Voto, pero ese ser no queda por eso dispensado de la Renuncia, es un fracasado. Todos los Hijos son responsables de ese fracaso porque se le han dado ilusiones en vez de espíritu de desprendimiento. Se le ha fomentado una vocación. El fracaso de él es el fracaso del Superior, de los Directores, de los compañeros. Es una lastimadura que toca a todos y daña a todos.
Es necesario que el Hijo que aspira a la Ordenación sepa que la Renuncia es un don del alma, que una vez que está en el alma no se puede sacar nunca más. Para eso es preciso que los Ordenados de Comunidad estrechen más sus lazos, sus vínculos, sean sellados en su vocación, no por soberbia, sino por caridad hacia las almas que no están llamadas a la vocación de Renuncia. Esto ha de hacer que se aten el uno con el otro y formen una cadena mística que impedirá que esas almas emitan los Votos y caigan de una altura tan grande y renieguen continuamente de Dios; porque el Ángel de Luz siempre se vuelve Satán, maldice en su corazón lo que ha perdido, lo que ya no tiene. Aún si su cara sonríe de felicidad sus labios destilan veneno. Los Hijos tienen que evitar eso.
¿Cuál es el método más seguro a seguir con las almas?
¿Cuáles han de ser estos medios para evitarles los errores?
Primero: Un examen verdadero para ingresar a la Ordenación.
Segundo: Un seminario más completo.
Es responsabilidad de los Hijos el que un aspirante nunca llegue a decir: “Yo no puedo morir”. ¿Cómo no se han dado cuenta antes? ¿Cómo han dejado escapar eso?
Ante todo los aspirantes, sobre todo los hombres, la mayoría de las veces tienen un concepto falso de la Ordenación. Creen que la Ordenación es adquirir algo, tener algo.
Un aspirante escribió a su Director Espiritual: “Deseo ordenarme para tener una unión más intima con la Divina Madre”. Y éste le respondió: “Para lograr una unión más íntima con la Divina Madre no hace falta ordenarse; todos los Hijos tienen a su alcance los medios para lograr ese fin ya que ése es un bien completamente interior. Aún el más humilde Patrocinado puede alcanzar la Unión Divina si se entrega interiormente con un amor ilimitado y si ordena su vida con el ascetismo adecuado para él”.
Todas las almas interiormente pueden llegar a la Unión con la Divinidad, tienen menos posibilidades que las almas consagradas, pero pueden llegar. El goce no será perfecto, tienen menos medios.
Los Ordenados tienen más medios y por lo tanto más responsabilidades.
“Tener vocación de Ordenado -decía este Director Espiritual- es otra cosa: Es tener una seguridad interior y sostenida que sólo en ese tipo de vida de Comunidad se encontrará la felicidad, el bien y el medio para alcanzar la Unión Divina. Es sentir que ése es su lugar, sentir que en la Casa de la Madre se estará a gusto, que ninguna otra cosa puede ya gustarle, que podría tener muchas dificultades, pero que al final dirá ¡paciencia! y seguirá adelante. A lo mejor no logrará nunca en esta vida una verdadera unión, pero esto lo predispone, en la hora de la muerte, a la Unión. Para el Hijo Ordenado es sólo éste el bien y el medio para alcanzar la Unión. Otros pueden tener muchos otros bienes, pero para las almas consagradas -continuaba diciendo el Director Espiritual- “...es como una seguridad de que no se ha nacido para los trabajos del mundo, ni para la familia, sino que sólo se es adaptable al tipo de Vida de Comunidad”.
Esto hay que comprenderlo muy bien porque es un signo inevitable de vocación. Hay que desconfiar de los muchos entusiasmos; pero si el aspirante no tiene interés por nada, si no le llama nada la atención y hace lo que le mandan, escucha el consejo del Superior sin sensibilidades, ése es signo de un verdadero llamado.
Los Superiores no tomen nunca al Hijo que dice que sin eso no puede vivir; eso es entusiasmo, fogaratas, es buscar algo. La vida del Ordenado es la nada; renuncia, desprendimiento absoluto.
Y acrecentaba aquel Director Espiritual: “Aún así, puede ser que con ser buenos Hijos Ordenados y muy aptos para la vida de Comunidad no se logre en esta vida la unión anhelada. Claro que la Ordenación, que es un tipo de vida, predispone más a ese fin. Pero predispone, no da. Además, la vida de Comunidad que no es de ilusiones, es de trabajo humilde: cultivar la tierra, cocinar, ser obrero, con pocos estudios; todo se concreta en un gran silencio, en una absoluta obediencia, en una rutina que termina con la muerte física del Hijo”.
Se dice esto para que no haya lugar a dudas; si esto es lo que busca, no hay inconvenientes en recibir al Hijo.
Hay que hablar muy claramente porque la dispensa de Votos no es más que un paliativo; en el camino de Dios, de la Verdad, de la Renuncia, no hay más que dos cosas: o se triunfa o se fracasa. Por eso el único bien que se puede hacer a las almas que fracasan es el silencio; no nombrarlas, olvidarlas.
La vida del Ordenado es muerte y los muertos no vuelven; si vuelven los vivos huyen de ellos. Llevan consigo una maldición, su propia maldición: no poder estar en contacto ya con los seres, no encontrar la felicidad. Sobre todo la gran maldición consiste en que estas pobres almas para tener un poco de paz y de soledad tienen que renegar de Dios, de la fe que es la gracia del alma y el único don que tiene el hombre sobre la tierra, que es creer.

Enseñanza 2: Meditación sobre la Muerte

Cuando el Bienaventurado Buda empezó a reunir a sus hijos a su alrededor para enseñarles la extraordinaria verdad de que todo es renuncia y nada es duradero en el mundo, lo primero que hizo no fue decirles que todo perece, que todo termina, sino fue mandarlos a un cementerio.
En ese tiempo en que el hinduísmo, el brahmanismo y los grandes ejercicios ascéticos estaban en auge, en que se practicaba una renuncia tan exterior que los hombres se desnudaban hasta de sus ropas, en esa India de entonces, fue toda una novedad el ascetismo del Buda que mandó a sus discípulos al cementerio a recoger los harapos de los cadáveres para que tengan así el recuerdo continuo de que todo muere sobre la tierra. Por esa razón los que han renunciado llevan una vestidura amarilla, porque era el lienzo de los despojos humanos. Antes que el Buda les diera la doctrina tuvieron sus hijos que sentir en carne propia, a través de esas vestiduras, que eran también ellos despojos humanos, que eran muertos en vida.
La consideración de la muerte y de lo perecedero de las cosas humanas ha de estar continuamente en el Hijo, pero no sólo como una idea, sino como una realidad. Es fácil decirlo, pero hay que hacer que verdaderamente sea una realidad.
Un Hijo devotísimo que meditaba un día sobre la Dama Negra quedó como entre sueños, como vencido por el sueño. Vio entonces un horrible ser delante suyo, un ser que daba la impresión de ser la imagen misma de todos los horrores. No tenía cuerpo; esa imagen de envoltura carnal daba la impresión de unas escamas tremendas de leproso. No tenía manos sino muñones que parecían garras, cuchillos de hierro. No tenía rostro, sino inmensos y profundos surcos de oscuridad.
El pobre Hijo quedó como temblando. Nunca había visto un horror tan espantoso; pero tuvo fuerza para preguntar en su imaginación: “¿Quién eres, cuál es tu nombre? Tú eres seguramente la Dama Negra”. Y este horrible ser, abriendo imaginariamente sus fauces, dijo: “Yo soy la Muerte”.
“Es bueno -le dijo a este Hijo su Director Espiritual- y es una gracia extraordinaria la que usted ha recibido, porque cuando la enemiga se muestra tal cual es, es porque poco le queda para ser vencida; porque ella sabe siempre disfrazarse y adornarse de bellezas ilusorias”. ¡Cuántos son los velos de ilusión que lleva sobre sí! A través de ellos van los pobres seres buscando el placer, la sensación, la gloria, la dicha, la riqueza. Pero cuando ella está acorralada, cuando esos velos de ilusión le han sido quitados poco a poco, muestra toda su fealdad, lo que ella es. Pero ya se ve cuáles son sus palabras más terribles: Ella es, sobre todo, la muerte.
Aún entre los Hijos que han tomado la senda del renunciamiento se ve poco la tendencia a esta saludable meditación de la Dama Negra, representándola como la muerte. Si el alma ha de llegar a la Santa Ordenación por la consideración de que todo es perecedero, uno de los más hermosos ejercicios que ha de practicar, sobre todo en el tiempo del Seminario, es sobre la única realidad: la muerte. Recuerden esto los Superiores y los Directores de Seminario vuelvan muchas veces a insistir sobre la meditación de la muerte.
Buda, el bienaventurado, les dio como primer don de gracia a sus monjes el sudario de los difuntos como traje monástico y les mandó, en los preceptos fundamentales consignados que una vez por mes se recogieran una noche entera en un cementerio para meditar sobre la muerte.
Todos los grandes seres acostumbraron hacer esta saludable meditación y lograron su santidad a través de este valioso ejercicio tan necesario a los Hijos porque la naturaleza humana tiende a relajarse, a traer sensaciones de lo exterior; sensaciones de engaño, de goce, de permanencia de los bienes del mundo.
Como aún los Hijos están revestidos de carne no se puede dejar de dar el antídoto adecuado con la meditación sobre la muerte.
Cuando los chelas hindúes empiezan su noviciado, lo primero que hace su gurú es mandarlos a los quemaderos de cadáveres para que vean a donde van a parar todos los bienes y grandezas del mundo.
El lugar donde descansan los muertos es un lugar que no agrada a los hombres, pero los Hijos en sus meditaciones, si bien no pueden ir siempre a un cementerio, tendrán que ir con su pensamiento y buscar en esas saludables imágenes la visión clara de la única realidad.
Los hombres acostumbran a reverenciar a sus muertos de muchos modos; cada uno cree que la suya es la mejor manera, pero en todos los cementerios del mundo se puede conocer lo que es la vida humana.
Es bueno que en alas de su pensamiento vaya recorriendo el Hijo esos lugares en donde, si bien con distintas ceremonias y métodos, se ve que todo se reduce a lo mismo; al polvo, a la nada. Pueden volar a los países en donde los hombres levantan grandes piras al lado de los ríos para quemar los cadáveres de sus muertos; ver allí cómo terminan esos cuerpos tan amados, tan favorecidos, tan complacidos; ver cómo sus despojos son arrojados a las aguas para ser pasto de las tortugas sagradas.
Vaya el Hijo a las altas mesetas del Tibet y verá como enseguida después de muertos, los parientes, a pesar de sus lágrimas, entregan a sus difuntos a las manos de los hombres carniceros que los llevan a un lugar apartado entre las rocas, para descuartizarlos y darlos como alimento a los buitres. Aún hoy los parsis ponen a sus muertos en altas torres para que sean comidos por las aves de rapiña y sus huesos calcinados al sol. Esos huesos hablan bien claro. Estas torres son como cementerios de la vanidad humana, blancos huesos que dicen: “¿Me reconoces? ¿Acaso sabes acaso quién soy? ¿Sabes si he sido hombre o mujer, rico o pobre, lindo o feo?” Allí no hay más que huesos y despojos de la muerte.
Pero al día de hoy se puede ver un nuevo cementerio en el mundo, el cementerio hecho por la ignominia de la civilización. Aún lo salvajes tienen un lugar en donde poner a sus muertos, pero la civilización de hoy mata tanta gente en los campos de batalla que no tienen dónde enterrarlos. Una mujer misionera protestante en Corea describe esos campos como un espectáculo tan terrible y espantoso que no se puede describir con palabras: hay que verlo. Pedazos de cuerpos mutilados, deformados, desconocidos; sangre y carne amasada, inmensos campos donde las fieras salvajes encuentran su delicia. Y surge la pregunta de si esos seres no tuvieron también la ilusión, si no fueron también ellos atrapados por las luces de la vida, si no recorrieron un día los caminos del mundo. Ahora hay que mirar al suelo y verlos allí destruidos, aniquilados, despojos que ya ni cadáveres son. Ése es el cementerio de esta civilización.
Éstos han de ser los frecuentes paseos de los Seminaristas, éstas han de ser sus meditaciones. El mundo brinda una ilusión con sus falsas palabras, pero sus realidades sólo son muerte y ruina. Piensen en esto los Hijos para ir luego, en silencio, a dar gracias a Dios por aquellos difuntos que han tenido la dicha de tener quién los acompañara en la hora de la muerte y una sepultura en un lugar de paz.
Vayan los Hijos con el pensamiento a los cementerios conocidos donde descansan aquellos que representaron la generación anterior a la actual, donde descansan los que fueron parientes, amigos, compañeros espirituales. Es dulce y plácido el lugar de la muerte para aquellos que lo saben bien considerar. Tiene el cementerio un encanto que no es de este mundo, sobre todo para las almas que han renunciado al mundo, porque muestra que allí sólo están los despojos, ya que esos seres al final han trascendido, se han liberado, están vestidos con un traje de gloria, de eternidad, que nada tiene que ver con sus despojos.
No dejen los Superiores de enseñar estos saludables ejercicios de meditación a los Seminaristas. El pensamiento del alma consagrada no ha de buscar la ilusoria alegría del mundo, sino la realidad que es el dolor, el sufrimiento y la muerte.
Mediten también los Hijos sobre el gran momento en que fueron llamados a la Renuncia, en que murieron para el mundo para que la Madre les revelara la Verdad, en que tocaron la Puerta Santa, en la hora en que pronunciaron sus Votos. Tengan siempre presente la imagen de sus capas y de sus velos, símbolos de la muerte mística.
Si hay una dicha sublime en el mundo es la de haber renunciado y esta dicha es fruto de la comprensión de que todo en el mundo es transitorio.
Pidan siempre los Hijos a la Divina Madre que los mantenga en este admirable don. Díganle muchas veces a Ella que le agradecen infinitamente el haberlos llamado a esta sublime vocación porque aún en los años de juventud no se han dejado ilusionar por la vida del mundo, sino han tomado la senda de los más ancianos, la senda de la comprensión de la vida, porque aún siendo hombres con muchas posibilidades mundanas han ofrendado esas posibilidades para morir en vida y ser todos de Ella. Que la Divina Madre los mantenga en todos los momentos en esa santa comprensión de muerte, de inexistencia, de estado de abandono interior. Pónganse muchas veces los Hijos místicamente la capa y el velo, como en el día que les fue impuesto para que esta santa y dulce muerte mística no sea olvidada nunca ni por una mirada, ni por un pensamiento, ni por un acto humano. Díganle muchas veces a la Divina Madre que al haberlos aceptado a Sus pies, al haber aceptado la ofrenda de sus vidas, les ha dado la felicidad, el verdadero bien de la vida divina, de la resurrección.
Madre dulce, Madre santa y amable, ¿qué han hecho los Hijos para merecer tanto bien? ¿Qué fue que les quitaste la venda de los ojos para que vieran a la Dama Negra con su nombre de muerte y ruina? ¿Qué tenían estos Hijos que no tuvieran los demás hombres? ¿Qué tenían para que no fueran cegados por el mundo sino que tuvieron un solo deseo, una sola aspiración: morir al mundo?
Sólo tenían el bien de saber considerar la ilusión de la vida y el fin de todas las cosas.

Enseñanza 3: Presencia en la Hora Eterna

Renunciar es vencer el tiempo dimensional para vivir un tiempo expansivo, inmenso, eterno. Pero estas palabras suenan muy vacías, muy teatrales, si no se procura vivirlas, captarlas interiormente, hacer del sentido del tiempo una realidad de eternidad.
Se ha visto a grandes Maestros predicar esta doctrina admirable de no ser encerrado, estrecho de juicio, de vivir en la eternidad, libre, en el espacio. Estas doctrinas que merecen gran admiración y respeto y que se leen en las admirables páginas de Krishnamurti son solamente palabras si el hombre sigue viviendo atado al tiempo y a la necesidad. Porque la experiencia muestra que aquellos que hablan de vivir la hora eterna, de no tener un horario, de no estar atados a reglamentos, a imposiciones, porque todo eso encierra, están desgraciadamente tan atados a todo como los demás hombres. ¡Pobre del hombre que siempre quiere escapar y cae en las trampas!
Una sabia señora enseñaba que una vez había un matrimonio que se llevaba mal; la mujer tenía que vivir trabajando, cocinando, fregando, cosiendo todo el día y además era maltratada por el marido. Una persona amiga le aconsejaba: “¿Pero por qué no deja a ese hombre?” Y ella respondía con sabia razón: “Por dos causas muy sencillas, una de Dios y otra de la tierra. La de Dios es que este hombre, malo o bueno, es el padre de mis hijos, el que Él me ha dado y eso no se puede cambiar jamás. La segunda es que he visto que todos los que quieren escapar fuera de una rutina, de una obligación, hacen como el pobre pescado que al ser puesto en la sartén salta para escapar del aceite y cae al fuego”.
Esas almas que hablan de tanta libertad y expansión, de vivir la vida espiritual sin trabas podrán libertarse de algunas cosas, pero caen dentro de otros lazos mayores, la tiranía del tiempo. No se puede vencer haciendo lo que a uno se le da la gana, sino transmutando ese tiempo, conquistando ese tiempo, viviendo ese tiempo.
Si se pregunta a alguien: “¿Por qué no se levanta usted más temprano?”, responde: “Me gusta estar un poco más en la cama, soy una persona libre, ¿para qué me voy a imponer una norma?” Pero llega el día en que tiene una obligación, no puede levantarse, y dice: “Soy esclavo de la cama”. Está atado a ese hábito, a esa costumbre.
Esas liberalidades traen otros hábitos, encierran al ser dentro de otra limitación de tiempo y siguen más esclavos porque tienen así dos patrones: la duración del tiempo y la duración de sus malos hábitos.
La Divina Madre al regular la vida del Ordenado para darle una verdadera libertad le ha impuesto aparentemente unas normas más severas de vida, como si lo hubiera atado más al tiempo al distribuir sus días y su vida tan estrictamente. Da la impresión de que se está atado a una norma diaria de la que no se podría escapar. Pero en realidad de esa forma el alma puede liberarse del dimensional y entrar en el tiempo expansivo, lo que sólo se logra viviendo muy estrictamente dentro del tiempo, haciendo hábitos muy precisos, viviéndolos con una gran intensidad.
El hombre es esclavo del tiempo porque pone todos sus sentidos en el tiempo; cuando quiere come, sale, camina; cuando quiere toca música, va al teatro, se queda sin hacer nada. Todo eso no es más que encerrarse dentro de la personalidad, dentro del alma instintiva del ser. Para vencer al tiempo, para liberarse, hay que hacerlo todo, pero sin que participe el gusto, sin participar en nada, sino únicamente a través de la escueta voluntad.
El hacer todas las cosas a un determinado tiempo sin el gusto sensible lleva al alma a un goce muy superior. Por eso dice: “Paseo porque tengo que salir a pasear”. No es el caballo que lleva al amo, sino el patrón quien manda y dice: “Ahora nos detenemos, ahora caminamos”.
El aprovechamiento del tiempo no consiste sólo en eso. Comúnmente se cree que la persona libre puede aprovechar mucho más sus horas y su día, pero suele suceder por ejemplo, que teniendo que escribir una carta le vengan todas las ideas en la hora de la meditación y cuando luego debe escribirla no halle un solo pensamiento que expresar. Es que se ha gastado el tiempo interior, espiritual; se lo ha quemado en aras de la imaginación.
Lo mismo pasa cuando se piensa en los trabajos en la hora en que no corresponde; cuando se va a hacerlos la tarea no rinde, sale mal, se pierde el tiempo.
Es que se vive en el tiempo dimensional y el dominio del tiempo únicamente se logra viviendo dentro del tiempo de la eternidad, en el tiempo expansivo. Hay que decir: “No es el tiempo el que me domina; yo lo tengo en la mano”.
El valor del horario de Comunidad es extraordinario.
Se tratará primero el valor místico del tiempo de Comunidad.
Si se observa y estudia el horario del Seminario se verá que este horario de veinticuatro horas (se calcula el día y la noche), se divide en cuatro períodos perfectos en donde los Hijos tendrán que dar, en conjunto, todas las fuerzas de sus posibilidades físicas, astrales, mentales y espirituales.
Quiere decir que los Hijos tienen: seis horas de trabajo mental, seis horas de trabajo manual, seis horas de relajación activa y seis horas de relajación pasiva.
Desde luego que el Reglamento hace este horario completamente elástico, amoldándolo a las posibilidades de cada uno. Hace que sea como una música que tiene varias notas, en donde el alma puede aplicar sus fuerzas, sean físicas, astrales, mentales o espirituales, según sus posibilidades.
Este vencimiento del tiempo dimensional, a través de la perfecta distribución de horas según la naturaleza humana, se confirma con las dos potencias cósmicas de Boas y Jakim. Es la rutina transformada en hora eterna: la paciencia transformada en el pilar humano que sostiene la fuerza divina de la Eternidad.
Si se quiere vivir la hora eterna, expansiva, hay que vencer ese tiempo que va acosando a los hombres desde la vida hasta la muerte; hay que poseer este tiempo que se llama rutina y paciencia.
¡Cuántos años está el ser acosado por el tiempo, cuánto necesita para hacerse hombre! La madre lo tiene que criar y empezar a enseñarle. Tiene que ir al colegio, después a las universidades y cuando termina su preparación a los veinticinco años, una tercera parte de su tiempo se le ha ido. De los veinticinco años en adelante el hombre empieza a buscarse una posición, a luchar, mas todos los hermosos ideales, todos, se pierden. ¿Por qué? Por la tiranía del tiempo. Cuando puede decir: “Tengo una posición hecha”, tiene 45 años y todo empieza a desmoronarse: la energía no es la de antes, ni la fuerza, ni la mente. Ya no puede realizar esos ideales maravillosos del joven; el tiempo lo acosa. El hombre tiene que apurarse a levantar su cosecha. Se le va la vida: vienen los achaques, llega la edad de la vejez. En una palabra; ha servido al tiempo como un verdadero esclavo. Se le va la vida y no tiene nada. Tuvo que mantenerse, crearse una posición, formar una familia, acosado por el tiempo.
Si no hay verdadera liberación el tiempo seguirá atando a los hombres. Es una rueda, la rueda del tiempo, que da vueltas inexorablemente y marcha con una velocidad que la débil naturaleza humana no puede seguir; siempre se está rezagado.
Las riberas están llenas de náufragos, de fracasados, de vencidos.
Pero la Renuncia libera idealmente, teóricamente, del tiempo, y la práctica de la vida de renuncia libera en realidad, substancialmente.
El Hijo no corre en línea recta; vive en el tiempo expansivo, como si su vida fuera un gran círculo que se va ampliando hasta abarcar al Universo todo: la mente se expande, se hace grande, abarca a todo el Universo.
Es como en el mundo astral, cuando en la hora del ensueño se empiezan a ver imágenes. Si se está tranquilo la imagen se va expandiendo, haciéndose clara. Si se ve una cara, ésta se va haciendo cada vez más grande, de tal suerte, que se oye decir que en el mundo astral se hacen grandes las cosas; eso es ilusión. Uno mismo las expande. Pero si entra otra imagen y el ser se asusta, se desvanece la figura.
En el mundo astral no hay tiempo sino intensidad; ésa es la expansión. Pero el hombre no conoce ese bien, aún cuando lo tiene, lo posee en el alma. Podría intensificar sus pensamientos, su energía, pero no lo puede porque corre detrás del tiempo. El tiempo es el tren que se va y el alma corre atrás para ver si lo puede alcanzar. Hasta que el alma no sea ella misma el tren no habrá conquistado el tiempo.
El tiempo es una ilusión, uno es el tiempo. Si se intensifica la propia fuerza se vive eternamente; si se limita esa fuerza no se vive, se corre, se salta, se va, se viene, se es el monito feliz como todos los hombres.
Por eso llama la atención oír a Ordenados que hablan del tiempo, de la limitación del horario; que no se hayan dado cuenta del gran beneficio que les ha hecho la Divina Madre.
El primer tesoro es saber controlar el tiempo, vivir dentro de un horario que permita la expansión, que permita el aprovechamiento total de las energías, de las propias fuerzas.
El horario es para los Ordenados como todas las cosas, puede ser una esclavitud y puede ser una libertad. Para aquél que no siente amor al horario éste es una esclavitud. Para el que lo vive se transforma en un bien considerable, tiene tiempo para todo.
No se concibe que los Ordenados digan que no tienen tiempo. No viven bien su tiempo. Quiere decir que cuando tienen que hacer una cosa hacen otra, hacen lo que no debieran hacer. Si se hiciera perfectamente lo que el horario manda el tiempo sobraría: escribirían una Summa Theologica, levantarían un monumento, podrían todos soñar los sueños de la Eternidad, tener la fuerza que no tiene ningún hombre sobre la tierra.
Pero la Renuncia no es tener la Renuncia; es amarla sobre todas las cosas y conquistarla paso a paso.
La teoría de los hindúes de “Tú eres aquello”, de que si uno cree que es Dios se transforma en Dios, es una tontería. El hombre no puede decir eso. Sólo puede llegar conquistando paso a paso, como ya lo dijo el Buda: “Si quieres el Nirvana, tendrás el Nirvana, pero has de conquistarlo por ocho etapas”. Hay que lograrlo poco a poco y ése es el bien extraordinario que se encuentra en el horario. El horario es una dichosa esclavitud; una cadena que da la verdadera libertad.
El horario marca seis horas de trabajo mental, pero siempre con elasticidad, con ese bien de adaptación a todas las personas.
La Ordenación es un camino abierto a todas las almas: las que aman el trabajo, las que aman el estudio, las de más o menos vuelo. Ese horario que parece esclavitud muestra su amor a todos los temperamentos.
Un Ordenado que no era de Comunidad decía: “Me parece que ustedes tienen pocas horas de estudio en la Comunidad”. Es porque nunca había vivido en una Comunidad. Las Comunidades están hechas sobre todo para el trabajo mental, para la educación de los Hijos y para la educación de las almas.
El trabajo mental se divide perfectamente en: un trabajo racional, un trabajo de entendimiento y un trabajo de iluminación. Es decir que se tiene tiempo para estudiar (trabajo racional), para hacer de ese razonamiento una comprensión (tiempo para estudiar intensamente) y tiempo sobre todo para pensar abstractamente (tiempo de oración).
El día del Ordenado empieza con un trabajo intelectual: lo primero que hace es un trabajo de la mente. Esto para elevarla a las regiones superiores. Se empieza el día con una hora dedicada a la oración; desde allí la mente tiene que adaptarse a un ritmo acelerado, media hora de ejercicio y media hora de meditación.
El más extraordinario de los trabajos mentales es el de la meditación, porque, ¿de dónde le viene todo al hombre (sabiduría, conocimiento), si no a través de la oración? Cuando le preguntaron a San Buenaventura cuál era el libro en donde aprendía sus hermosos sermones, los condujo a su celda, al rincón en donde acostumbraba a orar y respondió: “Ese es mi libro, mi maestro, mi enseñante”.
La meditación, la hora dedicada a Dios, es la fuente de toda luz y sabiduría. Pero el horario aún da mucho tiempo para estudiar: dos horas de Silencio Riguroso, una hora de Enseñanza, una hora de los deberes del Ordenado (Interpretación y Estudio) y aún media hora a la noche. Los que aman el estudio y desean profundizar su saber tienen horas de paz, en que nadie vendrá a interrumpirlos o distraerlos.
El trabajo mental, entonces, si bien separado, está dispuesto elásticamente y proporciona la posibilidad de estudiar todo lo que se quiera. Si los Hijos del mundo creen que el Ordenado no tiene trabajo intelectual es que no conocen la vida de Comunidad.
Estas seis horas de trabajo intelectual están compensadas, para reponer energías, con seis horas de trabajo manual.
Estas horas de trabajo manual son la gloria de muchos Hijos.
El trabajo manual, fundamentalmente, es aquél que limpia la mente y el corazón de todos los males. Pero es también hora de delicia; tiene que ser hecho en silencio y lleva a una actividad que a veces se hace completamente inconsciente. Por eso se enseña, cuando los Hijos estén reunidos, que canten himnos, hagan oraciones o lean enseñanzas.
El organismo se va desintoxicando no sólo de los males físicos sino de los astrales y mentales y se tiene así tiempo para tener el pensamiento unido con Dios.
Sin embargo, a veces se observa que muchos Hijos que tienen que estar solos no acostumbran a orar, a recitar salmos y oraciones. Lo hacen interiormente, pero todo saldría muy bien si mantuvieran esa costumbre.
Además, el trabajo manual, como se realiza en Cafh, hace que los seres sean aptos para la vida, no materialmente, sino para hacer rendir a la vida. La educación del mundo hace que los hombres sean aptos sólo para una cosa, pero para poseer el tiempo el ser tiene que ser apto y tener sentido común para todo: detenerse a pensar, razonar y a saber hacer las cosas.
El Seminario enseña a los seres a ser personas capaces, y no sólo a hacer una cosa, sino a aprovechar una cosa. Una mujer no es mujer si no sabe cocinar, lavar, limpiar como es debido. Podrá tener un gran oficio, pero no es mujer completa. Un hombre puede ser un gran personaje pero si no sabe hacer de todo, si no tiene experiencia, no es nada.
El trabajo manual ha realizado el milagro de que, por ejemplo, si hay un Hijo con una profesión, todos los Hijos tengan un sentido de la misma y sean un poco profesionales: reflejo de que al adquirir un Hijo una cosa la adquieren todos los Hijos. Se contagia la capacidad si se ejercita con una verdadera perfección. Los Hijos se equiparan entre sí; tienen los mismos defectos y las mismas virtudes; hay equilibrio.
Además, por ejemplo, no se puede imaginar a un electrotécnico que sea sólo electrotécnico; tendría una sola cosa. Tiene que ser un poco herrero, un poco carpintero; saber toda clase de manualidades, todo lo que pueda ser de utilidad para una Comunidad. Eso hay que cuidar en el Seminario; la vista del Director ha de ser muy penetrante para que enseñe a los Hijos sobre todo lo que no saben hacer. Una Hija no puede salir del Seminario sin ser perfectamente competente en la cocina. Los hombres tienen que saber hacer trabajos pesados. Si no tienen salud suficiente para eso no son aptos para esta vida. No hay que matar a los Hijos con el trabajo sino experimentar sus músculos, porque los músculos sanos indican un cerebro sano, una mente orientada.
Las mujeres también deben hacer sus trabajitos pesados; sobre todo se experimenta a la mujer en la cocina y en el lavadero. Entonces cuando salen del Seminario son hombres y mujeres. Lo que se sabe se sabe, y eso queda para siempre.
Las otras doce horas del horario de Comunidad son de extraordinaria importancia para la conquista del tiempo: seis horas de relajación activa y seis horas de relajación pasiva.
Los hombres no son aptos, la mayoría de las veces, para la vida porque viven una vida agitada, una vida antinatural; y la naturaleza humana tiene ciertas necesidades que pide imperiosamente.
Es difícil imaginar el poder de adaptación y resistencia que tiene la naturaleza humana, pero si se le pide demasiado se quiebra antes de tiempo. Por eso hoy la Humanidad esta enferma prematuramente; pero no enferma físicamente, con un mal definido, determinado, sino con una enfermedad nerviosa que se refleja continuamente en el cansancio y malestares estomacales e intestinales. A la gente no le queda tiempo para la naturaleza, pero tiene que pagar el tributo por eso: sufre la parte operativa, mental.
El hombre no tiene horas para comer, no tiene tiempo para un poco de esparcimiento. Además, los esparcimientos de los hombres no son tales; qué importa si se tiene un domingo o un fin de semana para ir a descansar al campo o al río, si durante toda la semana se ha exigido a la naturaleza mucho más de lo que puede dar.
Las seis horas de relajamiento activo son para que actúe todo lo subconsciente del ser.
Un Hijo del mundo dijo cierta vez: “Cuánto tiempo tienen los Ordenados para comer, distraerse. Pierden mucho tiempo en eso”. El buen Hijo no sabía lo sabio que es el horario al disponerlo así. La naturaleza no es una máquina que anda sin parar.
La alimentación tiene gran importancia y hay que darle su tiempo. El tiempo señalado permite que el estómago segregue los jugos gástricos sin los cuales el bolo alimenticio no puede transformarse en vida para el ser.
Por eso el Reglamento da seis horas para el esparcimiento: recreo, comida, aseo. Pero hay una tendencia en los Hijos e Hijas de Comunidad a no aprovechar bien esas horas. Siempre la naturaleza tiene que hacer lo que no debe. Es una tendencia muy natural del ser no hacer las cosas a su hora, ¡y es tan cómodo dejar de hacerlo! Los Superiores no están libres de la obligación sagrada que tienen con la Divina Madre de cumplir perfectamente el horario. Por allí puede entrar una falla que haga a todos esclavos del tiempo. Hagan a cada hora lo que tienen que hacer.
Por ejemplo, si se está en el recreo, tranquilo, pasa esa hora sin darse cuenta. Pero si se está intranquilo, si se tiene algún sufrimiento, el Hijo necesita ausentarse unos minutos del recreo. Eso quiere decir que algo le pasa, que tiene algún disgusto, algún malestar. Si estuviera en un completo abandono no necesitaría de ningún modo apartarse de sus compañeros.
Además, es terrible la costumbre de tener que hacer siempre otra cosa en la hora del recreo. Si se quita la hora del recreo para hacer un trabajo que no se ha hecho oportunamente, esa es una hora perdida. Ya se encontrará el momento de hacerlo; claro que si en la hora de trabajo manual se hace estudio, nunca se tendrá tiempo para nada.
Los Superiores y Vices hagan que los Hijos amen el relajamiento en el tiempo de descanso. Aún si se cose o teje en la hora de recreo ese tiempo de trabajo es distinto del de trabajo manual; es decir, el Hijo no se da cuenta que lo hace.
Cuando en horas de recreo dos Hijos tienen que lavar y secar los platos, el que lava ha de ser rápido y no tener muchos ayudantes. Uno lava los platos; si cuando termina está el que seca, corre y vuelve al recreo. Cuando son dos Hijos en una Comunidad resulta todo más difícil porque hay más compañerismo y en todo se ayudan, pero la observancia se va al suelo.
El Hijo debe hacer el recreo. Si quiere ayudar demasiado no hay relajación, hay mucha actividad y ya no hay recreo.
Las seis horas de sueño son de relajamiento pasivo.
Los Hijos tienen que dormir seis horas. El organismo de los jóvenes necesita dormir; mejor que estudien menos y duerman más. Luego, cuando pase el tiempo, han de dormir las seis horas. Si se nota que no se duerme bien por la noche se eliminan las horas de sueño de la tarde.
La estructura nerviosa del ser humano actualmente se puede comparar a un tablero en el que se van prendiendo y apagando lucecitas continuamente. El sistema nervioso es como el tic-tac de un reloj. Pero en los seres no se sostiene ese ritmo; es como si fueran relámpagos, una descarga y silencio; o como cuando un auto se pone en marcha con toda su potencia y enseguida se para.
El horario de Comunidad hace que eso desaparezca.
El organismo en las horas del sueño se repone nerviosamente, pero como los seres comunes no llegan a la dimensión profundísima del sueño necesitan dormir mucho; si llegaran allí con media hora tendrían suficiente.
Cuando el Hijo empieza a adaptarse al horario de Comunidad le sobran seis horas de sueño. La vida de Comunidad está amoldada de tal forma que transforma al organismo en un perfecto reloj.

Enseñanza 4: La Muerte Mística de De Rancé

De Rancé, el reformador del Cister, el fundador de la Trapa, es una de las figuras más hermosas de la contemplación de la muerte y del dolor.
¿Cuándo es que la muerte lo llama a la vida verdadera, que lo saca de la ilusión del mundo para llevarlo a la cumbre de la más pura santidad? A veces la Divina Providencia dispone males que se vuelven bienes.
En un siglo como el XVII, en donde la devoción y la vida retirada estaban tan relajadas, no llamaría la atención este joven que había abrazado el sacerdocio más por posición e interés que por devoción, que descuidaba tanto sus deberes de eclesiástico para darse al buen vivir. Pero hay fibras en el corazón humano que cuando se tocan responden a un llamado, a lo mejor divino, a través de la carne y de la miseria.
Se cuenta que De Rancé, que había ido de placer en placer durante su joven vida, se prendó demasiado de una marquesa y era el escándalo de la corte y de todo París. Pero Dios tocó a este hombre que estaba más lleno de placer que de amor y le dio el amor por el camino del placer. Siempre el mal, aún el mal amor, es una cosa santa al final, porque hace al ser desprendido, sacrificado; lo hace sufrir, y el sufrimiento siempre es bueno.
La marquesa, rica, joven y la más hermosa de la corte de Francia, fue presa de unas fiebres violentas y arrebatada rápidamente por la muerte. Escribe un amigo de De Rancé que todos creían que se volvería loco; su desesperación no tenía límites; su dolor era de los dolores más grandes y sentidos. Podría haberse perdido él también y darse a la desesperación, pero seguramente el alma de aquella mujer que lo había querido apasionadamente, su karma y su falta, desde el otro mundo, quiso salvarlo.
De Rancé se había retirado a su castillo y caminaba solitario un atardecer por los campos, no queriendo ver ni escribir a nadie. Vio entonces a lo lejos una granja que ardía. Pensó que como era tiempo de cosecha los campos se habían incendiado y corrió hacia allá para ver lo que pasaba. Pero a medida que se acercaba el fuego huía y siguiéndolo se encontró en el bosque solitario. En el fondo del bosque se levantó una mujer que ardía en el fuego. Se la veía hasta la cintura; el cabello le cubría el rostro pero su aspecto era como el del rostro de su amiga. Ella le quiso demostrar todo el padecimiento, todo el sufrimiento que tenía que experimentar su alma por ese fuego de pasión que había tenido en este mundo.
Desde ese día De Rancé cambió su vida. Fue otro hombre. Abandonó las prebendas, la corte y el palacio y se retiró del mundo, hasta que llegó por fin a su convento de la Trapa, en donde hizo escribir sobre la puerta de su celda: “El recuerdo de la muerte es mi vida, mi salvación”.
Pero no sólo eso. Ese padecimiento que vislumbró en el más allá, al hacerlo pensar que esa mujer padecía por culpa de él, hizo que este hombre admirable instituyera como un fin primordial entre sus monjes el sacrificio continuado para la salvación de las almas que padecen en el más allá, para las almas desencarnadas que no tienen luz.
La misión de renunciamiento hace que el Hijo sea cada vez más sensible, más sutil. Su vida de oración, de recogimiento, lo aleja de la pantalla del mundo y hace que a través de la oración pueda muchas veces cruzar el puente y llegar a la vida del más allá. Dentro del género humano que él ha de redimir están también los seres desencarnados.
No se crea que estos seres están lejos porque no se puede verlos o tocarlos; además, muchos están particularmente cerca de los Hijos, ya sea por alguna misión, para ayudarlos, o simplemente para pedirles ayuda para poder librarse de los lazos de la carne.
¿Quién más que las almas que han renunciado al mundo, que se han ofrendado como holocausto a la Divinidad, puede ayudar a las almas que padecen, que no tienen luz para ver el mundo glorioso en donde tienen que penetrar, que padecen martirios que la mente humana no puede imaginar?
Si los padecimientos de esa pobre marquesa son morales, internos, han de ser más espantosos, han de quemar toda la fibra de su ser, darle un dolor que llega a lo más sensible del alma. Es un ser que se ahoga continuamente, y que al ver a su amigo siente que a través de la vida él puede salvarla. Por eso vuelve a tenderle la mano.
Esa es una de las misiones principalísimas de los Hijos de Cafh: dedicar una parte de su oración, de sus sacrificios, para ayudar a las almas desencarnadas que están a su alrededor, que sufren y padecen en el más allá. Porque hasta que el alma no se desata de los lazos de la carne no puede penetrar, está amarrada entre el cielo y la tierra, entre la Puerta de la Eternidad y la Puerta de la Vida Terrenal.
El Hijo no puede olvidar a los difuntos, a ese tan gran número de seres que están allí repitiendo el proceso de su padecimiento. Dolor que nace de la idea que se han formado durante su vida según sus creencias. Un católico, por ejemplo, se siente apresado por las llamas del purgatorio; una persona que no tiene fe religiosa estará atada a los objetos, a los seres que amaba sobre la tierra; continuamente querrá ir allí a tocarlos y padecerá horrores.
La misión del Hijo es darles luz, ofrendar su vida, sus Votos; hacer sacrificios, oraciones.
El Bienaventurado Buda, cuando hablaba de redimir a la Humanidad no excluía ni a los animales ni al más pequeño insecto. Así el Hijo debe abarcar a los vivos y a los muertos: a los que están sobre la tierra, a los que se han ido y a los que han de venir.
Misión completa, absoluta. Pero, para eso, es necesario que en las meditaciones se detengan muchas veces sobre este objeto. La consideración de la muerte y de la vanidad del mundo es aquel sentir que hace comprender el valor, no sólo de la muerte, sino de lo que existe después de la muerte. Es uno de los puntales de la Renuncia, es un modo para poder desembarazarse de la materialidad.
A las almas desencarnadas se les da la oración, que es lo que esos seres necesitan; ellos dan ese sentido del mundo astral, de la liberación. No se da nada por nada. Además, esas almas desencarnadas que padecen en el más allá, al ponerse en contacto con el Hijo a través de las oraciones y ofrendas, se transforman en sus protectores y no los olvidan jamás.
Los seres que están en el más allá tienen grandes padecimientos, aún por pequeñas cosas. Cuenta una santa alma que estando en oración se le acercó su más fiel amiga, que había muerto hacía poco tiempo. Tenía un aspecto muy triste y afligido; se la veía como viniendo por un callejón oscuro, mostrando sus piernas llagadas como si no pudiera caminar. Le pedía auxilio, que le curara esas piernas. Pasó entonces ella una noche completa en adoración, oró mucho por su amiga, hizo muchos sacrificios hasta que al fin, dice, pudo liberarla. Era una ilusión la que estaba padeciendo, pues esa alma se le volvió a aparecer y le dijo: “¿Te acuerdas que, como tú, yo estaba por entrar en religión, pero mi madre me convenció para que formara un hogar? Mas como yo en mi corazón me había ofrecido a Dios, Él me llevó de este mundo, y por esa falta que había cometido me veía sin piernas, no podía caminar. No tenía vocación para caminar. Tu vocación me ha salvado, pero ayuda ahora a mi madre”. En efecto, la madre había muerto a los pocos días; una noche se le apareció con un tobillo fracturado; luego le dijo que lo tenía así porque no había sostenido la vocación de su hija.
Si esto trae tantos dolores y martirios en el más allá, ¡cómo serán los de los que cometen crímenes, los de los que pasan toda la vida haciendo el mal! Dediquen por eso los Hijos sus meditaciones y oraciones a las almas de los difuntos. Eso hará que puedan cruzar con más facilidad el puente entre la tierra y el cielo. Que su pensamiento considere a esas almas y las recuerde en sus meditaciones.
Durante el año siempre hay un Hijo que tiene la misión de orar por los difuntos. Ese ha de ser el pan de todos los Hijos. Ojalá que pudiera haber un día suficiente número de Hijos Ordenados para que esa misión, que ahora tiene que limitarse a una hora de adoración por las almas de los seres que han dejado este mundo, pueda ser una ofrenda perenne, de día y de noche, por las almas de los difuntos. Hasta los seres más buenos tienen que padecer un poco mientras se van desmaterializando. Entonces esa oración sería una continua fuerza, una llama de luz incesante, que los lleve por el camino. Así como aquella santa mujer alumbrara a los viajeros de la montaña cuando venían de Chile y se perdían por el zonda en los desfiladeros, así serán los Hijos que con su continua oración prenderán un farolito para alumbrar a las almas y llevarlas a la consideración de que han abandonado el mundo, que ya son seres libres, que pueden adorar a Dios con plenitud.
Después de la consideración de la muerte viene la consideración del gran abismo donde padecen los seres desencarnados, las pobres almas que abandonaron el mundo.
Los Hijos de Cafh tienen que estar en todo, lo abarcan todo. Su renuncia no es para su perfección únicamente, sino para la perfección de todos los seres. No se tiene idea de cuántas son las almas que padecen en el mundo astral. ¿No se puede entonces elegir un alma que se desconozca y ofrendarle oraciones y sacrificios durante el día, como si se fuera su padrino, hasta que esa alma vaya a la paz? Todos tienen un pobre ser que espera la ayuda del Hijo y a lo mejor espera desde hace muchos años.
Muchas veces se cree de alguno de los que se han ido que son grandes seres y no necesitan ayuda, y a lo mejor llevan una carga muy pesada de faltas en el otro mundo. Allá esperan ayuda; se cree que están en la paz y ellos son los que más necesitan.
Hay que pedir por todos los que han muerto violentamente, los homicidas, los suicidas, los traidores, los renegados, los pecadores de la carne. Por todos los que se han marchado al más allá y padecen. Estos seres están en tinieblas y únicamente les alumbran los velos y las capas blancas de los seres que en vida han dejado el mundo.
¿Qué sería de ellos si el Hijo no les alargara la mano? No hay que olvidar nunca esta gran misión del Hijo de Cafh: Orar, orar y orar por aquellos que padecen en el más allá.


Enseñanza 5: Efectividad Posesiva de la Renuncia

La Renuncia es la verdad única que le es dada conocer a los hombres porque es la parte completamente opuesta al apego que es falsedad, ignorancia, sobre el cual asientan los hombres su conocimiento.
El deseo de vivir permanentemente, el creer que el mundo es un bien durable es causa de todas las miserias, de todo el dolor y de todo el mal del mundo. El Universo no es más que un gran devenir, un cambio continuo, un empezar y terminar, un nacer y morir. El hombre asienta todo su conocimiento sobre la ilusión, como si el mundo no fuera un devenir sino una permanencia, como si los bienes no fueran cambiantes sino estables, como si la vida le perteneciera.
Este sentido ilusorio e ignorante de permanencia y estabilidad sobre la tierra es causa del apego de los hombres a las cosas materiales, de que establezca una diferencia entre él y los otros. Esta diferencia le crea la ilusión de que es dueño de algo. El querer ser dueño de algo trae consigo un mal tan grande, tan gran ignorancia, que hace que el hombre padezca, sufra, no encuentre consuelo, y que quiera apegarse cada vez más, aferrarse desesperadamente a aquellas cosas que le han sido dadas por un instante, a las cuales no tiene que apegarse porque no son suyas, aunque él crea que son completamente suyas.
La Renuncia es la verdad porque hace que las almas se desapeguen de los objetos internos y externos que son ilusorios. Pero este admirable acto de desprendimiento de todas las cosas, este don divino de desapegarse en vida de todo lo que hay que abandonar antes o después, esa flor de la Renuncia que es el desapego, ha de establecer en el alma algo inmutable, que no cambia, que queda, que permanece: la seguridad absoluta de la posesión de la Verdad, de la posesión del único bien, del bien de la Renuncia.
No se puede imaginar entonces a un Hijo Ordenado con apegos a las cosas del mundo, que todavía tenga la ilusión de tener alguna cosa, de poseer algo sobre la tierra. Los hombres tienen muchos apegos, padecen mucho por ellos, pero tienen una excusa: la de que ellos asientan su conocimiento sobre la falsedad, la ignorancia. Ellos no miran al sol, sino la sombra que refleja el sol sobre la pared. Sus apegos son causa de sus dolores, su miseria es causa de sus ataduras. Mas esta miseria tiene una justificación, y hasta se puede admirarlos por su valor y entereza. Pero apegos en las almas consagradas, en aquéllas que conocen la Verdad, eso adquiere casi el aspecto de una gran infidelidad. Pero, sin embargo, si aún así se pudiese tolerar y perdonar ciertos apegos del corazón que a veces los mismos Hijos consagrados aún no saben distinguir, no se pueden tolerar los apegos del conocimiento, de la mente.
Cierta vez un Hijo preguntó a su Director Espiritual si no le hubiera gustado aprender cierto idioma. Él se quedó mirando a ese ser que había hecho Voto de Renuncia y que aún preguntaba si le gustaba una materia, y le respondió: “¿Acaso el día que me ordené admití que había algo que me gustaría? Desde luego que me hubiera gustado, pero un Hijo Ordenado no puede apegarse al conocimiento. Cuando era joven me había gustado viajar, estudiar, conocer, etc., pero estudié lo que era necesario para cumplir mi misión y nada más”.
El concepto de desapego ha de ser algo tan claro y fuerte en los Hijos que ni pueda ocurrírseles apegarse a algo, aún si fuera intelectual, porque siempre la naturaleza cree que sería bueno esto o lo otro, sobre todo en cuestiones de conocimiento. Se puede no tener apegos materiales y tener apegos a las cosas más elevadas, a las espirituales.
El desapego del Hijo ha de ser algo espontáneo, natural, continuado, impidiendo que nada se infiltre en su corazón, que nada lo aparte de ese abandono absoluto en brazos de la Divina Simplicidad, de la divina libertad; porque el conocimiento de la Verdad que le ha otorgado el Voto de Renuncia le ha dado la gracia del desapego, que no tiene compuestos de ignorancia y saber, de querer y no querer, de hacer y no hacer; que lo pone en contacto con Dios que es la perfecta simplicidad, sin compuestos, sin mezcla alguna.
En la Comunidad, la falta de apego a las cosas del mundo no sólo ha hecho que el corazón se desapegara de los afectos, la mente de la voluntad del yo, sino que las Hijas y los Hijos se alejaran del mundo, permanecieran en un Radio de Estabilidad, hicieran ofrenda de amor para la Humanidad, fueran enclaustrados voluntariamente. Ellos no sólo no son del mundo, sino han abandonado al mundo. Este es uno de los dones más grandes y maravillosos que les ha dado la Divina Madre.
A veces parece que no se mereciera este don, que llevara a una comodidad interior, que fuera egoísmo apartarse de los seres, vivir completamente separado de los dolores del mundo, aún cuando la misión del Hijo lo lleve muchas veces a la ayuda y a la salvación del mundo; pero esa imagen de aislamiento no es más que aparente.
Sin embargo, aún viviendo apartados dentro del Radio de Estabilidad, la mente, sobre todo la fantasía y la imaginación, a veces vuelve continuamente al mundo, a las cosas que fueron y de las cuales ya se han despegado. Cabe preguntar entonces: “Hijo, si tu desapego es real, ¿no habrá un poco de apego, desconocido por tí, en eso de volver continuamente con la mente al mundo y que aparezcan imágenes de lo que fue? Mucho cuidado, alma consagrada, que la ignorancia y la ilusión saben tender muchos puentes para llegar al alma, para entrar dentro del Radio de Estabilidad interior, dentro de la clausura del santuario que no hay que tocar”. La ilusión tiene muchos medios, y éstos, que son casi siempre interiores, aparecen allí, en el fondo del alma.
Es necesario que el alma continuamente se bañe en las aguas de esta divina y perfecta simplicidad, se abandone completamente en los brazos de este sentido de renuncia y desapego para que no haya nunca algo que la moleste, que interfiera como esa gotita de colorante que quiere caer sobre el agua purísima del alma consagrada.
No es absolutamente cierto que el alma que ha hecho Voto de Renuncia tenga un absoluto desapego; lo que tiene es la absoluta convicción, el conocimiento de que el desapego es la única verdad, el único bien, que ya posee interior y espiritualmente en su totalidad. Este conocimiento tendrán luego que adquirirlo las partes anímicas del ser poco a poco. Pero... ¡no demorar! Porque la ilusión y la ignorancia podrían volver a captar y obscurecer el entendimiento.
“Tengan mucho cuidado las almas consagradas porque el enemigo de la Humanidad anda rondando continuamente como una fiera alrededor de sus almas para devorarlas; pero aquél que resista será fuerte en la Fe”. Estas palabras tienen un sentido extraordinario. La fe es el don de la verdad, porque la fe no es sino una perfecta Renuncia.
El renunciamiento es la Verdad, da la Verdad, y hace participar y vivir en Dios y salvar a las almas. Pero se vive en el mundo de la ilusión y la ignorancia, y este don de Renuncia se ha de adquirir con el esfuerzo continuado. La vida no nace de la experiencia, nace del esfuerzo continuado, del hábito continuado de la Verdad, de la afirmación con la propia vida, con la propia demostración, con el propio ejemplo de lo que se cree. Se tendrá así el don de la fe.
Muchas personas espirituales dicen que estando en contacto con el mundo se participa de su vida, de sus miserias. Pero los Ordenados no quieren vivir en el mundo sino salvarlo; salvar al género humano y a las almas y no participar de sus miserias. Porque en este mundo la ignorancia y el apego traen la separación: todo es lo tuyo, y lo mío, éste y el otro, dos cosas distintas que al final chocan y se destruyen entre sí.
Pero ¿sobre qué se asienta la separatividad? Sobre las sensaciones; si no hubiera sensación de distingos no habría separatividad. Y las sensaciones ¿con qué se manejan sino con los sentidos?
El hombre dice: “Cogito, ergo sum”. Pienso, luego soy. Pero esta afirmación ¿qué es sino pensar con las sensaciones, con los sentidos, con lo que ve, oye, huele, toca, gusta? La falsedad del conocimiento de los hombres consiste en que se establece sobre la separatividad, únicamente se conoce a través de las sensaciones que se manifiestan por los sentidos.
Todo eso es ilusión; el espíritu está completamente oculto, apartado. No se puede participar de la miseria del mundo porque son los sentidos los que gobiernan.
No se diga nunca que es Dios quien hace las guerras, mata gente, hace el mal. No es más que la ignorancia, la ignorancia de que Dios dio al hombre un don celestial, medios para practicar el bien en la vida, y el hombre los tomó y transformó en un ente fundamental; así el hombre enseguida traicionó a Dios.
Cuando el hombre vuelve a Dios quiere hacerlo a través de los sentidos, pero no ve más que la ilusión de Dios, no ve al Dios puro, simple, verdadero.
Si el Hijo se maneja por sus sentidos caerá en la separación, estará completamente alejado de la verdad de su vida de renuncia. Sólo con el hábito y la fortaleza se puede asentar el ser y encontrarse a sí mismo, a la Verdad. No podrán los Hijos de Cafh poseer su Voto de Renuncia si no dominan sus sentidos, si no llevan bien en las manos sus sentidos.
Por eso, desde que las almas ingresan al Seminario, no sólo es necesario que manejen los sentidos con la mente, sino que los dominen con el hábito. Cuántas veces se ha visto que una mirada, una palabra, una sensación, ha sido bastante para tirar abajo el trabajo de todo un mes, a lo mejor de toda una vida. Los Hijos que desprecian las virtudes que les permiten vigilar sus sentidos podrán ser muy fuertes, pero no vayan a tropezar.
Por los sentidos entra todo el movimiento del mundo y también toda la falsedad, la ignorancia y el mal del mundo. Aquél que no tiene dominados los sentidos es un hombre o una mujer de buena voluntad y nada más, pero no tendrá realizaciones; su vida permanecerá estática allí, no será una plenitud de vida espiritual. En una palabra: será una adhesión, un esfuerzo, pero nunca una realización divina.
Sobre todo en los Seminarios se puede ver la importancia del dominio de los sentidos: es imprescindible para la muerte mística, para que se pueda lograr la plenitud del Voto de Renuncia.
Se sabe muy bien lo difícil que es mantener la vista en un lugar; parece insignificante, pero se escapa continuamente. Bien se sabe que si el Hijo no logra este hábito en el Seminario no lo obtendrá después en el trabajo intensivo. Se sabe cuánto cuesta practicar esa virtud y el gran bien que aporta al alma. El mundo que el hombre ha dejado no dejará fácilmente su presa.
Cuántas veces han dicho los Seminaristas a su Director Espiritual: “Por qué será: he visto una puerta; esa puerta me ha traído la imagen de otra puerta, luego de una persona...En una palabra, me ha llevado al mundo”. O bien ha visto a una persona en la calle y el pensamiento ha vuelto al mundo. Pero cuando se le pregunta: “¿Cómo ha pasado el día hoy?”; si no ha mirado a nadie responde: “Hoy he estado tranquilo, contento”.
Las sensaciones que traen los sentidos son infinitas. Los apegos se manifiestan de muchos modos: Se recibe una carta de la casa y luego de leerla se la olvida completamente. Días después se la ve casualmente y viene todo el recuerdo de la familia, sus sinsabores y dificultades. Luego ya se busca la carta; se lee, se mira, se recuerda y vuelven las mismas sensaciones.
El Hijo desapegado lo está de todas las cosas y quema todos sus recuerdos, aún los más insignificantes, porque dan la sensación de lo que se ha hecho, dejado, vivido.
Pero el desapego de los sentidos no hace al Hijo insensible ante todas las cosas.
El hombre de la ciudad tiene que llevar anteojos. Si sale al campo no ve lo que hay a una legua sino a lo sumo distingue una mancha. Pero el hombre de campo ve en esa mancha un animal, un carro, una persona que anda. Aquél que domina sus sentidos no los pierde, sino aprende a ver otras cosas más grandes y sublimes. No verán las fantasías ilusorias del mundo, pero verán las verdaderas necesidades de esos pobres seres que han dejado allí y que creen que con el sentimentalismo se puede arreglar sus situaciones; lo verán si tienen una vista verdadera, la que se adquiere con el dominio de los sentidos.
Ya no saben los Hijos tener esa sensibilidad para participar de los gustos y placeres del mundo, pero tendrán manos que sabrán aliviar los males, traer sobre una cabeza afligida la paz y el sosiego. No tendrán oído para escuchar los ruidos que vienen de lejos, pero oirán la voz de los Maestros, el Mensaje, la palabra que han de llevar a la Humanidad.
Hay que comprender muy bien que los sentidos del hombre le han sido a él proporcionados para que conozca la vida, pero no para que le sirvan de tiranía ni para que desaparezca como un ser espiritual y viva como un ser sensible; ni para que los sentidos externos e internos sean los dueños absolutos del ser. ¿Qué Voto de Renuncia sería el del Hijo si él viviera como los hombres? Hay que tener los sentidos en las manos, luchar para cortar todo lo que puede llegar a través de la sensación exterior. Un Hijo valiente, un alma consagrada, no puede apegarse a niñerías que le vuelven a dar sensibilidades materiales, sino tiene que quemarlo todo, cortar todo lazo, para quedar puro y fijo en la Isla del Señor.
La renunciación quiebra la separatividad: no queda sino Dios frente al eterno devenir del Universo.
Es necesario tomar algunos ejemplos de los grandes seres para ver a qué alto estado de espiritualidad y concepto moral lleva el dominio de los sentidos y el verdadero sentido de renuncia. Para encontrar estos ejemplos hay que buscar en las fuentes inagotables del budismo que posee principios de moralidad, dominio de los sentidos, caridad hacia el prójimo, dominio de la separatividad, como no lo tiene otra religión ni filosofía.
Había un joven que quería seguir la senda de renuncia del Bienaventurado Buda, y si bien todavía no podía hacerlo por tener que mantener a su familia, esperaba arreglar sus cosas para poder un día seguir la senda del Bienaventurado. Pero éste le había dicho: “Aún antes de ingresar a la Comunidad puedes vivir la vida divina si te separas de todas las cosas del mundo y vives puro, casto y mortificado”. Muchas mujeres iban a comprar a la tienda de perfumes que él tenía. En esa ciudad vivía una famosa cortesana que, como pasa siempre, viendo que había en el negocio un joven que no se dejaba llevar de los encantos ilusorios y exteriores, que siempre se mantenía modesto y sin mirar a nadie sino a Dios, concibió hacia él una pasión. Así mandó una de sus siervas con el mensaje: “Mi señora quiere ofrendarte su amor”. Contestó el joven: “Dile a tu señora que no tengo tiempo para esas cosas”. Esta infeliz mujer volvió a insistir porque pensó que el joven no se sentiría con posibilidades para llegar hasta ella. Le mandó decir que no tendría que pagar ninguna cosa, ningún dinero. Dijo el joven: “Dile a tu señora que no tengo tiempo ni me interesan esas cosas”. Al escuchar esto se enfureció la mujer y se propuso vengarse: lo difamó por toda la ciudad; pero él no despegó los labios. Esa mujer tenía, además, un gran odio por cierto hombre, y como tenía un amigo poderoso hizo que lo asesinaran. Pero el juez de la ciudad, que era muy justo, la descubrió y dictó una sentencia terrible contra ella: la llevarían al cementerio para que le cortaran allí los pies, luego las manos, la nariz y las orejas. Ejecutaron la sentencia. Llegó esto a oídos del buen joven, quien entonces dijo: “Antes cuando esta pobre mujer me ofreció las bellezas ilusorias de su cuerpo no tenía que escucharla, pero ahora hemos de ir apresuradamente a ofrecerle nuestro amor”.
Y fue y la buscó. Cuando la infeliz en su desesperación gritó: “¿A qué vienes, acaso a burlarte? ¿Por qué no viniste cuando estaba llena de poder para darte placer y felicidad?” “No vengo a reírme de tu mal, vengo a pedir tu placer. Ahora puedes darme el placer verdadero, el de la comprensión del alma. Tu cuerpo tenía que terminar con su belleza, pero la belleza de tu corazón, de tu alma, no perecerá nunca. Quiero ofrendarme a ti. Permite que te de un beso”. Ella se estremeció en su agonía, y a través de ese beso volvió a encontrar la paz, la comprensión de la vanidad del mundo.
Dice el libro budista que al morir su alma se expandió en la Eternidad por ese beso de salvación.
La Renuncia no anula los sentidos sino los vivifica, hace que se desprendan de la ignorancia del mundo, para que sirvan a la realización de la obra en el mundo a través de la Verdad.
Había en los tiempos del Venerable Buda un rey muy sabio que practicaba la ley del Maestro y que educó a su hijo en esa doctrina. Siempre le decía: “Hijo mío; tú serás rey un día, pero acuérdate de que todo pasa en este mundo, todo es perecedero; ¿qué es un reino en esta tierra para un príncipe que tiene que morir, que puede ser traicionado por sus vecinos, vencidos por la guerra? El reino verdadero es aquel del espíritu, del saber que todo pasa, que todo perece. No consientas nunca en creerte algo. Todos te halagan, te adulan; los placeres se te ofrecen, pero has de saber que todo eso trae amarguras. La verdad es la ley del Buda: el hombre no ha de apegarse a ninguna cosa sobre la tierra, sino apegarse a la eternidad”.
El joven se educó en esas doctrinas. Sabía ser príncipe.
Pero ese padre tan sabio estaba casado en segundas nupcias con una mujer que concibió por el príncipe una malsana pasión, y al mismo tiempo un gran odio porque él no le correspondía. El príncipe pidió por eso ir a tierras lejanas. Cuando él se alejó, esa mala mujer consiguió el sello real y mandó una orden para que se le arrancaran los ojos por traidor. Los consejeros del joven quedaron espantados y sin coraje para comunicársela; pero al fin él la vio; se estremeció al leerla, pero dijo: “Es una ley; hay que cumplirla”. Nadie quería hacerlo, pero al fin encontraron a un pobre leproso dispuesto para ese oficio terrible. Temblaba, sin embargo, el hombre antes de ejecutar la sentencia, mas el príncipe dijo: “Estos ojos son perecederos, algún día tendrán que pudrirse en la tierra. Además, tengo unos ojos inmortales, como me ha enseñado mi mismo padre que me condena; todo es perecedero, nada dura ni permanece”. Cuando le arrancaron el primer ojo lo tomó en la mano y le dijo: “¡Oh, ojo perecedero, ¿Qué eres ahora sino una cosa inútil y repugnante? Cuando le arrancaron el otro dijo: “Ahora no sólo conozco la verdad sino siento la verdad, la verdad de que todo muere: es, es y la creo”.
Luego de peregrinar con su joven esposa que lo conducía de la mano llegó a los países de su padre. Cuando el rey lo vio se espantó y quiso castigar a esa perversa mujer, pero el hijo no lo permitió. Dijo: “Padre, esas no son las enseñanzas que tú me has dado. Esta mujer no es más que un instrumento de la ignorancia y la ilusión de los hombres. Ella me hizo un gran bien. Antes sólo sabía que todo es perecedero, pero ahora sé que lo es, lo veo, lo tengo, lo poseo; soy feliz”.
¡Qué Ordenado era ese joven príncipe! ¡Cómo había logrado la plenitud del desapego y la Renuncia!
La Renuncia es un bien sin apegos, sin egoísmos, sin diferenciaciones y sin partes. Sin compuestos.
La Renuncia es la Verdad, un bien único absoluto, separado de todas las cosas materiales, mortales. Aún de las más grandes y sublimes: es un Don de una Perfecta Simplicidad.

Enseñanza 6: El Vencimiento del Sueño

Hay una hermosa leyenda tibetana que cuenta la historia del vencimiento del sueño.
Hubo una vez un asceta de gran virtud y santidad que llegó a dominar todas sus mentes, todos sus sentidos y todas sus facultades, pero su deseo era permanecer siempre unido con su mente a Dios. Por eso empezó a dormir muy poco, casi nada; pero no pudo vencer completamente el sueño. Siempre había un momento, una hora, en que mientras estaba sentado en su cama de madera, lo vencía el sueño -las camas de los ascetas tibetanos son cajones cuadrados de madera donde ellos están sentados con las piernas cruzadas; cuando quieren dormir apoyan su cabeza hacia atrás; nunca se acuestan para dormir-. Pero luchó y luchó hasta que un día creyó haber vencido. Pasó muchos días sin dormir pero una vez, mientras estaba en la más alta contemplación, perdió la luz divina y quedó por unos instantes profundamente dormido. Entonces, dice la leyenda, lleno de ira contra sí mismo, ira santa y espiritual, tomó un cuchillo y se cortó los párpados para evitar así ser dominado por el sueño. Al hacerlo cayeron algunas gotas de sangre al suelo, y esa sangre bendita hizo brotar una planta que sería luego estimulante y ayudaría a evitar el sueño: la planta del té.
Esta hermosa leyenda tiene una gran sabiduría: el hombre no puede vencer al sueño, tiene que dormir; y ¿qué es el sueño sino el hermano de la muerte, de la Eternidad, del eterno descanso? Por más esfuerzos que se hagan, por elevado que se procure mantener el pensamiento, cuando viene el sueño invencible envuelve al ser poco a poco y le hace perder el sentido, la memoria, el gusto, todo, y lo arrastra a las sombras y al descanso.
Pero si no puede vencer al sueño se ha de educarlo, se ha de meditar sobre él. Hay que educar aquellas horas que tiene que dedicarse al descanso del cuerpo físico.
Los seres comunes necesitan la mitad de su vida para dormir. ¿Adónde van, qué aprenden, qué mundos visitan?
El sueño es como una muerte, una pequeña muerte. San Pablo decía: “Todas las noches muero en Cristo”.
Es bueno abandonarse al sueño como si realmente se fuera a la muerte. Dicen que las almas santas todas las veces que van a dormir piensan que es como si abandonaran el mundo y se entregaran a la muerte. Ese acto es de suprema renuncia porque no sólo se entrega la vida con la mente y el corazón, sino que todas las noches se repite la ofrenda.
Pero no se puede meditar sobre el sueño si no se conocen los pasos del mismo. El sueño correcto ha de cruzar los tres estados como si verdaderamente el alma muriera.
El sueño es: vegetativo, asociativo y místico profundísimo. Muy pocos seres llegan al tercer sueño, al profundísimo; pero es allí adonde el Hijo debe ir a rehacer sus fuerzas. Pero antes de llegar a él se pasa por los otros dos tipos de sueño: para ir a la cumbre hay que caminar primero por la ladera.
Estos tres sueños tienen un tiempo determinado: es como un reloj que hay que recorrer durante la noche. El ser necesita el mayor tiempo para el sueño vegetativo; un tiempo menor para el asociativo, y a veces sólo unos minutos de vislumbre para el sueño profundísimo místico.
El hombre no sólo se alimenta durante el día, sino hace como la hormiga, que en verano lleva a la cueva todo lo que necesita y durante el invierno vive de eso. Así es el organismo: de noche asimila los elementos adquiridos durante el día. Si bien la digestión se hace de pie, de noche el ritmo de asimilación es distinto. Hay elementos necesarios para el organismo, muy sutiles y desconocidos todavía, que sólo pueden ser adquiridos durante el sueño.
La mayoría de los seres se acuestan y se abandonan al sueño. No hay un paso entre el ensueño y el sueño. No se hace entonces ese sueño vegetativo tan necesario al ser humano que tiene que recibir la fuerza energética de la vida. Él la va adquiriendo en muy poca cantidad y muy despacio. Hay ciertos hechos que permiten darse cuenta de esto; por ejemplo, las pesadillas. Estas no se tienen por malas posturas, como se cree comúnmente; esos son factores externos. Las pesadillas vienen porque el ser se abandona al sueño y su mente está cargada de preocupaciones. Entonces el factor astral que se refleja en el ser humano por el sistema nervioso quiere quitarle al sistema vegetativo su parte en vez de dejarlo hacer su labor. El sistema vegetativo tiene que defenderse entonces de aquél que quiere invadir su campo. Por eso soñar con gatos, animales sobre la espalda o el estómago, una tropilla de caballos que viene corriendo, un pescado grande que está allí enfrente, con ardillas, indica que el sistema vegetativo no está haciendo bien su función.
A veces se sueña un momento antes de dormir, pero después no se sueña absolutamente nada. Es que hay un relajamiento absoluto de todas las facultades del ser. Es la verdadera muerte. El ser muere en realidad pequeñas muertes todos los días; por eso cuando se va a entrar al sueño se tienen vislumbres, visiones, que son como un pequeño examen retrospectivo que se hace rápidamente para entrar luego en el sueño profundo. Algunas personas se levantan más cansadas de lo que se acuestan, y eso es porque hay una lucha entre la fuerza asociativa y la vegetativa. Es como si llevaran el mundo encima. La razón es que el organismo no ha hecho su trabajo.
El examen retrospectivo no tiene mucha importancia en sí. La mayoría de los hechos diarios del Hijo son siempre iguales: meditación, trabajo, comida, recreo. Es un examen muy rápido. El examen retrospectivo tiene otro valor: corta el impulso diario.
La mente hace, durante el día, como una línea que se tiende cada vez más, y como el ser sostiene más aún esa línea de fuerza, la mente se va debilitando. Entonces a la tarde ya no se tiene la misma fuerza que a la mañana y la línea tiende a quebrarse. Hay que empezar a repararla el entrar en el sueño porque si se abandona la nota para que se pierda sola no hay trabajo de reparación.
Quiere decir que el Hijo dice: basta. Retrotrae su fuerza, vuelve atrás, aminora poco a poco su marcha. El examen retrospectivo aminora la marcha del día, entonces el ser, que daba vueltas a la rueda en un sentido, al darla en otro se queda inmóvil. Por eso se enseña que se mande la sangre de la cabeza a los pies, o sea mover la fuerza en sentido contrario.
Un buen sueño vegetativo puede dar en cuatro horas gran recuperación al hombre. Es el ejemplo que se ve en los grandes hombres que, como Napoleón, necesitaban pocas horas de sueño.
Después del sueño vegetativo hay que dar cuenta del día. Ya el cuerpo ha asimilado todos sus elementos; el cuerpo etéreo está lleno de fuerza. Los átomos X2 ya han llenado esa parte etérea, ese segundo cuerpo del hombre y el cuerpo astral puede hacer su labor. El hombre sin el cuerpo astral no puede tener la vida del espíritu.
Las grandes fuerzas se adquieren en esa zona mística del sueño profundísimo, pero el cuerpo astral no puede hacer eso si antes no filtra los canales por donde han pasado tantas imágenes anteriores: las emociones, las luchas, han gastado esta fuerza durante el día, han ido tapando los conductos y por allí no puede entrar la otra energía. Las agujas no se limpian. Ese trabajo lo hace el sueño asociativo: examinar las cosas que han impresionado durante el día, lo que se ha perdido espiritualmente.
A veces parece que se sueña algo sin sentido. Por ejemplo: una persona en una casa que no se conoce. El subconsciente muestra así que se está equivocado, que se le ha dado a algo el sentido contrario, que en el momento de hacer una obra se la ha desfigurado. O por ejemplo, que la casa se ha deshecho, que se ha venido abajo; que se ha roto el coche: quiere decir que no se ha sacado el producto de ese paseo. Asociaciones que se presentan como imágenes, pero que son grandes lecciones si se las sabe aprovechar. Asocian lo real del día con la fantasía: la fantasía ha desfigurado lo real durante el día y la experiencia ha sido de poco provecho.
Cuando se ha tenido un día sano y sereno las imágenes en el sueño son sencillas, pero claras: se limpia la Capilla y a la noche se ve una Capilla grande. Es que se ha magnificado esa labor, se la ha ampliado. Se hace un vestido con amor y a la noche se lo ve adornado: es la gracia, la fuerza que se le ha dado. Cuando se ven flores y adornos es el fruto que se recoge de las obras diarias; y eso tiene una importancia extraordinaria.
Los seres desequilibrados y nerviosos tienen sueños asociativos tremendos; duermen a saltos, mientras que la persona tranquila duerme profundamente, y sobre todo en la Santa Casa de la Madre donde el sueño es muerte que se transforma en vida.
El Voto de Renuncia y el abandono de la vida tienen que llevar a la vida real, a ese sueño profundísimo en donde se aclaran las ideas, donde vienen al alma las imágenes divinas, las comunicaciones sagradas. Todos los Hijos que cumplen con su Voto llegan al sueño profundísimo, pero todas las almas tienden a ir hacia ese sueño que es el sueño místico. Allí es donde se recibe la Enseñanza. Todos conocen ese misterio: un día, al levantarse, se tiene la solución del problema, la comprensión nueva, clara, sobre ese punto. Cuántas veces se va a dormir con una ansiedad, con un dolor y a la mañana siguiente se es realmente otro; lo de ayer ha desaparecido con sus nubes; el alma está como un claro cielo azul.
Los Hijos se han entregado al sueño como a la muerte; han cruzado el valle de los movimientos humanos y han podido acallar su fondo en las aguas de Beatriz, en la fuente divina. Les ha venido la luz, comprensión, respecto a su vocación y de muchísimas cosas que no tienen explicación, que ni ellos mismos pueden explicar a pesar de comprenderlas.
Durante el sueño profundísimo muchas veces los Hijos se comunican con los Maestros y así tendría que ser siempre. Los Santos Maestros están continuamente con los Hijos pero lo que llega a éstos es su luz, que los baña. Ellos, si quieren ir y estar al lado del Hijo, tienen que materializarse, tomar una fuerza viva, como lo han hecho grandes seres muchas veces, sobre todo algunas apariciones verdaderas, materiales. Algunas veces ven la figura de sus Directores o Instructores, pero son los Santos Maestros que los bendicen, que les dan fuerza, que los reprenden, los aconsejan. A través del sueño profundísimo se hace este gran trabajo: establecer un puente entre el cielo y la tierra. Los Maestros pueden dar así al Hijo el secreto de la vida.
El hombre vive aferrado a la tierra porque en realidad no vive, no sabe. Pero para aquél que ha podido tener su propia experiencia la vida tiene un sentido completamente distinto. Por eso al Hijo hay que darle hechos concretos, formar un puente entre el mundo astral y el mundo material para que todos lo toquen con sus manos. Ellos tienen que ser los primeros. Por eso durante la noche los Hijos buenos marchan por ese puente, tendiendo un arco entre el cielo y la tierra por donde luego cruzarán todos los seres, para alejarlos del miedo y del dolor del mundo.
En el sueño profundísimo se tiene aún la visión del futuro y el consuelo de hablar con las almas que ya han cruzado el camino hacia el más allá.
En el sueño profundísimo el Hijo se transforma en sacerdote. No es sacerdote el que ha estudiado un número de años sino aquél que realmente se ha puesto en contacto con Dios; si no se es un ciego que guía a otro ciego. Por eso los chelas hindúes preguntan a su Maestro si ha realizado a Dios. El sacerdocio del alma lo tienen los hombres y mujeres indistintamente, pues todos tienen que forjarse su camino.
Si los Hijos saben considerar la muerte, mueren todos los días en las horas del sueño por su Voto de Renuncia. Si saben abandonarse en los brazos de la Divina Voluntad experimentan la Verdad; Dios les concede la visión del más allá y pueden decir: “Así es porque lo he visto, lo he experimentado; he visto la imagen de la Divina Madre; he visto las almas de aquellos que me han precedido en el más allá”.
Un Hijo tuvo una vez dos sueños extraordinarios. En el primero vio el Templo de Cafh, que era un gran arco iris que se iba formando poco a poco. Por allí cruzaban los Hijos para entrar en el verdadero templo del más allá. El Templo de la Madre Divina no es un lugar, es una fuerza viva del alma que se va construyendo poco a poco.
En el segundo vio un río inmenso y a unos Hijos de Cafh que llevaban su caballo blanco a la orilla. La otra orilla estaba más allá, invisible, pero estos Hijos, mientras caminaban por las aguas formaban un puente de nácar. Significa el río místico del alma; el puente de nácar es el silencio, rutina, paciencia. A medida que iban entrando en el río, éste se hacía más y más grande; y más grande también se hacía el puente y más almas cruzaban y más se extendía. Era el puente constituido por las mismas almas, el puente que un día tendría que estar tendido entre el más allá y esta tierra, entre lo conocido y lo desconocido.
Este Divino Misterio el Hijo puede aún vivirlo diariamente: Él tiene el Libro de la Gran Enseñanza, el Maestro preparado si sabe aprovechar bien las horas del sueño.

Enseñanza 7: La Renuncia como Salvación

La Renuncia comprendida como única salvación del mundo, abrazada con los Santos Votos, vivida diariamente a través de los actos y del ritmo de Comunidad, lleva inevitablemente a una mística, a un determinado modo de vida interior expansiva.
La Renuncia verdadera, total, absolutamente simple, no atañe a un solo hombre o a una agrupación de hombres, sino a todo el género humano y a todos los seres que fueron, que son y que vendrán.
Ese estado interior que se desenvuelve en el alma a través de la vida de Ordenación es algo espontáneo y natural, puede ser analizado, controlado y aún acelerado, si el alma conoce bien en términos generales y particulares, el método, un método para poseer este bien de Renuncia en su totalidad. A esto se le llama la Mística de la Renuncia.
No se la denomina “Mística del Corazón”, que es la síntesis total de la vida de Renuncia, porque se necesitaría mucho tiempo para poderla explicar; se dice entonces “Mística de la Renuncia” para dar con ella una síntesis de la Mística del Corazón.
No se puede entrar a considerar este campo admirable si no se sabe el lugar que se ocupa en el mundo y en la vida.
La Humanidad piensa de distintos modos, tiene múltiples puntos de vista; por eso es necesario ser buenos observadores y tener una filosofía propia, bien clara y definida.
¿Qué es lo que determina los acontecimientos humanos? Se usarán términos conocidos para hacer más clara la explicación: la historia, la psicología, la ética o moral.
La historia es aquel fenómeno que repercute desde lo exterior hacia lo interior del individuo.
La psicología es la acción y reacción de las facultades internas del hombre.
La ética es el resultado de ese choque exterior histórico, individual, psicológico, que se transforma en un hecho, primero individual, interior; después colectivo, exterior. Partiendo de esta base fundamental puede entonces el Hijo desarrollar su mística, porque tiene una idea clara de su lugar en el mundo y en el Universo.
La misión del Hijo Ordenado es el desenvolvimiento de sus facultades interiores, pero no para encerrarse en el conocimiento, análisis y posesión de esas facultades y decir: “Este es mi mundo, mi felicidad, mi cielo”, porque inevitablemente por más que se aparte siempre habrá factores externos que repercutan sobre él: lo que ha aprendido, lo que ha traído al mundo, su idiosincrasia ancestral. Los factores exteriores históricos siempre vendrán a golpear a su puerta; siempre habrá un resultado determinante de estas facultades.
Por eso el Hijo Ordenado ha de construir su morada interior; pero esa morada interior ha de armonizar perfectamente con todos los valores exteriores, relativos. Como resultado de esta unión de órdenes ha de haber un determinado modo de vivir, una determinada mística. No puede ser la mística de un aislamiento absoluto o de una obra social absoluta; sino el resultado de una armonía de ofrenda, de supremo sacrificio, una mística de una realización expansiva.
La Mística de Cafh es ante todo de ofrenda: ofrenda de sí mismo, ofrenda de los valores interiores, ofrenda de los valores exteriores.
La Humanidad padece porque el factor histórico no le ha dado la debida experiencia. Todos disfrutan de todos los bienes, de las comodidades, de un saber que ha sido legado por otros hombres. Se camina por una vereda, se vive en una casa, se tiene luz eléctrica, se viaja en un tren, en un avión; se disfruta de todas las comodidades y se dice: es de la Humanidad, lo hemos pagado y nada más. Con ese concepto no se conoce el factor de responsabilidad que el hombre tiene frente a la Humanidad. Se olvida de todo el trabajo y el esfuerzo de tantas vidas que eso ha costado; no son valores económicos sino un valor vivo de esfuerzo y sacrificio.
El hombre dice conocer sus factores históricos, pero goza y nada más. No hace otra cosa que adquirir obligaciones, cargas de deudas, karma. En una palabra: recibe, recibe. “Que me den, que todo sea para mi”.
Hay que ver si el esfuerzo de dar tiene una relación compatible con lo que se recibe. Si no, se prepara otro proceso histórico de dolor para la Humanidad.
El primer sentido místico ha de ser el de ofrenda; esa sencilla lección que le ha sido dada siempre al ser: el hombre gana lo que da, no lo que recibe. Lo que recibe hay que pagarlo mucho, cuesta sangre.
Hay muchos seres generosos que comprenden eso y dan; pero los Hijos Ordenados han hecho una ofrenda mucho más grande, porque lo han dado todo: su propia vida. Se han colocado al lado de los Grandes Iniciados, de aquellos pocos que se ofrendan para enseñar con su divino ejemplo a la Humanidad cuál es el Sendero de Salvación.
Pero esta ofrenda tiene un método místico que la hace más intensiva, y esto hay que aprenderlo de los grandes seres y practicarlo interiormente. Eso quiere decir: mística. Hay que practicarla con el corazón, con el pensamiento, con todas las fuerzas de la voluntad y del amor.
La mística de renuncia hecha ofrenda es la mística del pan y del vino. Lo han enseñado todos los Grandes Iniciados que han venido a la tierra.
La primera enseñanza que se da a los Hijos es ésta: “Deja la bolsa de pan del pobre; sé tú mismo pan de vida”. Como ya lo dijo Cristo: “Toma este pan, toma este vino, que es mi carne y mi sangre”.
No se puede ofrendar sólo los propios servicios, lo que se puede hacer; hay que ofrendarse a sí mismo. No se puede pagar el karma que se lleva sobre sí por haber disfrutado de tantos bienes sobre la tierra, facilidad de aprender, saber, distinguir lo bueno de lo malo, con servicios, sino con la misma vida, con todo el ser.
Esto lo han hecho los grandes seres. Cristo se ofrendó a sí mismo para bien de la Humanidad, pero antes dijo a sus discípulos: “Tomad mi pan y mi vino que es mi carne y mi sangre”. “Este es el testamento, el bien que os dejo: dar la propia carne, la propia sangre”.
La ofrenda ha de ser absoluta. La mística de ofrenda es ese sentido interior continuo: no ofrendar sólo lo que se da, sino la propia vida, un poco todos los días. El Hijo ha de decir en sus meditaciones: “Yo he recibido tanto de la Humanidad, todo me ha sido dado, pero, ¿qué he dado yo? Empiezo por ofrendar mis humanas intenciones, mis oraciones, mi vida mortificada y de oración; todos los trabajos que hago. Ofrendo todo lo que la Divina Providencia quiera enviarme: el malestar, la aridez, la comodidad, la incomodidad, las enfermedades, los cambios de vida que me proporciona el tiempo y la edad. Pero aún quiero ofrendar algo más: quiero ofrendarme a mí mismo, mi propia vida”.
Ese hábito de ofrenda del corazón, de la mente y de todo el ser se transmuta místicamente en la oración; no sólo es una oración imaginativa, además es sostenida, continuada. Hace que realmente el mundo absorba el magnetismo, la fuerza del Hijo y reciba el bien de su ofrenda. Algo sale de él: como una esencia, una luz que se expande poco a poco sobre todo el mundo y sobre todos los seres.
Clamen los Hijos en su interior: “Ofrendo mi vida, mi carne, mi sangre. Me doy todo. Tómenme, que es hora ya de tomar esta miserable vida, si es necesario, para que yo pague, ya que toda la Humanidad no está dispuesta a pagar; para que yo redima a los hombres de su ceguera de tomarlo todo, aún tomarlo a la fuerza. Me ofrendo como pan de vida. Reconozco mi pobreza, pero doy lo poco que soy y permanezco a la disposición divina. He podido descubrir el misterio de ser pan, pan eucarístico, pan divino. Ahora soy la hostia, la víctima inmolada”.
Este sentimiento interior toma fuerza, vida, se comunica verdaderamente y es un auxiliar para los seres humanos. Este es ya el sentimiento de muchos Hijos. Cuando a veces sufren alguna dolencia y se les desea que se curen dicen: “No me pida que me cure de mis males; ellos son el único bien que tengo para poder dar algo”.
Tengan los Ordenados siempre presente que su mística no es de paz y felicidad en la realización divina, sino es de ofrenda. Porque como decía el Bienaventurado Buda: “No puedo tener paz y felicidad si la Humanidad no tiene mi mismo bien, si sigue caminando por el sendero de dolor, miseria y sufrimiento”.
La Humanidad está ciega. Si se ofrendara, si reconociera el bien que ha recibido, si lo comprendiera y se dispusiera a dar, su dolor sería eliminado inmediatamente. Pero para eso es necesario que haya almas que sepan ofrendarse.
¡Que triste es oír hablar a las almas consagradas como lo hacen los hombres del mundo, como los ciegos, mostrando que no se dan a través de la ofrenda mística interior! Lo exteriorizan sin darse cuenta y siguen tendiendo la mano, estando desconformes con todo y desechando el cumplimiento de la observancia y sus obligaciones, que es lo único que pueden dar. Todo les cansa, y en lugar de hacer efectiva su ofrenda siguen regateando a la Divina Madre lo que ya le han entregado en sus Votos.
Que la ofrenda interior de los Hijos empiece por la mística, es decir, por la oración; sólo así se hará efectiva exteriormente. Un santo hindú, cuenta la leyenda, era muy ignorante y no sabía meditar. Cierta vez le atacó un jabalí, y al defenderse golpeó al animal muy fuertemente en la cabeza. El jabalí dio un grito de dolor tan terrible y al mismo tiempo tan sublime, que lo conmovió. El asceta entonces, arrepentido por haberlo herido, fue repitiendo ese grito continuamente para llegar a emitirlo con la perfección del dolor del pobre animal, y se dice que al conseguirlo realizó a Dios.
Cuando verdaderamente se ora en espíritu de ofrenda, esa ofrenda se hace efectiva; Dios toma lo que se da y la ofrenda se transforma en holocausto, en una realidad.
El alma que es responsable de sus acciones frente al mundo, que armoniza con el exterior y paga el karma del mundo no la que dice: yo pago mi karma y estoy desligada de los otros, esa alma tiene derecho a realizar a Dios en sí misma, y puede llegar a transformarse en una armonía perfecta de valores internos, emocionales, mentales y espirituales, porque ya se ha transformado en un holocausto, en una ofrenda hecha realidad.
Cristo no sólo ofrenda su vida como semilla a través del pan y del vino, sino sube a la cruz. El padeció todos los dolores, todos los martirios, hasta que llegó a la cruz, al supremo holocausto.
Estas hermosas oraciones, esta mística interior del Hijo ha de transformarse en una realidad, en algo vivo; sería ilusión si su ofrenda no llegara al holocausto, a la realidad. Una gotita de sangre ha de adornar los velos y las capas de los Hijos para que éstos tengan un signo de confirmación y realidad; el holocausto no tarda en venir a aquél que sabe lo que la mística verdadera significa.
¡Es tan distinta la realidad de los sueños! Muchas almas consagradas quieren ofrendarse con toda sinceridad, pero lo hacen a su manera, según sus gustos, aunque ellos creen que no son sus gustos.
La mística del holocausto es la mística del misterio, de lo desconocido; es el resultado de factores internos que no se ha soñado descubrir ni poseer. Por eso cuando el alma se ofrenda a su modo no hace nada más que obstaculizar la Obra Divina de redención en ella misma, poner reparos.
La oración que impone la vida de Ordenación, aún las oraciones vocalizadas, puede que le parezca poca al alma que se ofrenda; en su fervor le gustaría decir muchas más oraciones, tener más tiempo para orar, pero estas oraciones, por hermosas que sean nunca serán holocausto porque llevan un goce personal, un gusto; es una ofrenda personal. Si quiere darse una disciplina, se la da cuando quiere, pero si bien esa disciplina es buena no es la perfección del holocausto. Santa Rosa de Lima decía al final de su vida: “Yo pedía dolores, pero no creía que fueran tan grandes”. Ella se imaginaba sus dolores habituales, pero Dios le reservaba otro dolor. Lo que se quiere hacer personalmente, aún siendo bueno, no tiene valor porque Dios da lo que Él quiere dar y tocará al alma en esa fibra que ella no quiere que se toque; en ese lugar secreto, bien guardado y oculto, allí es donde irá a golpear el dolor. Entonces el alma imperfecta empieza a quejarse, a parecerle mucho su dolor, a perder el gusto por la oración y sentir la obscuridad; piensa que es incomprendida, que los Superiores son demasiado severos, el Reglamento pesado, las obligaciones son muchas. Eso le pasa porque no quiere darse: la ofrenda personal es un teatro, es exterior.
Dios quiere otra cosa. El alma que se ofrenda es una mente en blanco que no piensa lo que le podrá suceder ni hoy ni mañana, sino está dispuesta a que Él tome de ella lo que quiera.
Si uno se queja no da, la ofrenda no se transforma en holocausto; y es necesario transformarla en holocausto, teñirla de sangre. Es allí donde el alma puede realizarse: en el trabajo que le dan, en la enfermedad que le manda la Divina Providencia, en los inconvenientes inesperados. Allí es donde Dios la va a buscar y a decirle: “Yo quiero esto y otra cosa no me gusta. Yo te doy todo pero deseo tu alma”.
Generalmente pasa que cuando se está enfermo se ofrenda todo, pero no ese mal porque molesta y quita el gusto en la oración. Pero eso es lo que Dios quiere que se le dé, esa es la gota de sangre para salvar a la Humanidad. Entonces se puede llegar a la muerte mística y ser dignos de ser llamados muertos que viven, almas que no pertenecen a este mundo.
Después que Cristo expiró con gran dolor hubo una gran paz a su alrededor y todo fue silencio. Eso quiere la Divinidad de las almas, para darles luego ese gran silencio de muerte, resultado de la Mística de la Renuncia.
Esta es la ética, la moral del Hijo: Abandono a la Divina Voluntad. Puede suceder que después de muchos años de vida de Comunidad el alma se dé cuenta un día que sigue teniendo el mismo defecto que cuando recién ingreso, y ese defecto está como una espina en el corazón; y se pregunte entonces: “¿Por qué lo tengo?” Hay que conformarse cuando uno se da cuenta que todavía está allí: Abandono total, absoluto, a la Divina Voluntad; esa es la muerte mística de la sensación.
Cuando se llega a ese estado de dolor, es decir, de soportar el dolor aceptándolo todo de las manos divinas, se es entonces holocausto tan perfecto que después ni se siente ese dolor y todo parece poco, aún los golpes más grandes que manda la Divina Providencia. Pero es entonces cuando se cosecha, cuando se está muerto; no porque haya una insensibilidad sino porque hay una absoluta entrega.
Aún en la mística que el Hijo va desarrollando después de haberse ofrendado puede ser que en la oración la Divina Madre le dé grandes martirios: nerviosidades, dolores intensos que no lo dejen tranquilo, sufrimientos en el tiempo de la meditación. Aún si esto pasa, con un esfuerzo supremo tiene que conformarse y estar contento con lo que le ha sido dado.
Cuando él tenía entusiasmo era él quien gozaba y recibía; ahora que tiene aridez y sufre, o la enfermedad le molesta, tiene achaques, nerviosidades, le da la impresión de que no está orando; pues bien, ahora está entregando algo.
Si el Hijo hace ese esfuerzo continuado, si procura renunciar, acompañar interiormente y decir con el pensamiento esas palabras de oración, ésa es una mística que siempre trae silencio de muerte en el alma; sosiego, la sensación de que todo duerme, de que todo ha terminado. Si los Hijos hacen eso sabrán que la ofrenda de sus vidas ha sido tomada por la Divinidad.
Allí están, no tienen ya nada más que dar. Han comprendido la deuda grande que tienen con la Humanidad. Todo lo que pueden hacer lo han hecho, bien o mal, y lo seguirán dando. Todo lo toman de Dios; se ha hecho la Divina Voluntad: Dios da, Dios quita. Entonces se puede cosechar el fruto del Silencio; el éxtasis verdadero no es gozar de Dios, estar allí como si no se viviera; el éxtasis de la Renuncia es una perfecta paz y conformidad, es una entrega total.
Para resumir se pueden repetir entonces las palabras de meditación que se tendrían que usar para esos pasos de meditación de renuncia, que es síntesis de la Renuncia de la Mística del Corazón. La Mística del Corazón habría que explicarla más detalladamente: se empieza por la niñez espiritual; se sigue con la juventud, abandono, mendicidad, llamado divino, unión con los Maestros, muerte mística de los sentidos, y así sucesivamente.
Para la meditación se piensa: “He recibido de Dios dones infinitos; todo me ha sido dado desde que he nacido hasta ahora, beneficios, comodidades, asistencia, guía espiritual, enseñanza, alimento, adelantos de la civilización, libros, revistas, enseñanzas escritas... todo. En la enfermedad he tenido asistencia médica, remedios necesarios, los más nuevos que puede dar la ciencia. En el invierno, abrigo; en el verano, comodidades para mi refrigeración. Asistencia de familia, de la sociedad, de la escuela. Asistencia de Cafh: Comunidad, Superiores continuamente a mi lado. Mis manos están llenas de dones; lo he recibido todo despreocupadamente”.
“He de pensar en los que se dieron voluntariamente para contribuir a todo este bien que me ha sido dado, y hacer un análisis de lo que he dado a la Humanidad, con mi conocimiento y posibilidades, con mi ser. Para recibir ese bien que me ha sido dado, ¿qué he hecho yo?”
Después de ver lo poco que se ha podido hacer y decir: “Qué ignorancia la mía, que siempre he vivido así. Quiero ofrendar mi amor, todo mi afecto; quiero entregarlo todo; continuamente hay almas que piden afecto a mi alrededor y yo lo doy sólo a algunas personas que me son privilegiadas, de amistad y reconocimiento. Mi amor tiene que ser para todos aquellos que me lo piden: niños, enfermos, inválidos, que la Providencia pone en mi camino. He de dar mis sentimientos sin esperar que me quieran, ni la recompensa de ser comprendido”.
“Quiero dar todo lo que he aprendido, lo poco o lo mucho: lo que he aprendido con mi carrera profesional, con la enseñanza espiritual, con la experiencia personal, en el mundo y dentro de Cafh. Quiero enseñar, no quiero ser egoísta, sino dar a manos llenas; que todos sepan lo poco que yo sé. Todo lo daré continuamente. Todos mis conocimientos de lectura, los he de enseñar en los paseos, en los recreos; he de darme continuamente”.
“¡Pero esto es tan poco para un alma como la mía que he de ofrendar mi vida continuamente! No he de tener miedo a los contagios o a lo que pueda venir de un cataclismo, una inundación, una guerra; a nada, porque quiero ofrendar mi vida. Si otros seres han pasado por esos tristes trances con serenidad, he de darlo todo y no ser como los pobres seres del mundo que sólo quieren guardar a los suyos, ir a donde nada los alcanzará”.
“Que todo sea entregado para el bien de la Humanidad, que todo se desparrame sobre los seres. Soy holocausto, martirio de amor; soy la ofrenda perfecta, el mártir desconocido. Sobre todo he de querer lo que Dios quiere darme por medio de las reprensiones, de los castigos de los Superiores, ¡porque es tan poco lo que puedo dar! Pero, Dios mío, eso que Tú quieres lo doy con todo amor; aunque sea un pequeño malestar. Si quieres quitarme el gusto de la oración también te lo doy; que no quede nada más que el puñadito de ceniza que soy yo”.
“Acá, a los pies del altar, no está un Hijo, está un puñadito de ceniza que cualquiera puede soplar y nadie se da cuenta. Que nadie se dé cuenta de mí; que sea pequeño, vano, inútil a los ojos de todos los hombres. Que yo esté muerto, transformado en polvo y ceniza, porque sé que esta ceniza será un día levantada por el viento del Amor Divino, de la Divina Gracia que no permite que nada se pierda, y ese polvo se unirá al polvo de la eterna felicidad”.
Esta es la Mística de la Renuncia: el Reglamento, el trabajo, la observancia del Hijo lo ha de transformar en eso; eso lo hace con su vida interior.

Enseñanza 8: La Mística de la Ceniza de San Pablo de la Cruz

Lo más maravilloso y sorprendente de la vida de San Pablo de la Cruz es su extraordinario espíritu de renuncia, de absoluto desprendimiento de todas las cosas del mundo; tan grande que instituye en el mundo cristiano una congregación totalmente dedicada a lograr esa muerte mística, tan parecida a la muerte mística de las almas ofrendadas en holocausto para la redención de la Humanidad.
Oraba un día el joven Pablo en una humilde habitación de su casa, cuando en las luces del crepúsculo se le aparece una señora toda vestida de negro, con un velo de luto en la cabeza. Era de aspecto dulce y agradable, y vertía abundantes lágrimas. Quedó admirado Pablo frente a esa maravillosa visión y escapó al lado de esa señora que no era sino la Divina Madre, la Madre de todos los dolores y penas. Pablo oyó estas palabras: “Pablo, quiero que siempre lleves el luto por la muerte de mi Hijo Jesús. Quiero que siempre estés de duelo por los dolores del Hijo del hombre, que han sido completamente olvidados por los hombres. Quiero que no sólo internamente sino externamente lleves ese luto y ese duelo en tus vestiduras, en tu comportamiento, en tu modo de vivir, en todas tus cosas”.
El joven Pablo quedó completamente absorbido por esa visión y desde ese momento entregó su vida, su alma, sus posibilidades, a ese fin: llevar luto por los dolores y la muerte de Cristo; llevar duelo por el Señor que había sido olvidado por los mismos hombres que había venido a redimir.
Enseguida que puede abandonar el hogar y la familia se encierra en una pequeñísima habitación al lado de una pequeña iglesia abandonada, y después de una cuaresma de ayunos y penitencia escribe una reglamentación para su vida. Aquella reglamentación debía ser después la guía de la Congregación de los Pasionistas. Pero aún allí se le vuelve a aparecer la Divina Señora. Esta vez sobre su traje de duelo lleva una hermosa imagen, un signo; a la misma altura del corazón, lleva un corazón blanco estampado sobre el negro, sobremontado por una cruz blanca, y adentro se ven las iniciales del dolor que simbolizan el dolor de Cristo. Allí, bajo ese nombre, están los tres clavos de la cruz de Cristo.
Ella le vuelve a decir: “No sólo quiero que lleves duelo sino que tú mismo participes del dolor y de la muerte de mi Hijo, que vivas como si estuvieras muerto, crucificado; aún en tu físico te quiero muerto y crucificado. Lleva siempre este signo sobre tu corazón”.
Este joven había llegado a la renuncia ideal de todas las cosas de la vida, al abandono de los bienes del mundo, porque se había sentido inclinado a la devoción, porque Dios sobre todas las cosas le había dado un goce admirable, desde muy chico, de las bellezas y las gracias eternas. Su oración era una gloria, una devoción continua. Vivía en un goce extraordinario; nadie pudo gozar tanto como él a los pies del Señor. Decía: “No cambiaría yo un minuto de la felicidad que siento por todos los placeres que experimentan los hombres del mundo”. Pero no sabía qué duro camino tenía que recorrer para poder cumplir la Mística de la Renuncia, ese renunciamiento ideal que le había sido dado; tenía que ser un ejemplo vivo de la Renuncia si quería dejarlo en heredad a sus Hijos. Si lo hubiera sabido, a lo mejor no hubiera tenido fuerzas para enfrentarse con todos los dolores que tendría que padecer desde entonces.
A partir de ese momento desaparecieron los consuelos, las visiones, la devoción, y Pablo se vio sumido en un mar de tinieblas, de desconsuelo, de tristeza. Pero la peor tristeza era ver que, si bien en el fondo de su alma estaba seguro de su misión, su razonamiento, su intelecto, los consejos de todas las personas, le hacían ver que estaba engañado, que iba por mal camino.
Este inmenso martirio duraría veinte años. Toda una juventud martirizada, toda una virilidad padeciendo, siempre luchando entre la mente superior que le dice: “Adelante”, y la mente racional y humana que le dice: “Estás equivocado, no tienes éxito”.
Le había pedido mucho la Divina Señora, pero ésa es la Renuncia, la verdadera Renuncia; el gran saber de los héroes, de los santos, de los Iniciados.
Joven, Pablo, con sus reglas en las manos, camina de un lugar a otro, esperando encontrar donde asentarse, un alma que lo acompañe. Pablo de la Cruz es venerado por todos como un santo, todos le piden consejo, lo toman como director espiritual, pero no hay un alma que quiera participar de su vida. Dios misericordioso, la Divina Madre, aquella Madre que le había mostrado sus lágrimas, le ocultó ese largo martirio, todas las penas que le esperaban; quiso misericordiosamente no hacerle conocer todos los años que le faltaban para poder tener seguridad de que su renuncia no era la del vacío y de la nada, sino la verdadera vida mística para las almas que quieren la vida espiritual.
Abandona su lugar y su pueblo porque nadie lo quiere acompañar, hasta que la misericordia divina, teniendo lástima de él, le envía un hermano: Juan Bautista. Se junta con él en Roma, adonde había ido a parar San Pablo de la Cruz. Allí seguirá esperando, haciendo el bien, padeciendo. Allí mismo, en Roma, todos lo quieren, y conoce a grandes personajes, pero nadie lo ayuda en su obra.
Lo ubican en un hospital; parece que lo van a orientar hacia el camino de la pura caridad. Él espera allí años y años acompañado por su hermano. No tiene luces: Ella se esconde; no tendrá que verla. Tiene el sentimiento de estar equivocado; todo continúa, pero esa idea lo lleva a la más terrible de las desesperaciones. Pero a veces surge una luz y oye interiormente: “Pablo, estás muerto, crucificado”.
Veinte años de esperar, caminar, peregrinar. Hasta que en ese hospital, por un sabio consejo, empieza a estudiar para hacerse sacerdote. Con él estaba su hermano. El Cardenal protector del hospital lo ampara para que se quede como capellán en el hospital. Pasa por muchas pruebas hasta que un día, cuando ya es sacerdote, una fuerza grande hace que le pida al Cardenal protector que lo deje ir a la soledad.
Puede partir junto con su hermano, y sube a aquel monte Argentaro donde un día levantará su primera casa.
Pasarán diez años todavía, años de lucha, de padecimientos, de persecuciones, antes de que pueda iniciar el primer retiro pasionista. Allí todos lo veneran; las personas del lugar lo tienen por un gran santo. Muchas almas muy virtuosas lo toman como su director espiritual, pero todos huyen frente a e