ÍNDICE:

Enseñanza 1: La Muerte de Cleopatra
Enseñanza 2: Amonio Saccas y el Neoplatonismo
Enseñanza 3: El Misticismo Extático del Mundo Antiguo
Enseñanza 4: Isidoro de Sevilla y sus Familiares
Enseñanza 5: El Renacimiento Aristotélico de Avicena y Averroes
Enseñanza 6: El Aristotelismo de Maimónides
Enseñanza 7: Inocencio III
Enseñanza 8: Hernán de Salza y la Orden Teutónica
Enseñanza 9: La Poesía Mística de Jacopone de Todi
Enseñanza 10: Juan Pico de La Mirándola
Enseñanza 11: El Humanista Tritemio
Enseñanza 12: Paracelso
Enseñanza 13: Los Místicos de Port Royal
Enseñanza 14: Visiones de Manuel Swedenborg
Enseñanza 15: Saint Martin
Enseñanza 16: El Filósofo Desconocido


Enseñanza 1: La Muerte de Cleopatra

Antes de comenzar el relato de algunas vidas de Iniciados del Fuego del signo del Pescador -la era en la cual el sentimiento jugaría un papel tan importante en la lucha entre el amor y el odio-, convendrá conocer la de un Iniciado del Fuego de la época precristiana.
Para ello se ha elegido a Cleopatra, una de las figuras históricas más discutidas. Su nombre ha venido a ser como sinónimo de perfidia, pues siempre los dioses se vuelven demonios en manos de los conquistadores.
En el signo de Apis, sobre todo a su término, la gran unidad expresiva de los valores directivos, culturales y espirituales, empezaba a resentirse, provocando en su resquebrajamiento un predominio de la mente sobre el corazón, predominio que se manifestaba como crueldad y despotismo, si bien quedaba en pie la antigua fuerza del poder y del valor.
Cleopatra encarna la decadencia definitiva de Apis, apareciendo con todas las deficiencias de su raza caduca y con toda la grandeza atávica de su extraordinario saber y responsabilidad directiva. Su obra es la de avivar la llama en la última hora para trasladar la antorcha a los anales akásicos y dejar su figura, enroscada por el áspid, incisa en la historia como testimonio misterioso del pasado.
Es la hora solemne de la muerte. Pero esta vez no es sólo la de la muerte de un ser, es la de una Reina Iniciada. Hora de la muerte de Cleopatra y, con ella, la del reino egipcio, de la dinastía de los Tolomeos y de la raza poderosa de las pirámides.
Alejandría, que Cleopatra quiso volver a levantar como cabeza de Oriente y ejemplo del mundo, último baluarte de los faraones helenistas conquistados por los romanos, está rodeada por el hielo de la muerte.
Ya el pan de Dios, la sabiduría de los libros -encarnada en su grandiosa biblioteca- no existe; se la llevaron las llamas de un gran incendio.
El potente faro que iluminaba su puerto y que se encendía misteriosamente, movido quien sabe por cual fórmula sacerdotal de corrientes eléctricas, también ha sido destruído.
Las cúpulas de oro de la gran ciudad están envueltas en un manto fúnebre. Fantasmas se aparecen sobre la noche anunciando el próximo fin y fuerzas sísmicas sacuden la tierra durante varios días, como presagio de un terrible advenimiento.
¿Y no es presagio de muerte la silenciosa desesperación de la Reina? Cleopatra no pide ya a los Reyes de Oriente que se unan a ella y vayan en su auxilio para derrotar al enemigo latino; ya no urde tramas, ni prueba venenos mortales, ni ciñe su corona sobre las sienes.
Es demasiado grande su tranquilidad para creer que se ha resignado a la derrota y a la pérdida de su reino.
Además sus fieles la oyen murmurar: “No me arrastrará trás de él; no me llevará en su cortejo”. Octavio daría su mano derecha para entrar en Roma trayendo atada a su carro a la Reina de Egipto, como ya César había hecho con su hermana Arsinoe.
Pero a ella no; será reina hasta el fin.
Aún en la tarde fúnebre, cuando marcha hacia el Mausoleo para encerrarse en él toda vestida de azul -luto de las viudas de Egipto-, una secreta inspiración la alienta: que el poder espiritual de los faraones pueda dominar el poder de las armas y de la organización de los romanos.
Con ella están los tesoros de Egipto, el cuerpo de su esposo Marco Antonio y sus más fieles amigos y servidores.
Arrodillada sobre el sarcófago que encierra el cuerpo del hombre que tanto amó, no son de dolor sin embargo sus lágrimas.
Una mujer así no puede sufrir por amor.
Ella tiene un ideal; ella sólo pertenece a su ideal: reconstruir la grandeza de Egipto.
Este fue el gran delito de Cleopatra: ser fiel a su ideal.
Quiso revivir el poder de los egipcios, herederos de los Atlantes; restablecer el reinado de la sabiduría del espirítu. Pero fracasó.
Para lograrlo ha pasado sobre mil muertes y mil claudicaciones. Se ha sobrepuesto a los sentimientos que hacen agradable o desagradable la vida diaria; ha llegado hasta el umbral de la divinidad mental. Pero tiene que dejar paso, ahora, a la era del odio y del amor.
Toda la potencialidad de su fuerza mental en la última hora está reconcentrada en esto: o mantener su reino o saber morir como Reina y trasladarse voluntariamente al mundo astral, con toda la grandeza de su poderío y de su cortejo.
Los espías de Octavio -que quieren conservar su vida a toda costa-, la vigilan estrechamente; pero la Reina, en calma, piensa.
Habiendo sido educada por los Sacerdotes de Amón, que conocen los resortes más secretos del cuerpo humano y también el arte de morir, no puede ella usar de este postrer recurso porque el juramento iniciático la ata a otras seis personas que deberían, en tal caso, morir con ella. Si uno muere los siete deben morir. Existía entre los juramentos un lazo magnético que no permitía hacer efectiva la fuerza destructora en el organismo si los siete no lo consentían al mismo tiempo.
Se concentra más y más.
Su única esperanza de salvar la grandeza de Egipto está puesta en su hijo Cesarión, que huye. Pero cuando se da cuenta que ha sido traicionado y muerto, pierde la Reina toda esperanza de salvación.
Sólo le queda un último triunfo: morir de muerte psíquica.
Los poderosos y organizados romanos, tan grandes energéticamente como pobres en sabiduria, no comprendieron jamás el misterio de la muerte de Cleopatra y tuvieron que conformarse con creer que una culebra la había envenenado, construyendo luego una estatua que representaba a la Reina Iniciada en esa actitud.
Es que el fiel discípulo de la Reina, cuando el emisario romano se presentó a reclamarla, contestó irónicamente: “Ha muerto. La serpiente divina le ha picado”.
Y verdaderamente así había muerto. La serpiente interior del poder vital, impulsada por la voluntad consciente de Cleopatra, la había herido de muerte a ella y a sus seis compañeros.
Así murió Cleopatra. Así, consciente, entró al reino de las sombras con su cortejo real.
Pero hay algo que aclarar. ¿Dónde había aprendido el misterio excelso de la consciente transmutación?
Fue ella educada por los sacerdotes del Templo de Armakis, en donde se conservaba el colegio sacerdotal más antiguo que descendía en línea directa de los antiguos sacerdotes atlantes.
Si bien estos sacerdotes fueron en principio enemigos acérrimos de los Tolomeos y facilitaron la muerte y la desgracia de más de uno de esta familia, tuvieron, sin embargo, que rendirse ante sus descendientes que se habían adaptado a las costumbres egipcias íntegramente y eran, por su espíritu dominador y vigoroso, los únicos que podían defender el tambaleante trono de los faraones.
Lo demuestra la costumbre que habían adoptado, completamente egipcia y faraónica, de casar a los hermanos entre sí para que dirigieran el destino del reino.
Cleopatra, reencarnación de la antigua reina atlante de Soma Mù, unía a la desmedida ambición para reinar y a su extraordinaria belleza física, la concepción clara de que Egipto estaba por perecer frente al Imperio Romano si no lo impedía el esfuerzo poderoso de alguno de sus dirigentes.
Ella reunió en sí este esfuerzo supremo.
El lema de toda su vida fue éste: o conservar la grandeza de Egipto íntegra o llevar consigo, a través de la muerte, la dignidad y la grandeza del reino fenecido.
Desde los catorce años fue educada en el Templo, donde le fueron enseñadas las doctrinas secretas de matar a los enemigos y de destruirse a sí misma si fuera necesario. En una palabra: le fueron entregadas las llaves de la vida y de la muerte.
El sumo sacerdote de Armakis, que le ha enseñado el secreto, tiene también la llave del Tabernáculo donde se guardan los tesoros intactos de Ramsés II y con ellos la maldición que llevará aquél que llegue a tocarlos.
Pero ¿como podrá conquistar y hacer frente al poderoso Imperio Romano una Reina sin riquezas?
Toma el lugar del Sumo Sacerdote y jura usar el tesoro solamente por la grandeza de Egipto. Este acto, pese a ser realizado por una fuerte inspiración idealista, no la libra de cargar con las fuerzas del mal provenientes de las emanaciones negativas que envolvían las tumbas faraónicas.
Y llegará el día en que ella usará los tesoros del Templo para salvar desesperadamente la herencia de los Tolomeos.
Al cumplir este acto extremo Cleopatra llevará consigo en su séquito al mundo astral también los poderes del mal de la vieja raza.
Es preciso mirar al Iniciado del tiempo de Apis en sus dos aspectos: grandeza en el bien y en el mal, pero fiel, sobre todo, a su ideal.
Regiamente la Reina ha preparado todos los detalles de la última hora. Se ha colocado sobre las espaldas el manto real bordado de amarillo y blanco y salpicado de zafiros. Se ha puesto sobre la cabeza la triple corona faraónica que señala el dominio sobre el mundo, sobre los muertos y sobre los espíritus.
Ha hecho cerrar herméticamente todas las puertas del mausoleo y se ha colocado sobre su trono, rodeada de sus fieles discípulos.
Resueltamente están dispuestos a pasar al país de la muerte.
Se miran fijamente en los ojos el uno con el otro y un estremecimiento ligero recorre los miembros y especialmente los hombros de los místicos suicidas. Despaciosamente empiezan a adormecerse y a ser invadidos por el sueño tranquilo y agradable anunciador del fin.
¿Por qué no mueren aún?, se pregunta el fiel discípulo que tras de la puerta aguarda la hora solemne. Es que todavía la conciencia latente está recorriendo, retrospectivamente, los caminos de sus vidas.
Pero han terminado. Un grito, una sacudida, un caer supino, un sonreír...y nada más.
La Reina ha entrado en la región de las sombras.
Más allá vislumbra su nuevo reinado: el reinado de la paz.
Toda su cohorte la espera. Se adelanta primero el Sumo Sacerdote de Armakis: “Oh Reina -le dice-, aquí vengo a buscarte y a rendirte pleitesía. ¿Ves, tras de mí, esta infinidad de seres? Son tus súbditos; los que te acompañarán en tu nuevo reino. Tu sueño de poder y grandeza no fue vano. Aquí uniremos nuestras fuerzas, forjaremos una nueva grandeza y sabiduría y cuando sea nuestra hora volveremos a la Tierra, para realizar nuestros sueños en un mundo y un pueblo nuevos. Forjaremos un reinado en donde el amor de los Hijos del Pescador no signifique desprecio y humillación, sino belleza, poder y grandeza”.

 

Enseñanza 2: Amonio Saccas y el Neoplatonismo

La cultura griega penetró en el mundo cristiano primero a través del neoplatonismo pagano y después por medio de la adaptación de éste a los dogmas y enseñanzas cristianas.
Alejandría, en el siglo II, ya no era la floreciente ciudad de los Tolomeos.
La Academia Filosófica, fundada por Auletes, había decaído enormemente y las lumbreras intelectuales de la época ya no la frecuentaban.
Los romanos que conquistaban todos los países y destruían todas las reliquias, habían hecho a la filosofía griega su tributaria, relegando la religión egipcia.
No obstante, los inmigrantes judíos y los nuevos cristianos habían aportado un renacimiento en el estudio de las filosofías, en el afán de adaptarlas a sus respectivos credos.
Este movimiento dio vida a la escuela ecléctica, a la que pertenecieron hombres ilustres como Clemente de Alejandría, San Justino Mártir y Antenágoras.
El cristianismo naciente, que había trazado un plan de trabajo especialmente dogmático para contrarrestar las numerosas herejías, empezó a mirar a este nuevo movimiento con desconfianza -aún cuando figuras eminentes de su credo pertenecían al mismo-, hasta que hubo una separación definitiva.
Esto favoreció el florecimiento del neoplatonismo.
Amonio Saccas había nacido en Alejandría, en el siglo II, de padres cristianos. Ya de niño mostró aptitudes extraordinarias. Durante los divinos oficios no podía seguir las preces vocales y se quedaba como extasiado, dice él, absorto en una idea luminosa. Este hábito de abstraerse de las cosas materiales le valdría, más adelante, el sobrenombre de “Theodidaktos” (aleccionado por Dios).
Siendo muy joven todavía entró en la Escuela de Clemente de Alejandría y de él aprendió ese amor tan intenso hacia la escuela académica, que no abandonaría durante el resto de su vida.
En ese entonces los cristianos se habían declarado abiertamente contrarios a las ideas culturales griegas. El Obispo de Alejandría lanzó el primer grito: “Con Cristo o con los griegos”. Los más fanáticos invadieron las escuelas, saquearon las bibliotecas y los textos fueron pastos de las llamas. Fue tal la indignación que Amonio rompió definitivamente con el cristianismo.
En esos días una visión admirable se le mostró: una montaña coronada por un fuego perenne y una mujer de blancas vestiduras que le conducía hasta la boca del cráter mostrándole, sobre las llamas, distintos cuadros que se reflejaban en la lumbre. Toda la historia del mundo pasaba por allí; veía las civilizaciones perdidas, las diversas religiones; todos los pueblos nacer, surgir y desaparecer. Sólo el fuego continuaba brillando y brillando.
Desde entonces la misión de Amonio Saccas fue trazada para siempre: uno es el fuego, muchas las sombras que proyectan sus llamas; y consideró al cristianismo como un gran ideal humano-religioso, pero no único.
Grandes hombres se reunieron a su alrededor, admirados de su inagotable sabiduría y anhelosos de ser dirigidos por él. Esta concurrencia le decidió a fundar la escuela neoplatónica que él llamó “Filaletea” y que se dividió después en analogista y teurgista.
De esta escuela salieron el extático Plotino, el divino Porfirio, el insuperable Jámblico, el tenaz Orígenes y el devoto Herenio.
Por dos siglos triunfó el neoplatonismo, pero la mano de hierro del cristianismo esperaba el momento oportuno para apoderarse de su esencia y luego destruirlo.
Dirigía entonces la escuela neoplatónica Hipatía, hija del matemático Theón, que había aprendido de su padre el álgebra del número y aquélla del universo. Ella fue quién enseñó la doctrina eterna al Obispo Sinesio que él transmitió en aquel admirable “Libro de la piedra filosofal”. Pero Hipatía tenía un enemigo terrible en Cirilo, sobrino del Obispo Teófilo de Alejandría. Era éste, hombre severo, fanático y muy celoso de su dogma; más tarde se haría famoso en el Concilio de Éfeso.
En vano Cirilo había intentado convencer a la sabia joven que se hiciera cristiana. El pueblo fanático se creyó azotado por Dios a través de unos años de miseria y Cirilo afirmó que la culpa era de Hipatía por no querer abdicar de sus creencias.
Allí fueron a buscarla; rasgaron su blanca túnica de virgen pagana, la arrastraron fuera de la ciudad y la lapidaron ignominiosamente.
Tuvieron que pasar trece siglos antes que Marcilio Ficino fundara en Florencia la Academia Escolar, que marcó el renacimiento del neoplatonismo.
Herenio fue discípulo de Amonio Saccas. Solamente se conoce de él un rasgo, contado por Porfirio en su “Vida de Plotino”.
Amonio Saccas le había hecho el don de iniciarlo en la parte más secreta de su doctrina, al igual que a Plotino y Orígenes. Los tres se comprometieron mutuamente a no divulgar jamás las enseñanzas de su maestro. Habiendo Herenio faltado a su palabra los dos restantes se creyeron liberados del juramento.
Orígenes, el cristiano, pertenece al período del alumbramiento teológico que siguió a la predicación del Evangelio. Las nuevas nociones sobre Dios y sobre el mundo que contenían las enseñanzas de Jesús, necesitaban ser desarrolladas, redactadas y constituirlas en cuerpo de doctrina.
De allí el inmenso trabajo que en los siglos siguientes darían ciertas obras como las de la Redención, la Trinidad, la Gracia, la Encarnación, etc.
Estos dogmas aparecieron al principio sólo bajo formas obscuras, confusas y, por consiguiente, indecisas. Es posiblemente Orígenes el primero que comprendió la necesidad de reunirlas y sistematizarlas; pero, para poder cumplir esta obra tan laboriosa, le era indispensable el apoyo de la filosofía.
Profundo conocedor de las filosofías antiguas, empleó todo el poderío de su genio en conciliar la doble autoridad de la fe y de la razón. Es esto lo que le otorga un carácter particular y que lo distingue en la historia intelectual de los primeros siglos de la Iglesia.
Nacido en Alejandría hacia el año 185 de padres cristianos pero educado en el estudio de las ciencias griegas, Orígenes demostró desde su infancia una viva inteligencia. Como se le hacia aprender de memoria pasajes de las Escrituras no podía contentarse con su sentido literal y buscaba siempre una interpretación más elevada. Tuvo por maestros a San Clemente y San Panteno, que fueron los primeros en enseñar filosofía cristiana en Alejandría. San Clemente lo inició en el platonismo y San Panteno en el estoicismo.
Durante las persecuciones que por orden del emperador Septimio Severo se dirigieron contra los cristianos de Alejandría, Leònidas, padre de Orígenes, fue arrestado. Únicamente los ruegos de la madre pudieron impedir que el joven siguiera las huellas de su padre y afrontara el martirio que su progenitor sufrió en el año 202. Orígenes tenía entonces 17 años.
Para poder sostener a su madre y a seis hermanos, debió dedicarse a la enseñanza de la gramática. Había cesado en Alejandría el libre ejercicio de la religión cristiana. San Clemente, amenazado por sus perseguidores, se había refugiado en Capadocia. Los cristianos, privados de la enseñanza religiosa, se agolparon alrededor del joven maestro que retomó los estudios teológicos con renovado ardor. Logró conversiones brillantes y Demetrius, Obispo de Alejandría, lo estableció a la edad de 20 años en el sillón de San Clemente y San Panteno.
Comienza entonces para él una época de labor, de actividad intelectual y de austeridades.
Partidario de las ideas orientalistas que consideraban al cuerpo como a un enemigo, se agotaba a fuerza de ayunos y maceraciones y por fin, para dominar las tentaciones carnales, llegó a mutilarse con sus propias manos. Este acto -del que se arrepentiría más tarde-, conviene destacarlo por ser la causa primera de sus desgracias posteriores y también un signo evidente de su doctrina, que consideraba al cuerpo como enemigo del alma. Reconoció mas tarde que es por la propia energía del espíritu que debe ejercerse esa lucha contra los sentidos; es en el alma donde hay que domar las pasiones sin atentar contra el cuerpo.
Su obra principal, “Los Principios”, es un esfuerzo por abrazar la doctrina cristiana en su conjunto y cimentarla sobre principios generales y científicos.
La mayor parte de sus obras han llegado hasta nosotros a través de la traducción latina hecha por Rufino quién alteró los textos en los pasajes audaces, sobre todo en el de la Trinidad, para volverlo más ortodoxo. Es allí donde se descubre el plan de Orígenes; plan audaz, para su época, de presentar los principios fundamentales del cristianismo en un conjunto sistematizado. Quizás por el hecho de que este ensayo tenía algo de audaz, resultó abortado. Este escrito fue el que le atrajo el reproche de herético y que levantó contra él un cúmulo de enemistades.
El rasgo más importante de la doctrina de Orígenes estriba en la fusión que busca obtener entre la filosofía antigua y el cristianismo.
Venerando a Platón lo relega cuando observa que en la práctica se aplican mejor las teorías de Epícteto.
Se le acusa de ser el causante de las herejías que luego dividieron a la Iglesia; pero si es cierto que Orígenes no logró fijar claramente el símbolo de la fe cristiana sobre los dogmas de la Trinidad, de la Gracia y de la Encarnación, estos dogmas -todavía indecisos en aquella época para toda la Iglesia-, no habían llegado aún a su punto de madurez y al momento propicio para su desarrollo. Hicieron falta los subsiguientes trabajos de Atanasio, San Basilio, San Agustín, Cirilo, etc., para preparar una solución suficientemente precisa de estos dogmas, que Orígenes no había hecho más que esbozar.
También Orígenes aspira a conciliar la noción de la unidad inalterable de Dios, tal como se la encuentra en Platón, con la idea de la energía en la que Aristóteles coloca la esencia de Dios.
La noción platónica está, según él, íntegramente en la noción de Dios Padre; en cambio la idea aristotélica se encierra en la del Hijo de Dios. Al mismo tiempo Orígenes nos presenta a Dios como la sustancia que penetra el mundo entero y vive la misma vida que el alma racional. En el sistema de Orígenes la muerte de Cristo redime a todos los seres, aún a Satán y a las almas condenadas.
Demetrio, que tanto le protegiera en un principio, se transformó en su enemigo jurado.
Excomulgado y exiliado de Alejandría, a la muerte de Demetrio siguió siendo perseguido por el sucesor, el Obispo Heracles, durante quince años. A la muerte de éste, Denys, amigo de Orígenes, no tuvo valor para hacerlo volver del exilio.
Era una verdadera guerra de dogmas, en la que Orígenes representaba el cristianismo sintetizado por la escuela de Platón, y Demetrio el cristianismo de la escuela judía de San Marcos; guerra que duraría tres siglos y que comenzó al rechazar su ordenamiento como sacerdote, aduciendo que era un mutilado que ultrajaba a la Humanidad.
Posteriormente se redactó un canon especial en el Concilio de Nicea para declarar que la integridad sexual era indispensable para ordenarse como sacerdote.
Orígenes pasó algún tiempo en Atenas y el resto de su días en Cesárea y Tiro. Vivió aún 24 años más, prosiguiendo el desarrollo de sus ideas, pero sin tener escuela. Su autoridad, desaparecida en Occidente, se acrecentaba en Oriente. Era el oráculo de Palestina, Fenicia, Capadocia, Arabia y de la misma Acadia.
Se encontraba en Palestina cuando estalló la persecución de Decius y fue una de sus primeras víctimas. Echado a un calabozo, a los 69 años, con hierros en los pies y cuello, resistió con coraje las torturas, pero quedó estropeado y murió en Tiro, poco después de haber sido libertado, en el año 255, a los 70 años.

Enseñanza 3: El Misticismo Extático del Mundo Antiguo

Plotino nació en Licópolis de Egipto en el año 205.
Todos los detalles de la vida de este gran ser están plenos de un profundo significado con respecto al desarrollo de su misión en la tierra. Como él había de traer de Oriente a Occidente, a través del puente del neoplatonismo, la sabiduría de los extáticos, nace en Egipto cuna del misticismo religioso y es iniciado en la Gran Ciencia de la concentración interior. Es educado por Amonio Saccas, el fundador del neoplatonismo, y enseña y muere en Roma, futura sede del cristianismo.
El joven Plotino tuvo una niñez y una adolescencia felices. Fue amado por sus padres y estimado por todos. Bajo la tutela de un sabio preceptor estudió todas las ciencias de aquella época: gramática, oratoria, mística, geometría, astronomía y matemáticas.
Dueño de un gran talento llegó pronto a sobresalir en sus estudios y a sentir la necesidad de ampliar sus horizontes, llevando consigo el tesoro de Egipto cuando fue enviado a Alejandría.
En la ciudad de los Tolomeos, debido a su físico agradable, sucumbió a la influencia de la belleza y de la vida sensual. Pero bien pronto reaccionó.
Paulatinamente, a través del estudio y de la búsqueda de los grandes tesoros de la Biblioteca de Serapión, iba penetrando en el mundo encantado del espíritu. Y llegaría a ver a Dios cara a cara, en el silencio de su corazón, enseñando esa única realidad a los hombres de Occidente, a la futura raza triunfadora. Se aisló poco a poco de los estudios y de los goces del intelecto, especialmente por la influencia que ejercía Amonio Saccas sobre él.
Plotino convivió once años con Amonio y siguió su voluntad inquebrantable en la fuerte disciplina que le impuso su maestro. Durante un lapso también se sometió, en una colina del Sud de Alejandría, al entrenamiento de los terapeutas, organización ascética compuesta por hombres célibes que lograban poderes psíquicos y curaban con fuerza mental.
A principios del año 244, Ardexir, revolucionario persa, invadió la Mesopotamia. Plotino se alistó en las filas de Cordiano para cumplir un deber patriótico y sobre todo para seguir los consejos de Amonio, que deseaba que su discípulo hiciera una peregrinación por el oriente. Muerto Cordiano, víctima de Filipo, logró Plotino refugiarse en Antioquia y de allí pasó definitivamente a Roma.
En la ciudad Eterna adquirió en breve gran prestigio.
Sin embargo hubo de soportar una dura prueba. Un alejandrino llamado Olimpo, dueño de una vasta cultura y que conocía todas las escuelas filosóficas, una vez llegado Plotino, dio en atribuirse las preferencias de Amonio. Anonadado por la superioridad espiritual de Plotino recurrió a artes mágicas para dañarlo. Pero pronto hubo de percatarse que el alma de Plotino era tan fuerte que todo el mal que se le dirigía repercutía en sus mismos agresores.
Tuvo muchos y esclarecidos discípulos, entre ellos Porfirio, Amelio, que asistió al Maestro hasta la muerte, Rogamino, senador romano y la matrona romana Gémina, la cual ofreció a Plotino su casa, que éste aceptó, para hacer allí ensayo de vida en común.
Plotino enseñó constantemente. El valor de toda su filosofía está en la definición de que la suprema filosofía es amar a Dios y esforzarse para encontrarlo, uniéndose a Él mediante la concentración.
Murió Plotino en el año 272 después de haber realizado a Dios en íntima y divina unión por dos veces.
Plotino no sólo era versado en la historia de las doctrinas religiosas y filosóficas, sino también en geometría, aritmética, mecánica y música. Había estudiado astronomía, posiblemente más desde el punto de vista de la astrología que de la metafísica, pero habiendo reconocido la falsedad de varias predicciones renunció a esta pretendida ciencia y hasta escribió refutándola como tal.
Era muy elocuente en sus enseñanzas, pese a un vicio de pronunciación y a la ausencia absoluta de un método en las mismas. En realidad no eran conferencias sino que se concretaban a responder con mucho ardor a las preguntas que se le proponían.
A los 10 años de haber empezado sus enseñanzas, comenzó a escribir sus obras.
La filosofía, cuya última palabra creía poseer, era para él una iniciación, patrimonio de los sabios, de las almas selectas y no la herencia de la Humanidad.
Herenio y luego Orígenes, que habían jurado como él no publicar la doctrina de su maestro Amonio Saccas, fueron los primeros en faltar a su promesa, y solamente después de haber ocurrido tal cosa se decidió Plotino a escribir.
No sólo le faltaba el hábito de hacerlo, sino también la ortografía. Sus frases resultaban inconclusas, sus razonamientos se enunciaban apenas, todo lo cual dificultaba la difusión de sus ideas. Era únicamente la fuerza de su pensamiento que lo volvía elocuente sin ningún arte. No se proponía nunca un plan determinado; a veces desarrollaba una doctrina que le preocupaba como refutaba un libro que acababa de aparecer.
Estos trozos esparcidos, reunidos y corregidos por Porfirio, formaron 54 libros divididos en 6 Eneadas. Aún después de la revisión de Porfirio, efectuada luego de la muerte de su maestro, las Eneadas sólo son un conjunto de disertaciones filosóficas sobre todos los temas posibles, a través de los cuales hay que buscar, no sin dificultad, la unidad del pensamiento de Plotino.
Sobre las puertas del santuario platónico estaban escritas éstas palabras: “Es difícil descubrir al autor y padre del mundo, y cuando se le ha encontrado es imposible dárselo a conocer a los hombres”. Se sabe que el noble espíritu de Platón detenía allí el esfuerzo de la ciencia.
Más allá del ser, último término científico que él quiso admitir, percibía claramente la Unidad superior al ser, pero no se atrevía a aceptar ese principio, pues la razón le exigía colocar este principio por encima del ser en sí, pero, al mismo tiempo, la razón no podía comprenderlo ni explicar por intermedio de él la existencia y la vida del resto de las ideas y de todos los fenómenos. De este modo toda la cadena de deducciones dialécticas era racional y rigurosa, siempre que quedara inconclusa, ya que el último término de la razón contradice a ella misma y, por otra parte, si la razón se negara a decir esa última palabra no sólo invalidaría la existencia de un principio que ella misma no osaba proponer en su extrema consecuencia, sino que ella quedaría sin conclusión y por consecuencia sin un sistema verdadero. Puede verse en Parménides y en el sexto libro “La República” hasta qué punto Platón se había preocupado por esta dificultad capital.
¿Cómo salir de esta dificultad sin escapar del campo de la razón?
Sólo un místico podía encontrar la solución.
La razón engendra la dialéctica y la dialéctica, llevada a su última consecuencia, contradice la razón; por lo tanto Plotino sacaba en conclusión que la razón es sólo una facultad subordinada. Cesan de ser absolutas para él las reglas de la razón, y si el hombre carece de facultad superior a la razón existe, no obstante, un medio de huir al imperio de las facultades, de conocer sin ayuda de ellas; este medio es el éxtasis.
El éxtasis es la participación del hombre en la felicidad e inteligencia de Dios por la fusión completa y momentánea de la naturaleza infinita con la individual. Gracias al éxtasis, Dios, consecuencia suprema de la dialéctica, puede al mismo tiempo contradecirla y, no obstante, ser aceptable este resultado.
También la psicología de Plotino marcha paralelamente con su metafísica. Acepta el valor de los sentidos, coloca sobre ellos la razón con los principios, las leyes generales y todo el sistema de las ideas; y encima de la razón coloca al éxtasis que nos descubre la unidad absoluta para la cual no se han hecho las leyes de la razón.
Llegados a este punto del sistema de Plotino he aquí los tres problemas que se plantean.
1°) ¿Qué es el éxtasis?
2°) ¿Quién es ese Dios demostrado por la razón, pero que ésta no sabe comprender?
3°) ¿Cómo se vuelve desde Dios al Hombre?
El éxtasis es un estado de unión del espíritu del hombre con Dios, en cuyo estado el cuerpo físico se transforma en un palacio desierto, deshabitado por su amo y que no obedece a otras leyes que las de su naturaleza orgánica. Es una muerte anticipada; mejor dicho, una vida anticipada ya que es sobre todo para los místicos extremadamente real la frase de Platón que dice: “Morir es vivir”.
Es la muerte de la multiplicidad, de la conciencia, de la personalidad. Es la absorción momentánea en Dios de la individualidad.
Las causas generatrices del éxtasis son tres: el amor, secundado por el conocimiento y la voluntad.
El conocimiento, al disipar los velos que obscurecen nuestro espíritu, nos coloca frente a la Unidad; la voluntad se esfuerza por escapar a la variabilidad y por romper la última envoltura bajo la cual resplandece el Absoluto en su gloria; y por último el amor que encuentra al fin el único objeto que puede nutrirlo se lanza como una llama viva y por su intermedio se logra la unificación.
La virtud y la plegaria nos hacen dignos de esta suprema felicidad, pero la plegaria se traduce en Plotino en ferviente aspiración, en un enérgico impulso del amor hacia un único fin. A medida que la escuela avance y que la fuerza de inspiración disminuya, la plegaria cederá su lugar en primer tiempo, y luego los ritos teúrgicos serán los que ocupen el lugar del amor. La iluminación es en Plotino una doctrina filosófica llena de profundidad pese a sus excesos; en Jámblico solamente será una superstición.
El Dios de Plotino responde a todos los problemas que Platón había propuesto y lo resuelve por todas las soluciones auspiciadas por Platón. Platón había comprendido que el último grado de la dialéctica es, en cierto modo, la última aspiración del espíritu humano; es la unidad absoluta, la unidad superior del ser. Plotino sin hesitar proclama que la unidad absoluta es realmente el concepto más adecuado a la verdadera perfección de Dios. Pero al mismo tiempo que relegaba la Divinidad de esas inaccesibles profundidades en las que el movimiento y la variabilidad estaban desterradas, Platón veía abrirse entre su Dios y el mundo un infranqueable abismo. Y sobre el borde de este abismo su mente se detenía tambaleante. Todo, en el universo, le demostraba que el rey del mundo debe ser inteligente y activo; todo, en la mente, le constreñía a elevar a su Dios por encima de la acción de la inteligencia.
De allí esas oscilaciones de su doctrina, entre los sueños de Parménides y las afirmaciones del Timeo.
Plotino no sueña ni titubea. La necesidad del Dios organizador es evidente y por lo tanto lo admite. Es el Rey, el Padre, el Organizador, la Providencia, el Demiurgo, Dios vivo y activo de cuya energía se engendra toda energía, cuya vida es vida de todas las vidas; que expande sin cesar de su seno y que a su seno sin cesar hace regresar torrentes de vida universal. Este Dios, por lo mismo que vive, es móvil; por encima de este Dios dotado de movimiento planea un principio y, por así decir un Dios más elevado, la inteligencia. ¿No se ha elevado también hasta allí Platón? El Dios activo que en el Timeo separa la luz de las tinieblas y otorga a la materia el movimiento, ¿es el Dios mismo que en el Parménides, en el Fedro y hasta en el Timeo, es el rey del mundo inteligible, el sol de la mente, esa inteligencia inmóvil de la que Aristóteles dirá, formulando por su cuenta la misma doctrina que su maestro, que es el pensamiento del pensamiento?
Siguiendo a Platón, Plotino se eleva hasta esa perfecta y divina inteligencia, y sin temblar como Platón ante la vista de estas necesidades contradictorias, coloca resueltamente la inteligencia inmóvil, que es el primero de los seres, sobre la actividad móvil que es el rey del mundo de la variabilidad, y por debajo de un tercer concepto más completo aún, o sea la unidad absoluta, superior al ser, de la que hace el primer término de la trinidad divina. De este modo este Dios, esta tríada divina resolvería todos los problemas.
Dios produce el universo necesariamente, sin comienzo ni fin. Lo produce tal como es porque tal es su naturaleza, la que debía tener. En una palabra, Dios no podía dejar de crearlo ni hacerlo de otra manera.
Acostumbrados como estamos a juzgar las cosas de acuerdo a nuestra propia naturaleza, pretendemos juzgar el poder de Dios a través de nuestra debilidad. No comprendemos nuestra libertad y pretendemos comprender la de Dios. Si Dios pudiera hacer el universo en forma distinta Dios no sería libre; pero es libre porque no tenía posibilidad de elegir. ¿Que es la elección sino la posibilidad de elegir entre dos rutas la peor? Suponer que Dios elige, es suponer que Él puede vacilar en su juicio o sucumbir en su acción o sea suponerle imperfecto.
La posibilidad de equivocarse o de fracasar disminuiría el poderío y por consiguiente la libertad divina. Plotino no es el único panteísta que, deseando encadenar el poder creador en las manos de Dios, ha dado el nombre de libertad a esta necesidad inevitable, considerando como un himno a la libertad esta consagración del fatalismo.
¿Cómo se crea el Universo? ¿Hay algo fuera de Dios que pueda servir de receptáculo a sus emanaciones?
Según Plotino, el espacio no es nada. La materia, en tanto está en los seres, desciende a ellos al mismo tiempo que la forma, porque cada principio engendra por debajo de él la multiplicidad, o sea la materia, y la unidad, o sea la forma o imagen del principio mismo. De este modo nada hay fuera de Dios, ni espacio ni materia. Si existiera algo fuera de Dios, aún el mismo universo, Dios estaría limitado lo cual es imposible. Por lo tanto todo está dentro de Dios y en Sí mismo es que fatalmente produce el universo.
Así como la inteligencia divina es el lazo de los espíritus, el alma divina es el de los cuerpos.
Tal es la ley que explica el origen del universo y para buscar la ley del movimiento es preciso, en cierto modo, remontar la corriente. Todo es expansión y concentración en el movimiento vital. Por estos pares de opuestos el universo se mantiene indefinidamente semejante e igual a sí mismo. Apenas el ser ha sido engendrado comienza la lucha para regresar a la fuente de origen.
Todo sale de Dios y a Dios ha de regresar.
El Dios de Plotino es también igual al alfa y omega de las Escrituras; es el principio del movimiento porque lo engendra y es también la causa final porque lo retrae. No solamente es la perfección, sino también el bien. No es sólo el sol de las inteligencias, sino también el centro a que aspiran todos los amores.
La moral de Plotino es similar a la de Platón: pura, austera, desatada del mundo, invariablemente aplicada a reproducir el ideal de la perfección divina.
Las virtudes del filósofo son para Plotino virtudes purificadoras, iniciáticas, que nos desatan por completo del mundo y nos preparan para el éxtasis. Estas virtudes son: justicia, sabiduría y amor. Para él, como para Platón, la sabiduría es una virtud porque lo eleva y engendra el amor y por encima de todas las virtudes como coronamiento de las mismas llega la unión con Dios, el éxtasis.
Amelio o Amerio, discípulo de Plotino, florecía hacia el fin del siglo III de la era cristiana. Había nacido en Etruria y se llamaba Gentilianus. Probablemente en su deseo de destacar su desprecio por las cosas mundanas, eligió el nombre de Amelio que en griego significaba “negligente”.
En un principio se había acogido al estoico Lysimaco, pero los escritos de Numenius, perdidos en la actualidad, cayeron en sus manos y le sedujeron en forma tal que los aprendió de memoria y los copió por su propia mano. Desde ese momento, por supuesto, él perteneció a la escuela de Alejandría en la que Plotino era su más ilustre representante. Amelio fue a buscarlo a Roma y, durante 24 años, desde el 246 al 270, siguió sus lecciones con rara asiduidad.
Él redactaba todo lo que oía de boca de su maestro, agregando sus propios comentarios y compuso así, a estar por lo que dice Porfirio, 100 volúmenes. Desgraciadamente no ha llegado ninguno a nuestros días, ya que posiblemente disiparían muchas nubes que existen sobre la filosofía neoplatónica. Es tanto más sensible esta pérdida cuanto que Plotino lo consideraba como aquel de sus discípulos que mejor comprendía el sentido de sus doctrinas.
Entre las obras que se atribuyen a Amelio, había una que mostraba la diferencia entre las ideas de Plotino y las de Numenius y que justificaba al primero de los filósofos nombrados, de la acusación intentada contra él de que había sido un plagiario de Numenius.
Después de la muerte de Plotino, Amelio abandonó Roma para ir a establecerse en Apamée, en Siria, donde pasó el resto de sus días.
Había buscado como los otros filósofos de la misma escuela, levantar por medio de la filosofía, el paganismo que moría.
De Jámblico, filósofo e ilustre representante de la escuela de Alejandría, cuya fecha de nacimiento como también de muerte son desconocidas, sábese solamente que nació en Chalcais, en Coelesiria, de padres ricos y considerados y que floreció en el reinado de Constantino.
Se le asigna como primer maestro a un tal Anatolio, que lo presentó a Porfirio. A la muerte de éste, fue el oráculo de la escuela de Alejandría, hacia el que afluían los discípulos. No obstante la austeridad de su lenguaje y las áridas formas de su enseñanza, era tal el ascendiente que lograba sobre sus discípulos que una vez apegados a él no lo abandonaban más, comiendo a su mesa y siguiéndole a cualquier parte que se trasladase. El entusiasmo que despertaba entre ellos era tan grande que se le atribuía el don de hacer milagros, la levitación, etc.
De sus numerosas obras sólo han llegado a nuestros días una vida de Pitágoras y una Exhortación a la Filosofía.
Por comentarios de Proclus se conocen sus teorías filosóficas que si bien eran una continuación de las enseñanzas de Plotino y Porfirio, divergían con éste en algunos aspectos. Por ejemplo: sobre la variabilidad de los seres individuales. Porfirio lo atribuía a la materia; Jámblico, en cambio, explica esa variabilidad distinguiendo en el mundo inteligible principios de unidad y de identidad por una parte y principios de diversidad por la otra.
A diferencia de sus antecesores, Plotino y Porfirio, la psicología de Jámblico testimonia un espiritualismo menos severo y menos absoluto; Jámblico le reprocha a Plotino el haber hecho del alma un principio impasible y siempre pensante y por consiguiente de haberla identificado con la inteligencia misma. En ésta hipótesis se pregunta Jámblico ¿quién fallaría en nosotros cuando arrastrados por el principio irracional nos precipitamos en los desórdenes de la imaginación? Y si por otra parte admitimos que la voluntad ha fallado ¿cómo podría quedar el alma infalible? Jámblico se manifiesta en sus doctrinas más moderado, más platónico que sus predecesores. Su misma moral es de un ascetismo más atemperado. Repite que el hombre es el verdadero autor de sus acciones y que es asimismo su propio demonio -daimon-, pero también, siguiendo a sus maestros agrega que el fin que persigue el alma es la contemplación de las cosas divinas y que la virtud es el medio de llegar a ella, y pese a que en su teología es mucho mas supersticioso que Plotino y Porfirio, profesa una moral más práctica y más humana.



Enseñanza 4: Isidoro de Sevilla y sus Familiares

La vida de los Iniciados intrínsecamente no puede ser conocida en su ubicación histórica y geográfica sino sabiendo la misión característica y estratégica que han desempeñado.
La misión de Isidoro de Sevilla es peculiar y extraordinaria. Hereda intacta la fe cristiana sobre la divinidad de Jesús Cristo y sintetiza, en párrafos breves, toda la sabiduría antigua en sus “Etimologías”, legando a la posterioridad cristiana una brújula de orientación científica. Sin embargo, el cristianismo godo es la afirmación absoluta de la religión sobre la cultura y la ciencia.
En el siglo IV un denso velo se extiende sobre toda Europa. Las continuas invasiones de los bárbaros hacen que los seres tengan que luchar para salvar sus vidas y subsistencias, perdiéndose el verdadero sentido de los valores históricos.
Isidoro procura salvar entre tantas ruinas el tesoro de la ciencia, adaptándola a las posibilidades y creencias cristianas.
Además, la misión de la familia de Isidoro es igualmente importante. Se puede decir que Leandro es el defensor de la fe e Isidoro de la ciencia cristiana.
El padre, de procedencia grecorromana, había emigrado por razones políticas desde Cartagena a Sevilla. La madre era de estirpe visigoda; por eso, arriana convertida al catolicismo. De este matrimonio nacieron Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro.
Dentro de esta familia cristiana estaba el problema palpitante de la época. El padre, católico, defiende la divinidad de Jesús Cristo y la madre, arriana, procura atenuar y humanizar esa divinidad.
Si el cristianismo perdía el valor de la divinidad, basado en Cristo, hubiera perdido toda posibilidad de subsistir. La religión subsiste, únicamente, si su origen es divino y no humano.
Leandro, el mayor de ellos, comprende la importancia definitiva de esta cuestión. Por eso defiende dentro de la casa el dogma católico, conquistando a la madre.
Aquél que es buen organizador dentro de su casa puede intentar organizar a un pueblo. Y eso es lo que hace Leandro como monje, como sacerdote, como obispo y como teólogo cristiano. La lucha es ardua y dura; él comprende que es lucha de vida o muerte y que para definirla sobre la tierra necesita el auxilio de la política.
Los reyes visigodos son arrianos. Por eso él sostiene al rebelde Hermenegildo en contra de su padre, ya que aquél es católico. Sabe que Hermenegildo, políticamente no tiene razón; pero es católico y basta. Soporta con él los sufrimientos y el destierro y, cuando es asesinado en la cárcel lo proclama mártir. Sostiene a su hermano Fulgencio y a su hermana Florentina, de carácter más débil y, después de la muerte del rey Leovigildo, convierte a Recadero, su hijo, en nuevo rey.
El catolicismo está a salvo; la divinidad de Jesús Cristo está asegurada, su obra cumplida. Pero durante estas luchas la ciencia decae.
El más pequeño de la familia, Isidoro, educado por Leandro, después de la muerte de éste recibe el palio episcopal, una fe intacta y un porvenir católico asegurado. Pero el fanatismo y la ignorancia han destruido y devastado la antigua ciencia; su obra es recoger los fragmentos de ésta, darle un viso cristiano y legarla a la posteridad.
Procura desarrollar todas las ciencias en sus “Etimologías”, pero no tiene éxito en su intento. Al sintetizarlas les quita su valor real; no hay allí una regla verdadera sino un guión hacia la regla misma, como si le dijese al viandante del medioevo: mira, aquí hay una posibilidad, escudriña y podrás encontrar.
Las “Etimologías” tocan todas las ciencias: la literatura, la filosofía, las matemáticas, la medicina -a la cual estaba muy aficionado-, la física y otras. Además de sabio, Isidoro era un hombre santo. Vivía en aquellos siglos en los cuales el Obispo era un monje entre los monjes, un padre entre sus hijos y un pastor entre su rebaño. La muerte no lo encontró durmiendo. De pie, valientemente, se hizo llevar por sus frailes ante el altar para morir adorando al Señor que había reconocido sobre toda su vida.
Murió Isidoro en año 636 y su obra sirvió durante mil años para guiar, no sólo a la Iglesia de España, sino a toda la Iglesia, hacia el saber.



Enseñanza 5: El Renacimiento Aristotélico de Avicena y Averroes

La cultura y sabiduría griega con toda su pureza y claridad desaparecieron, así se puede decir (pues el neoplatonismo cristiano la desvirtuó mucho), después de la definitiva supresión del paganismo y del alejamiento de sus sabios, decretada por Justiniano en el año 500.
Este emperador afirma el derecho político de los romanos y lo da como herencia a los pueblos cristianos en su Digesto, pero anula la cultura mental por la aseveración única del Dogma. La cultura griega pasa a Persia por los sabios exilados y es conservada por el Islam.
En el tiempo de oro arábigo renace en España musulmana, a través de Avicena y Averroes, quienes traducen, estudian y comentan en lengua árabe al Estagirita.
Avicena, cuyo nombre verdadero es Abu Ali Husein, nació en Persia próximo a Chiroz en el año 980 y murió en Hemadan en el año 1037. Era hijo de Sena, Patriarca del Valle de Bochara.
Avicena, de niño, fue tan precoz que a la edad de 7 años ya se hacía admirar por la claridad de sus conceptos y por la pasmosa facilidad para aprender todo lo que se le enseñaba. A la edad de 18 años había rendido ya grandes servicios a la Humanidad como médico y como Iniciado.
Abarcó todos los campos de la ciencia y de la filosofía, haciendo una sistematización de éstas, más amplia y completa.
En medicina abre nuevos rumbos y condensa sus ideas en el “Canon de Medicina”, compuesto a los 21 años, que durante siglos rigió las escuelas de Asia y Europa.
Aparte de muchas otras obras, especialmente de matemáticas, es fundamental su Tratado Místico, verdadera enseñanza esotérica.
Llamado por el Sultán Cabans, le curó de una enfermedad gravísima. Reconocido éste y admirado de sus altas dotes le nombró Gran Visir.
Su obra fue continuada por Averroes a quién, como Maestro, dirigió desde el Mundo Astral, un siglo mas tarde, en la edad de oro que los príncipes almorabides habían traído a la España árabe. Las guerras sangrientas habían cesado; los cristianos, impotentes, no hacían oír más que sus quejas y maldiciones.
Todo el dominio de la Media Luna, que parecía por entonces todopoderosa, florecía desde el Mediterráneo hasta el mar Índico.
En estos períodos de paz y prosperidad es cuando aparecen en las naciones los grandes maestros de las ciencias y de la enseñanza. En la filosofía, en el derecho, en la física, en la astrología, en la medicina y sobre todo en las matemáticas, descollaban los árabes.
Ya Avicena, el grande, había dictado su cátedra de filosofía experimental, de tipo aristotélico, que había transformado la faz filosófica de todo el mundo. Era por entonces el Islam dueño, no solamente de casi todos los países de Oriente, sino también del pensamiento intelectual de la época.
Por ese entonces, en Córdoba en el año 1126 nació Abul Uelit Ibn Rachid, que la posteridad conocería con el nombre de Averroes.
Su padre no sólo era Cadi de Córdoba, sino también amante de las letras y de las artes. Desde joven solía, el predestinado, sentarse a los pies de su padre, al lado de su sabio abuelo, cuando éstos rodeados por los ancianos, discutían sobre la inmortalidad del alma y comentaban los nuevos descubrimientos.
Era una mañana de primavera del año 1138. Estaba Averroes cerca de un amplio ventanal que daba al jardín, donde las flores y los pájaros no tenían más marco que el espacio infinito. ¿Cuál será, pensaba el adolescente, la fuerza oculta que da vida a la flor, que anima a los pájaros, que colorea el cielo de azul? Una mano invisible ha de estar tras todo ésto; algún ente poderoso e irresistible. ¡Cómo quisiera saber todo eso! ¡Cómo desearía ver, ver hasta llegar más allá del corazón de las cosas! Pero, ¿dónde encontraré aquél maestro que pueda enseñarme la ciencia total del universo? No ha de haber tal libro.
Una voz, que parecía un suspiro o más bien la brisa que agita los árboles, le contestó: “Sí, existe tal libro y tu lo tienes”.
Se sobresaltó el joven. Rápidamente se levantó de su asiento y miró hacia atrás no viendo más que un blanco manto que desaparecía en la penumbra de la habitación.
Guardó su secreto. El instinto le decía que no debía revelar esas sensaciones internas y su visión.
Después de un largo período volvió su instructor astral hacia él. Las visitas se hicieron más frecuentes; el Maestro de blancas vestiduras había enseñado al mancebo árabe a leer en el libro de todas las ciencias, en su propio corazón. Por eso Averroes fue célebre en todas las artes y en todas las ciencias.
En aquel entonces Yusuf, un príncipe algo melancólico y algo artista, que amaba rodearse no sólo de una corte lujosa y de hermosas bayaderas, sino también de hombres sabios y selectos, contrajo un mal que nadie podía curarle. Fue entonces cuando le recomendaron a un joven médico que hacía verdaderos milagros y que los cristianos habitantes de Córdoba tachaban de brujo. Hizo traer a Averroes al palacio y a medida que éste le iba curando el cuerpo iba saneando también su mente. Tanto afecto cobró a su médico, que lo hizo galeno oficial de la corte.
Desde entonces creció extraordinariamente la fama de Averroes. Contestaba a las preguntas del príncipe con opúsculos escritos, algunos de los cuales, si bien averiados, llegaron hasta hoy.
Explicó maravillosamente el sistema mental de Avicena. Dividió la mente intuitiva, racional e instintiva, también entre partes, llamándolas mente superior, media e inferior.
Pero tanta sabiduría, tanta claridad, no podía quedar sin suscitar enemigos y adversarios. Los odios, los rencores y la inferioridad de algunos formaron una verdadera banda de enemigos suyos.
Almanzor, que sucedió a Yusuf en el Califato de Córdoba, se dejó llevar por sus detractores. Prohibió en la corte el estudio de la filosofía y desterró a Averroes a Lucena.
En la soledad y en la paz de su nuevo retiro, Averroes enderezó todos sus esfuerzos hacia el logro de la vida perfecta y, como muchos discípulos le habían seguido, instituyó una comunidad de Sufíes dirigida por los Iniciados del Fuego, que fue semilla de una poderosísima secta mística que inundó después a todos los pueblos mahometanos.
Se ponía en meditación al anochecer y el sol iluminaba sus espaldas al amanecer.
Fue entonces que tuvo la visión beatífica de la Única Verdad y comprendió que todas las religiones eran una faceta de la misma, como lo atestigua en su libro titulado “Los Tres Mundos Superiores”. Compuso, también entonces, el comentario sobre el “Ensayo de la Fiebre”, escrito por Galeno.
Almanzor quedó por breve tiempo en el error, pues recapacitó; condenó a los enemigos del santo varón y lo hizo volver del exilio, nombrándolo Cadí de Sevilla.
Los últimos años de su vida los pasó Averroes en el estudio de sus ciencias favoritas, en el ejercicio de la medicina y en el desempeño de su cargo.
En un viaje que realizó a Marruecos en 1198, una vez más, mientras estaba enfermo, se le apareció su querido Maestro. Esta vez no para instruirle, sino para prestarle la mano y acompañarlo en el Gran Paso.
Mientras Averroes moría, las luces fueguinas del crepúsculo ahuyentaban los recuerdos de los sufrimientos terrestres, con el último resplandor de la Suprema Iniciación.



Enseñanza 6: El Aristotelismo de Maimónides

Maimónides, Rabí Moisés ben Maimón, nació en Córdoba de España el 30 de Marzo de 1135.
Su primer Maestro fue discípulo del gran filósofo Ibn Badra y eran sus compañeros de estudios el Gran Visir Abu Bevier y el hijo del célebre astrónomo de Sevilla Abu Majmad Drabar.
Maimónides introduce el Aristotelismo entre los sabios judíos y así es posible adaptar la cultura griega al mundo religioso. Indudablemente abre el camino para que los cristianos realicen con Santo Tomás de Aquino la gran obra del conocimiento aristotélico adaptado al dogma cristiano.
En el año 1148 tuvo que huir de su ciudad natal, tomada por los almohades y de allí empezaron sus largas peregrinaciones.
A los 23 años ya escribía un comentario sobre la Mischna. Vivió en Jez, en el Norte de África, y luchó para que los judíos no abandonaran la religión de sus mayores.
Su actividad en el campo de la medicina fue tan conocida que Ricardo Corazón de León le escribió invitándolo a ir a Inglaterra.
Murió a los 70 años el 13 de Diciembre de 1204.
En verdad, si juzgamos la obra de Maimónides excluyendo solamente algunos de sus trabajos sobre el arte de curar, toda ella es esotérica. ¿No es oculto, acaso, el estudio del alma, sus virtudes y sus vicios, sus poderes y sus debilidades, las enfermedades que puede padecer y los remedios prescriptibles?
¿No es esotérico el estudio de la providencia y su forma de manifestarse sobre los seres y las cosas?
¿Y qué decir del minucioso y límpido razonamiento con respecto a la existencia de Dios?
No obstante revélanse en la obra de Don Moisés ben Maimón, dos aspectos: el exotérico y el esotérico.
El primero se percibe especialmente en la Mischne Torah, compendio de ley oral, transmitida de generación en generación hasta él y código clasificador del contenido jurídico disperso en los dos Talmuds y en los escritos de los estudiosos sucesores de los rabinos, hasta su época.
El otro aspecto se halla en la profundidad del vigoroso razonamiento que Maimónides expone en su “Guía de los Descarriados”, verdadero arcano de su sistema, hecho de la filosofía helénica y árabe y del profetismo bíblico.
Era el siglo XII. Largo tiempo había transcurrido ya desde que los judíos fueran desalojados de la Palestina y diseminados por el mundo.
Una gran comunidad se había establecido en España, otra en el Norte de África y Asia Menor. Algunas se habían internado en Francia y se fueron extendiendo hacia el Norte de Europa.
Las colectividades judías de España se hallaban vinculadas con la Judea y Babilonia donde funcionaban los grandes centros religiosos y espirituales; pero las persecuciones de que eran víctimas y que las obligaban a emigrar continuamente, hacía que se dispersaran y alejaran del foco que las mantenía unidas por el monoteísmo de su religión, su fe en la venida del Mesías y las prescripciones de la Torah.
Era necesario, entonces, que un gran espíritu concentrara en su derredor la angustiosa mirada del pueblo; y ese espíritu no solamente debía tener una privilegiada inteligencia, sino también una intensa fe en Jehová y su profeta máximo, pues su misión consistiría, además de unir a la familia hebrea en los postulados de su religión, en renovar íntegramente al judaísmo, infundiéndole nuevas y más racionales convicciones que lo habilitaran para la lucha. Para ello tendrá que dar a la religión judía un contenido científico-filosófico, que hasta entonces no tenía en una forma global y orgánica, sino disperso en las elucubraciones de los talmudistas y las polémicas de los tanaim y de los rabinos. En una palabra: un espíritu capaz de abarcar semejante obra deberá ser un Iniciado, como lo fue Maimónides.
Pero su obra no es solamente judía. Ella pertenece a todo el género humano. Explícase así su influencia en la filosofía judía de los siglos XIII y siguientes; sus huellas en la escolástica cristiana y también en algunas de las más altas manifestaciones de la filosofía moderna. Su faz esotérica se halla quizá en aquella parte de su obra que saliendo del limitado marco de la religión, ha abarcado proporciones mucho mayores y sólo ha podido ser comprendida por sus discípulos o por los seres avezados en los conocimientos esotéricos.
Lo fundamental del sistema de Maimónides no es original de él sino que fue tomado de Aristóteles, a quién conoció a través de los filósofos árabes, y siguió en parte, separándose en otras en lo que contradecía el dogma o revelaciones de la ley mosaica.
De allí su racionalismo, su profunda lógica, su cientificismo tan maravillosamente aplicado al estudio de la Torah, del Talmud y de la tradición oral.
Pero el mérito de Maimónides no consiste precisamente en la interpretación de la filosofía aristotélica ni en la aplicación de su sistema al estudio del judaísmo. Su valor reside en la consecuencia moral que halló en las premisas aristotélicas, a las que asoció una idea de origen árabe, extremando todas hasta el máximo.
“Todos los cuerpos que se hallan debajo del cielo son compuestos de materia y forma”. La forma, “forma natural”, es la esencia de las cosas, es aquello por lo cual la cosa “es lo que es” y se distingue de las otras que no son de su especie. “No ves nunca la materia sin la forma o la forma sin la materia, sino que el hombre con su intelecto distingue los dos elementos de todo cuerpo existente y sabe que está compuesto de materia y forma”.
La materia es de tal naturaleza que la forma no permanece constantemente en ella, sino que continuamente se despoja de una forma y asume otra.
El alma de cada cosa es su forma y el cuerpo es la materia de que esta forma se reviste. Por tanto, cuando el cuerpo -que está formado de los elementos- se disgrega, el alma perece, pues sólo existe junto con el cuerpo y no tiene existencia permanente más que en “la especie”, al par de las otras formas.
El alma es una, pero desarrolla múltiples actividades, a las que comúnmente se les denomina partes del alma, pero que no son tales porque el alma es una. En tal sentido, las partes del alma son cinco: la nutritiva, la sensitiva, la imaginativa, la apetitiva y la intelectiva. Las primeras cuatro son comunes al hombre y a las otras especies de animales por cuanto cada especie de animal tiene un alma. La quinta es exclusiva del hombre.
De lo expuesto resulta que sólo una diferencia hay entre el alma individual humana y las almas de los animales y ella consiste en que la primera es más rica, posee el intelecto; pero en su esencia tanto una como la otra son formas adherentes a la materia con la que perecen cuando ésta se desintegra, incluso la parte intelectiva.
Si Maimónides se hubiera detenido en las ideas aristotélicas precedentemente enunciadas, no hubiera dado al mundo su gran sistema ético, su nueva tabla de valores morales. Mas él había tomado de los árabes una idea cuyas consecuencias llevó mucho más allá de lo que sus mismos autores supusieron. Consistía ésta en la concepción del intelecto en potencia o primordial, el intelecto en acto o adquirido y el intelecto separado.
El hombre al nacer tiene una parte intelectiva -la parte intelectiva del alma-, que perece conjuntamente con el cuerpo. Esa fuerza es una predisposición que torna al hombre capaz de aprehender las cosas inteligibles. Se deteriora, como se ha dicho, si se conserva en su estado de predisposición, sin traducirse en acto. Pero si el hombre la emplea en la comprensión de las cosas inteligibles, entonces el intelecto pasa de la potencia al acto y adquiere “una existencia propia, eternamente permanente”, como esa percepción que ha recogido y “que forma una sola parte con él”. Tenemos entonces el intelecto primordial, que es energía en el cuerpo y el intelecto adquirido, que no es fuerza corpórea y por lo tanto no sufre con éste, sino que es eterno, como los “intelectos separados” del mundo superior.
Si la forma natural es la substancia esencial por la cual cada ser es lo que es y se distingue de los otros, el intelecto adquirido que da al ser que lo posee una existencia eterna, es la substancia del ser que lo ha logrado, es su forma verdadera. La forma común a todos los seres es el alma sujeta a los padecimientos del cuerpo, el alma del nacimiento. El alma del ser que posee el intelecto adquirido no es ya más que una especie de materia y su esencial forma es el conocimiento suplementario, la forma del alma.
Maimónides, siguiendo a los árabes, comienza por distinguir, pues, en el género humano dos especies y sienta las siguientes conclusiones: el hombre se distingue de los animales en cuanto tiene una forma particular, mientras el carácter de su forma es análogo al de la forma de las otras especies de animales, que todas terminan en el individuo, mientras que la forma particular de aquél que posee el intelecto adquirido tiene un carácter especial: que vive eternamente, aún separado de la materia.
Además deslinda Maimónides el contenido y el modo de la inteligencia mediante la cual el hombre llega al intelecto adquirido.
Si la comprensión de los inteligibles y la formación entre el intelecto y ellos, de una sola unidad lleva al intelecto de la potencia al acto y hace eterno al ser, los inteligibles deben contener objetos existentes en acto y de una extensión eterna. Excluye entonces Maimónides del complejo de los inteligibles, las ciencias abstractas que no explican cosas existentes -como la lógica y las matemáticas-, y las ciencias que enseñan lo que no existe, sino lo que se ha de hacer para alcanzar ciertos fines, como la ética y la estética, como también el conocimiento de las formas individuales que son de una duración pasajera, en cuanto se adhieren a la materia.
Los inteligibles cuyo conocimiento conduce al intelecto en acto son aquellos cuyo contenido es la realidad verdadera y eterna, como las formas de las especies, las substancias celestes y las formas separadas -Dios y los ángeles- que son eternos.
Con respecto al modo de la inteligencia, establece Maimónides, que el hombre llega a la inteligencia de las cosas mediante el acto del intelecto mismo, por medio de la razón y no por actos de fe solamente, porque faltaría precisamente la compenetración del intelecto con lo inteligible.
Teniendo presente lo enseñado por Aristóteles respecto de la forma y de la materia, de la adopción del sentido de la forma al del intelecto con sus diferentes grados y de la opinión aristotélica de que el fin próximo de todos los seres del mundo inferior es el hombre, Maimónides extrae las siguientes conclusiones morales:
El fin de la existencia humana es producir lo más perfecto que producirse pueda.
Esta entidad perfecta es el hombre que posee el intelecto adquirido.
El máximo deber moral es, pues, que el hombre logre alcanzar el fin para el cual fue creado.
El bien moral es el logro de ese fin.
Una acción es buena o mala en cuanto coadyuva o turba al hombre en su esfuerzo de lograr el fin de su existencia, esto es: la traducción en acto de su intelecto.
Todas las acciones humanas sólo tienden a sostener la resistencia, a fin de que el ser pueda llegar al cumplimiento de esa única acción.
Pero, además del trabajo intelectual necesario para la realización del fin, es condición sine qua non el perfeccionamiento moral. De modo que en la escala de las buenas acciones se marcan dos direcciones: la una hacia lo especulativo; la otra hacia lo práctico, la acción. En la primera parte tienen importancia los estudios de las ciencias indispensables para el conocimiento del mundo; en el aspecto práctico aquellas obras humanas que conducen al perfeccionamiento moral. Las virtudes no son pues las extremaciones de alguno de los aspectos enumerados sino el camino medio que lo acerca al fin.
Maimónides ha introducido en su ética el elemento social.
Si el género humano puede dividirse en dos especies, la del intelecto en potencia e intelecto en acto y si la segunda especie se forma por una progresiva ascensión, larguísima y dificultosa, propia de los poquísimos, ¿cuál es el fin de la existencia de la mayor parte de la Humanidad que permanece en estado de intelecto en potencia? No se le puede atribuir a la naturaleza experimentaciones malogradas y observando la armonía y orden que en ella reinan forzoso es admitir un fin a la existencia de la mayoría. Y Maimónides encuentra el fin de esa mayoría en la escala evolutiva que conduce a la existencia perfecta; escala que es también medio para la continuidad del hombre después que él lo sea. Esos seres en potencia existen para servir al perfecto en las múltiples actividades que debe desarrollar y en formar la “sociedad para los sabios” a fin de que no sean solos.
De manera que mientras en la minoría selecta se concreta la forma más perfecta, la mayoría implica el instrumento para la creación de las condiciones necesarias para la existencia de esa minoría.
Establécese así un criterio moral más amplio y más factible de ser aplicado que el anteriormente expuesto, más popular: un criterio social.
Todo lo que es útil a la sociedad en el motivo de su existencia o de su misión, es bien moral; todo lo que es nocivo, es mal. A este criterio no pueden sustraerse ni la mayoría ni la minoría. La mayoría porque su existencia no tiene fin alguno fuera de la participación en la obra social cuyo objeto se ha establecido. Y la minoría porque debe velar por el mejoramiento social, ya que cuanto más perfecta sea la sociedad, tanto más frecuente ha de ser la emancipación individual del intelecto en acto y en proporciones mayores.
Todas las actividades humanas que contribuyen al perfeccionamiento social tienen importancia moral en cuanto ayudan a crear el ambiente necesario para que pueda actualizarse una forma más perfecta. La sociedad está entre las dos “especies” de hombres, cuyo enlazamiento constituye.
Estas conclusiones permitieron a Maimónides aproximarse racionalmente a la antigua concepción hebraica que atribuía a la vida universal el fin de la vida particular.

Enseñanza 7: Inocencio III

Inocencio III aleccionado por las luchas de las investiduras contra las cuales tanto había combatido Gregorio VII, asentó todo el poder del pontificado romano en la faz jurídica absolutista.
En el año 1198 subió a ocupar la silla de San Pedro el hombre de la noble familia de Signa, en la flor de la edad que, bajo el nombre de Inocencio III debía luchar con incontrastable valor contra todos los enemigos de la justicia y de la Iglesia y dar al mundo el modelo más acabado de un soberano Pontífice, del verdadero rey Sacerdote Iniciado, el prototipo del Vicario de Jesús Cristo.
Era gracioso y benévolo en sus maneras. Dotado de una presencia y cualidades físicas poco comunes se dice de él que era de rostro perfecto y de figura exquisita. Confiado y en extremo tierno en sus afecciones, generoso cual ninguno en sus fundaciones y limosnas, grande y profundo jurisconsulto cual convenía serlo al juez sin apelación de la cristiandad, orador elocuente y fecundo, escritor ascético y sabio, celoso protector de las ciencias y estudios religiosos, severo guardián del mantenimiento de las leyes de la Iglesia y de su disciplina, poseía además todas las cualidades capaces de ilustrar su memoria de haberle tocado gobernar la Iglesia en épocas tranquilas y fáciles, o si su gobierno hubiera podido ceñirse al cuidado de las cosas espirituales. Pero le estaba reservada otra misión.
Antes de ascender al trono sacerdotal, había comprendido y dado también a entender en sus escritos, el objeto y destino del pontificado romano. Este no debía atender solamente a la salvación de las almas, sino ocuparse, también, en el buen gobierno de la sociedad cristiana. Sin embargo, lleno de desconfianza de sí mismo, no bien fue elegido se dirigió a todos los sacerdotes del orbe católico pidiéndoles con insistencia oraciones especiales para alcanzar de Dios que le iluminara y confortara. Dios oyó éstas plegarias generales dispensándole los auxilios necesarios para continuar y llevar a cabo la grande obra de Gregorio VII, de la Soberanía Espiritual de Roma.
Mas, al propio tiempo que defendía esta primacía, la constitución de la Europa de esa época le confería la función gloriosa de celador de todos los intereses de los pueblos, de amparo de todos sus derechos y vigilante del cumplimiento de todos sus deberes.
Durante los dieciocho años de su pontificado se mantuvo siempre a la altura de misión tan elevada y vasta.
Amenazado y atacado sin tregua por sus súbditos inmediatos, los habitantes turbulentos de Roma, no por eso dejaba de abarcar con su mirada la Iglesia toda y el mundo cristiano con imperturbable calma, con permanente y minuciosa solicitud, sin que nada escapara a sus ojos de padre y de juez.
De Islandia a Sicilia, de Portugal a Armenia, no se infringía una ley eclesiástica que al punto no fuera por él desagraviada y restaurada; no hubo injuria contra el débil que no reparase; garantía atacada que no protegiera. La cristiandad entera no fue a sus ojos otra cosa que una majestuosa unidad, un sólo reino sin fronteras interiores ni distinción de razas, de quién a él le tocó ser el defensor intrépido en lo exterior y el juez inexorable e incorruptible en lo interior.
Reanimando el entibiado ardor de las Cruzadas las defendió de los enemigos exteriores. Por eso se le vio entusiasmado por los combates en favor de la Cruz, luchas gloriosas que inflamaron el corazón de los romanos Pontífices, desde Gregorio VII hasta Pío II que murió cruzado.
Los Papas eran entonces el foco de donde irradiaba el ardor santo de las naciones cristianas. Sus ojos estaban incesantemente fijos en los peligros que amenazaban a Europa y, mientras Inocencio empleaba su esfuerzo en mandar todos los años un ejército contra los sarracenos vencedores en Oriente, en el Norte propagaba la fe entre los pueblos esclavos y sármatas, y en el Occidente predicando a los reyes de España la unión y concordia, exhortándoles a hacer contra los moros un esfuerzo decisivo, prediciendo sus milagrosas victorias contra la Media Luna.
Sin otras armas que la fuerza de la persuasión y la autoridad de un gran carácter, redujo a la unidad católica a los más apartados reinos, como Armenia y Bulgaria que, vencedoras de los ejércitos latinos, no dudaron en someterse al escuchar la voz de Inocencio.
Su infatigable y ardiente celo por la verdad no le quitaba ser tolerante en alto grado con las personas. Protegía, contra las exacciones de los príncipes y el ciego furor de los pueblos, a los judíos, testimonio viviente de la verdad cristiana, imitando por lo demás, en esto, a todos sus predecesores sin excepción. En favor de la paz y de la salvación de las almas mantenía correspondencia con los príncipes musulmanes. Mientras luchaba con incansable constancia y rara perspicacia contra las mil herejías que, brotando por doquier, amenazaban derribar los fundamentos del orden social y moral del Universo entero, no cesaba de inculcar a los católicos vencedores e irritados, y aún a los mismos obispos, principios de moderación y clemencia.
Es que teniendo su vida identificada con la religión y la justicia, éstas eran todo para él. El amor ardiente por la justicia inflamaba su alma de tal suerte que no reparaba en el rango de las personas, obstáculos ni contratiempos; desde que el derecho figuraba en una contienda, para nada tomaba en cuenta los reveses ni la fortuna. Dulce y misericordioso con los débiles y los vencidos, inflexible con los soberbios y poderosos. En todas partes y siempre protector del oprimido, del débil y de la equidad contra la fuerza triunfante e injusta. Por eso defendió con noble encarnizamiento la santidad del lazo conyugal como la clave de la bóveda social y de la vida cristiana. Nunca la esposa ultrajada se acogió en vano a su mediación poderosa. El mundo admirado le vio luchar por espacio de quince años contra su amigo y aliado Felipe Augusto defendiendo los derechos de aquella infortunada Ingerburga, venida de la Dinamarca para ser el ludibrio y objeto de los desprecios de este Príncipe, sola, prisionera, abandonada de todos en medio de una tierra extraña, excepto del pontífice que supo al fin reintegrarla en el trono de su marido entre los aplausos del pueblo que se consideraba feliz de ver en el mundo una justicia igual para todos. También salió triunfante en la defensa de la reina María de Aragón cuando llegó a servir de carga a un marido libertino; y de la Reina Adelaida de Bohemia a quién su esposo quería repudiar para contraer otra unión más ventajosa y condenada ya por un concilio.
El mismo espíritu de justicia era el que impulsaba a velar con paternal cuidado hasta en los más remotos países por lo derechos y títulos legítimos de los herederos de las coronas y por la suerte de más de un regio huérfano. Supo mantener en su derecho y patrimonio a los príncipes de Noruega, de Polonia y Armenia (1199); a los infantes de Portugal, al joven rey Ladislao de Hungría y hasta a los hijos de los enemigos de la Iglesia como Jaime de Aragón, cuyo padre muriera en las filas de los herejes y que habiendo caído prisionero del ejército católico, fuera puesto en libertad por orden de Inocencio; Federico II, único heredero de la raza imperial de Hohenstaufen, el rival más temible para la Santa Sede, pero que, puesto bajo la guardia de Inocencio durante su minoría, es educado, instruido y amparado por él, y mantenido en su patrimonio con el afecto y celo, no ya de un tutor, sino de un padre.
¿Podría ya causar admiración que en una época en que la fe se miraba como la base de todos los tronos y, cuando la justicia personificada de tal manera se sentaba en la cátedra de Pedro, trataron los reyes de unirse a ella con los vínculos más fuertes? ¿Parecerá extraño que el valiente Pedro de Aragón no encuentre para la naciente independencia de su corona mejor garantía que atravesar los mares para deponerla a los pies de Inocencio y recibirla de su mano como un vasallo? ¿Que Juan de Inglaterra, perseguido por la justa indignación de su pueblo, se proclame también vasallo de aquella Iglesia a quién él tan cruelmente había vejado, seguro de hallar en ella el asilo y el perdón que los hombres le negaban? ¿Que, además de los reinos mencionados, los de Navarra, Portugal, Escocia, Hungría y Dinamarca se honrasen de pertenecer en algún modo a la Santa Sede por medio de un vínculo de protección enteramente especial?
Nadie ignoraba que para Inocencio el derecho de los reyes respecto de la Iglesia era tan sagrado como los de ésta respecto de aquéllos. El culto que tributaba a la equidad iba unido a una elevada y previsora política, imitando en ésto a sus ilustres predecesores.
Por eso, oponiéndose a la incorporación del imperio por herencia en la casa de Suabia, sosteniendo la libertad de las elecciones en Alemania, fue como salvó a este noble país de la centralización monárquica que, alterando su naturaleza, hubiera ahogado todos los gérmenes de la prodigiosa fecundidad intelectual de que justamente blasona.
Así, restaurando y defendiendo con infatigable constancia la autoridad temporal de la Santa Sede, aseguró la independencia de Italia no menos que la de la Iglesia. Con su ejemplo y sus preceptos forma toda una generación de pontífices igualmente adictos a esta independencia y dignos auxiliares suyos, como lo fueron Esteban Langton en Inglaterra, Enrique de Gnesen en Polonia, Rodrigo de Toledo en España, Foulquet de Tolosa en medio de los herejes; o dignos de morir mártires de esta causa santa como San Pedro Parenticio y Pedro de Castelnau (muertos ambos en manos de los herejes; el primero en Oviedo en 1199 y el segundo en Languedoc, en 1209).
Su gloriosa vida termina con aquél célebre concilio de Letrán (1215-16), que convocó y presidió. Su obra espiritual más grande fue presentar, al orbe cristiano, las dos grandes instituciones u órdenes religiosas de Santo Domingo y San Francisco que debían infundirle una nueva vida y que Inocencio III tuvo la gloria de ver nacer, ambas, bajo su Pontificado.

Enseñanza 8: Hernán de Salza y la Orden Teutónica

A fines del siglo X y comienzos del XI, en la época que se emprendieron las primeras cruzadas para la conquista de la Tierra Santa por la Cristiandad, como resultado y efecto de las mismas -y muy especialmente por la carencia de previsiones con que éstas se efectuaron-, se provocó un marco saliente dentro de esa época constituido por la cantidad de enfermos, desvalidos y pobres que, carentes de protección, pululaban por Jerusalén y otras ciudades.
Las enfermedades propias de Oriente y los heridos carentes de atención constituían una fuente propicia para el desarrollo de las infecciones, pestes y otros descalabros que, cual piedra de toque, pusieron en conmoción los sentimientos humanitarios de ciertas personas, las que no escatimaron esfuerzos de toda índole para aliviar esta crítica situación de sus semejantes.
De allí nacieron las Órdenes Religioso-Militares que tanta importancia tuvieron en la Edad Media y que bajo sus insignias guerreras y religiosas desempeñaron, en realidad, una profunda misión social.
En el año 1128 un alemán llamado Wuldpott fundó, juntamente con su esposa, un hospital en la ciudad de Jerusalén para la protección de todos los peregrinos de origen alemán, como así también para subvenir sus más importantes necesidades. Anexo a dicho hospital habíase instalado un oratorio dedicado a la Virgen María. Otros alemanes aportaron sus caudales para el desarrollo de tan noble causa y consolidaron esta Institución que llamaron Hermanos de Santa María.
En el año 1190, después del sitio a la ciudad de Tiro, un grupo de ciudadanos alemanes, originarios de las ciudades de Bremen y Lübeck, con las velas de sus naves levantaron un espacioso pabellón para los heridos de habla alemana. Dado la similitud de fines que a éstos guiaba con los fundadores del hospital mencionado en el párrafo precedente, se asociaron a los mismos. Fueron éstos, según diversas fuentes, los verdaderos orígenes de la Orden Militar-Religiosa que nos ocupa.
Si bien Hernán de Salza no fue el fundador directo de la Orden Teutónica, fue sin embargo el que le dio su mayor brillo y su verdadero sentido espiritual. Viviendo en el Oriente con sus hermanos de religión conoció a algunos árabes doctos que lo ilustraron en la antigua ciencia Universal. Reconocieron éstos en él a un ser extraordinario y pensaron iniciarlo en su ciencia. Por eso fue llevado al Hoggard y allí iniciado en los Antiguos Misterios.
Comprendió, Hernán de Salza, que la verdadera sabiduría es guardar el Santo Sepulcro; no sólo el sepulcro material de Jesús sino el Sepulcro Místico de Cristo. ¿No es, acaso, el cuerpo del hombre el sepulcro material en donde se oculta el vivificante espíritu?
En los años 1189-91, durante el sitio de la ciudad de San Juan de Acre, Federico de Suabia erigió esta asociación en Orden Militar y la llamó Casa Teutónica de la Santísima Virgen de Jerusalén, pero luego únicamente fue conocida con el nombre de Orden Teutónica u Orden de los Caballeros Teutónicos.
La constitución de esta Orden contó desde el primer momento con los auspicios y apoyo de los Grandes Señores de la época y del Papa Clemente III, quién autorizó su constitución en base a la regla de San Agustín.
Los constituyentes de esta Orden denominábanse Hermanos. Con respecto a la atención de los heridos, enfermos, protección a los pobres, viudas y huérfanos, regíanse por reglas análogas a las de los Hospitalarios; en cuanto a la parte eclesiástica y militar, se ajustaban a las rígidas normas establecidas para los Templarios, contando por ello con todos los privilegios propios que a esa clase de Órdenes confería el Papa.
Usaban un manto blanco con una cruz negra en el pecho. El color blanco como símbolo de Fe y Pureza; la cruz en el pecho característica de los cruzados y el color negro, al igual que el anaranjado, constituían los colores divisa de los alemanes. En tiempo de Hernán de Salza se agregó posteriormente la Cruz de Oro de Jerusalén.
Para ingresar a esta Orden era indispensable ser Hidalgo Alemán (sólo en los grados inferiores se permitía el ingreso a simples ciudadanos), ser célibe y comprometerse a renunciar a todos los compromisos y afectos que no fueran los provenientes de la Orden y de sus obligaciones inherentes a la misma; renunciar a todas las pretensiones sobre los bienes de la Orden, la que únicamente y a cambio de ello, podría facilitarle los más elementales medios de subsistencia y una habitación. Además debían llenar todas las exigencias que se requerían para el ingreso en la generalidad de las Órdenes de Caballería similares a la misma.
El jefe tomaba el nombre de Gran Maestre de la Orden y tenía diversos ayudantes con denominaciones características de acuerdo a las funciones que se les atribuía.
Por primera vez se ordenaron cuarenta nobles alemanes. El Rey de Jerusalén le donó la cruz al primero, el Duque de Suabia; el segundo y los treinta y ocho restantes las recibieron de otros Señores de gran alcurnia. En la Orden, al igual que en la de Malta, había tres divisiones.
La elección del Gran Maestre se efectuaba por el voto de los Caballeros y sus insignias jerárquicas eran un anillo y un sello, atributos de los cuales jamás se apartaba a no ser en el momento de la muerte en que hacía entrega de los mismos al Caballero que él designaba Regente de la Orden. Interín se elegía al nuevo Gran Maestre, esta designación suya quedaba, sin embargo, librada a la aceptación por parte de los Caballeros.
El Regente convocaba a elección del Gran Maestre por medio de un sistema de designaciones de ayudantes que permitían la recolección de los votos de todos los Hermanos de la Orden; previamente a la elección se leían las reglas establecidas, todos los Hermanos recitaban 15 veces la oración dominical y enseguida daban de comer a 30 pobres. El que resultaba electo Gran Maestre se hacía cargo de su puesto y recibía el anillo y el sello, investiduras de su autoridad.
Hernán de Salza comprendió la inutilidad de que sus Caballeros permanecieran inactivos en Jerusalén, ya que muchas otras órdenes religiosas se habían establecido allí y constituido en una colonia europea. Así fue que transfirió su Orden a Venecia en espera de poderle dar una tierra en el Norte, en donde establecerla definitivamente. Se vio esta ocasión presentada cuando consiguió que el rebelde emperador de Alemania hiciera las paces con el Papado.
Comenzada la actuación de la Orden en la ciudad de Venecia, aumentó cada vez más su radio de acción y su influencia, que se hacía cada vez más poderosa. Era en ciertos casos la que inclinaba la balanza entre las diferencias que se suscitaban entre el Emperador y el Papa. Así Hernán de Salza, Gran Maestre de la Orden, resultó ser el verdadero árbitro de las diferencias planteadas entre el Papa Honorio III y el Emperador Federico II, y precisamente al solucionar las diferencias mediante su intervención en tal forma que satisfacía a ambos contendientes, pudo la Orden adquirir nuevas posesiones en Italia, Hungría y Alemania. El Papa autorizó al Gran Maestre agregar a la Orden la insignia de la Gran Cruz de Oro y el Emperador las insignias del Águila Imperial.
A insistencia continua de los Papas, tanto el Emperador como diversas Órdenes trataron de expulsar a los bárbaros que aún dominaban la Prusia. Pero pese a las repetidas tentativas para desalojarlos, todas ellas fracasaron. Fue la intervención de la Orden Teutónica la que en el año 1228, por instigación del Papa Gregorio IX, emprendió la conquista de Prusia, desalojando a los bárbaros y logrando establecerse. Dirigió la Orden los destinos políticos de la misma hasta fines de 1618. Desde esta conquista y bajo la dirección de distintos Grandes Maestres, fueron acreciendo cada vez más sus poderes, en forma tal que su influencia se hacía sentir no sólo en la Prusia sino también en Hungría, Polonia, Livonia y los Ducados de Curlandia y Semigal.
La Orden vio reforzados también sus efectivos y poderío por la incorporación a la misma de la Orden de los Hermanos de la Milicia de Cristo, que llevaban delineada en el manto blanco la cruz roja y una espada, por lo cual originó que se la llamase la Orden de Portaespadas, Orden que fue instituida por el Obispo Alberto de Alperdern en Livonia en el año 1204 y que por tener finalidades muy comunes a la Orden de los Teutónicos decidieron incorporarse a la misma, ejerciendo en este sentido el poder y las influencias que tenía la Orden Teutónica.
La historia de la Orden Teutónica, en los tres siglos que dominaron en Prusia, es la de mayor poder temporal de la misma y toda la historia de Europa Central y Oriental está íntimamente ligada con el desarrollo en influencia de esta Orden. En el año 1253, siendo Gran Maestre Poppón de Osterne, construyeron la ciudad de Köenigsberg, y en el año 1275 siendo Gran Maestre Hartman de Heldhugen, que se instaló en Venecia, fundaron la ciudad de Marienburg.
Consecuente con el reflujo producido en Europa por las luchas y derivaciones provenientes de la Reforma de la Iglesia Católica, la Orden recibió la repercusión de tales hechos en su vida pública y allí comienza la época de la pérdida de gran parte de su inmenso poder temporal. Así en el año 1525, con motivo de haber su Gran Maestre Alberto Margrave de Brandeburgo abrazado la religión reformada de Lutero y haberse casado con la hija del rey de Dinamarca, se produjo un cisma en la Orden encabezada por el Maestre Teutónico de Livonia Walter de Kletemberg, que se independizó del Gran Maestre y en tal carácter fue reconocido por Carlos V. Mientras ésto sucedía muchos Señores Católicos disgustados se retiraron a sus respectivos castillos, donde en forma independiente, por largo tiempo, trataron -cada Señor dentro de su feudo-, de mantener subsistentes las tradiciones de la Orden.
En el año 1618 perdieron la Prusia y desde entonces la Orden dejó de ser una organización de carácter político. Una parte de la misma pasó a establecerse en la Franconia, pero pese a la pérdida de sus dominios la Orden siguió existiendo. Así es que en el año 1805, a raíz del tratado de Presburgo, se establece una cláusula en la que se concede al Emperador de Austria los títulos, derechos y rentas del Gran Maestre de la Orden.
A principios del siglo XIX Napoleón I la abolió oficialmente.
Durante el tiempo de las Cruzadas en Tierra Santa, al cesar el fervor de la guerra, ocupábanse preferentemente en la defensa del pueblo y del desarrollo creciente de sus condiciones morales, adoptando modales cultos. En la paz, después de haber desterrado las atrocidades superfluas de la guerra, inspiraban una fraternidad común tan grande como notable en esos tiempos de aislamiento universal practicando, predicando y enseñando el bien. De este conjunto de impresiones y atributos, en cuyo crisol se fundían armoniosamente sus instintos bélicos y religiosos, daban nacimiento a un tipo ideal superior, exaltando la imaginación al ofrecer en sus vidas concepciones variadas y emociones más puras y elevadas que las que se encuentran en la vida común.
Continuando con la similitud existente en su organización con las sectas persas, tenían tres grados: el de Paje, el de Escudero y el de Caballero. Los dos primeros correspondían al noviciado y el de Caballero al que le brindaban el conocimiento de los misterios mayores.
Las Pruebas a las que estaba sujeto el Escudero, antes de su promoción a la categoría de Caballero, consistían en un ayuno riguroso el día anterior a la consagración, pasando la noche blanca, que consistía en estar toda la noche arrodillado al pie de los altares, en medio de la oscuridad más profunda.
Las armas y las insignias de su nueva condición, tienen también un sentido más amplio que el que justifica su uso. Las espuelas que recibía el Caballero para hacer obedecer su caballo a todos sus deseos, significan la figura de los transportes interiores de su alma que le excitarán a amar a Dios profundamente y a defender su ley con valor y entereza. La espada de doble filo símbolo de la fuerza, significa que sabrá humillar el valor e inducirle a dominar el orgullo que se cree de él inseparable, en la práctica virtuosa de la humildad y la abnegación por el prójimo.
Todos sus actos estaban regidos en principios que tendían al desarrollo de las condiciones superiores del ser humano, cuya importancia y valor conocían y apreciaban.

Enseñanza 9: La Poesía Mística de Jacopone de Todi

Se llama asceta a Jacopone de Todi porque su camino espiritual fue un constante esfuerzo para acercarse a Dios, sin llegar nunca, por espíritu interior de sublime sacrificio, al estado místico de Unión Divina.
Se suele confundir la ascética con la mística; la ascética señala en el candidato su esfuerzo, con la práctica de los ejercicios purgativos y amorosos y el estudio teórico sobre los diversos modos de alcanzar la perfección, desde sus comienzos hasta llegar a la contemplación; mientras que en la mística él penetra, por la práctica volitiva y el rapto extático, hasta la Divina Unión.
En la ascética hay esfuerzo, lucha, porque hay dualidad: el Ser y su Esencia Pura; el hombre y Dios; mientras que en la mística hay sosiego, quietud, porque hay unidad: la pequeña llama se ha juntado a la gran llama Divina; el hombre es como fundido en Dios.
Los ascetas cristianos han tenido como base de sus vidas espirituales en el camino, la Imitación de Cristo y, los Franciscanos en particular, eligieron la Imitación de Cristo pobre y crucificado, tanto que San Francisco de Asís, fue llamado Alter Christus y llevó en su cuerpo las señales de la Pasión.
Pero Jacopone de Todi, que también fue franciscano, tomó como centro de sus aspiraciones y como ejemplo de amor y de dolor en la vía ascética a la Virgen de los Dolores.

Stabat Mater dolorosa Estaba la Madre dolorosa
Juxta Crucem lachrymosa y lagrimosa a los pies de la
cruz
Dum pendebat Filius. de la cual colgaba su hijo.

Es la imagen femenina que lo inspira siempre: su vida, su musa, su santidad.
Por la imagen de la mujer idealizada aprende a amar, es impulsado a escribir y a crear, gime, desespera y se convierte a vida perfecta.
De niño ama a su madre sobre todas las cosas.
Nacido Jacopone de Todi en el año 1228 es su madre el centro de toda su atención y su cariño.
Es educado con todo esmero, según la costumbre de los nobles de aquellos tiempos y adiestrado en el arte del bien escribir y guerrear.
Su alma dura y varonil se rebela a las disciplinas, por eso sólo encontraba sosiego en el amor de su dulce madre. Sus versos lo indican:

Ben vegio che ama il figlio Bien se ve que el hijo quiere
Lo patre per natura a su padre por naturaleza
E matre con dolzura pero a la madre le da todo
Tutto suo cuor il dona. su corazón con suavidad.

Su padre era seguro, de carácter duro y únicamente pensaba en dar a su hijo una verdadera educación, cosa no fácil en esos tiempos en los cuales el idioma italiano no estaba aún bien formado y se hablaba en la península italiana el latín, el provenzal y los modismos locales; el mismo Jacopone sería un precursor, junto con Bruneto, del idioma gentil que culminó con Dante, Petrarca y Boccaccio; además el que Italia estuviera dividida en pequeños estados y siempre en guerra entre sí, requería una gran pericia en el arte de la guerra, de la estrategia y la jurisprudencia. Benedetti no ahorraba a su hijo ni castigos, ni disciplinas para ahogar en él los ímpetus de rebelión y la tendencia a las quimeras propias de la niñez y de la adolescencia.
En esos momentos de tormenta interior siempre encontraba una caricia y amparo en los brazos de su madre y a ella se apegaba, con fuertes lazos de amor, cada vez más.
De su padre se alejaba día a día, llegando hasta el odio; él mismo lo confiesa:

Staba a pensare Iba pensando
Mio pater morerse que si mi padre moría
eh io piu non staesse yo ya no estaría ligado
a queste brigata. a estas obligaciones.

Pero, a pesar de todo, no pudo eludir la influencia ni la autoridad del padre, que le obligó a frecuentar las escuelas, a estudiar fuerte y a doctorarse en leyes en la Universidad de Bolonia.
Y no por un día, por cuarenta años fue abogado y procurador en su patria, dedicándose con muy buena voluntad a su profesión.
¿El rebelde había muerto? ¿El fogoso muchacho había sido substituido por el hombre reposado? ¿Ya él no pensaba en abandonar lo que antes tanto le fastidiaba?
Así parece.
En 1267, Jacopone, ya cerca de los cuarenta años, se casó con Vanna, hija de los condes de Coldimiezzo; y todo el amor que había puesto en su madre lo trasladó a su esposa. Era ésta joven, hermosa, buena y discreta y llevaba consigo el encanto promisor de una felicidad plena. Así pareEn 1267, Jacopone, ya cerca de los cuarenta años se casó con Vanna, hija de los condes de Coldimiezzo ; y todo el amor que había puesto en su madre lo trEra
Jacopone siguió su adoración a la Imagen Femenina en la de su esposa, acercándose a ella con entera dedicación y con una devoción tierna y sincera.
Pero en el año 1268 sucedió algo terrible. Los habitantes de Todi daban una gran fiesta en la plaza mayor; en el palco reservado a las damas, entre todas, brillaba la joven esposa del poeta. Los ojos de Jacopone, que estaba entre los del jurado, admiraban más la belleza de su Vanna que el desenvolvimiento del torneo.
Pero la visión y la fiesta son de pronto interrumpidas por un ruido infernal, seguido de gran pánico.
El palco de las damas se ha derribado y el caprichoso destino no se ha llevado, sin embargo, más que una víctima: la esposa de Jacopone.
Mientras el dolor de las profundas heridas y el deseo de vivir dan expresión al rostro de Vanna, él espera salvarla: la llama con dulces nombres, le suplica que no lo deje, ofrece su vida por la de ella. Pero, cuando la serenidad y el abandono de la muerte componen de dignidad el rostro de ella, Jacopone siente en su pecho la más negra desesperación.

Cuis animan gementem Esa alma que lloraba
Contristatam et dolentem triste y dolorida
Pertransivit gladius. fue traspasada por una espada.

Se acordaría de ese momento doloroso de su vida mientras componía la segunda estrofa de su “Stabat Mater”.
En esas dolorosas tinieblas se sentía Jacopone herido de muerte; pero la muerte es vida y él sale de esa terrible prueba convertido a nueva vida.
Su conversión religiosa despierta al mismo tiempo su antigua personalidad, que parecía aniquilada; surge de nuevo el poeta, el rebelde, el santo y sobre todo el asceta.
Ya no se rendirá más el varón de Dios; aquí empieza su camino ascético que no terminará sino con el fin de su vida.
El centro y fin del camino ascético de Jacopone de Todi es María, la Dolorosa.
Del suave amor a la madre, del apasionado amor a la esposa, pasa al amor de la suave Madre de Dios. La Divina Madre triunfa en él, dándole como objeto de su búsqueda y de su amor a la Imagen de Aquélla que el tiempo no desmorona, ni el viento esparce, ni cambian los años, ni toca la muerte.
El fuerte y varonil corazón de Jacopone, su acentuada hombría, se pliegan delante de la Madre de Dios en el momento que expresa el Gran Dolor.
Cuando habla de Dios no puede recordarlo sino como juez implacable y justiciero que mide al hombre con vara de hierro pronto a descargar el castigo sobre la tierra; si es verdad que él compuso el “Diae Irae”, como algún historiador afirma, bien se puede ver su concepto religioso; cuando habla de Jesús sólo ve en Él al Gran Rey, al incomparable Salvador que redimió a los hombres con su sangre y muerte de Cruz.
Pero cuando habla de María, cuando canta su dolor, se conmueve, se suaviza, vierte lágrimas y se enciende su corazón en una ola incontenible de compasión y ternura.
La Dolorosa es su centro y él va a Jesús Crucificado y a la perfección a través de las lágrimas de la Madre.
En pos de Ella tiene fuerzas para aborrecer al mundo y a su vida pasada y es por Ella que hace penitencia y mortifica y destruye al viejo hombre.
Ella le inspira el ansia de la renuncia de su propia voluntad y el deseo vehemente de borrar sus pecados. Él estalla de arrepentimiento:

Quis est homo qui non fleret ¿Qué hombre no llora
Matrem Christi si videret Si ve la Madre de Cristo
In tanto suplicio? Sufriendo tanto?

La conversión y el Santo Amor lo hacen poeta.
Es opinión común de muchos que Jacopone empezó a escribir versos sólo después de su conversión; pero es de suponer que ya desde antes, si bien a hurtadillas, escribía versos. El poeta no se hace, nace.
Sus laudes escritas en italiano y sus himnos escritos en latín nos dicen que un escritor de tal envergadura no pudo hacerse en un día.
El “Stabat Mater”, atribuido a otros autores, es ahora reconocido como obra suya.
Al principio de su conversión Jacopone se propone hacer vida más perfecta. Su camino ascético, inicialmente, consiste en un gran odio a los pecados capitales, en una constante lucha, temor y mortificación contra las tentaciones, para poder perseverar en sus propósitos. Aparentemente es el de antes, pero en su interior se está efectuando un cambio completo.
De los 40 a los 50 años camina lentamente, como si temiera efectuar la gran renuncia, pero avanza y comprende que el Foro, la vida cómoda, los amigos, su ciudad natal de Todi, son todos lazos que le impiden su dedicación total a Dios.
Muestra deseos de hacerse fraile, pero sus amigos lo disuaden una y otra vez: un hombre a los 50 años ya no puede amoldarse a la vida austera del claustro; además él puede hacer mucho bien estando en la vida seglar, escribiendo versos, cumpliendo sus deberes y siendo ejemplo de vida religiosa.
Él titubea y no sabe que decidir.
Teme que siguiendo así pierda el tiempo inútilmente y le asusta al mismo tiempo una vida de tanto sacrificio.
Se hablaba mucho, en el centro de Italia en esos días, de la conversión de Margarita de Cortona, la cual de una vida cortesana había pasado a la Orden Tercera de San Francisco y vivía entre los rigores de la penitencia, el éxtasis y las revelaciones divinas. De todas partes corrían a Cortona para ver a la mística en su humilde celda.
Jacopone decide ir a consultarla ¿No decían que a ella le había hablado Jesús desde una Cruz, llamándola: pobre pecadora mía, y en lo sucesivo la había honrado con los títulos de: Hija y esposa mía?
¿Quién mejor que ella podía decirle una palabra de orientación?
Como siempre, es una mujer la que guía los pasos de Jacopone.
A Cortona fue y oyó de los labios de la extática la confirmación de su vocación religiosa.
En 1278 Jacopone de Todi entró en la Orden de los Frailes Menores, pero únicamente como lego, por espíritu de humildad.
Bajo el sayal de San Francisco él reconoce siempre al antiguo pecador y como tal se trata, despreciándose y deseando el desprecio de todos.
Su camino ascético es árido y duro, sin esperanza de descanso y de recompensas sobre la tierra.
En él sólo ha de encontrar espinas, dolor, penitencias, azotes y renuncias; para él solo será concedido la tristeza, el cáliz, la hiel y las lágrimas de la Pasión.

Eia Mater, fons amoris Oh Madre, fuente de amor
Me sentire vim doloris que yo sienta tus dolores mucho
Fac, ut tecum lugeam. haz que llore contigo.

Cuando le es concedido a Jacopone un poco de tregua a sus terribles luchas y pruebas, el único descanso, el único bien que se permite es el amor sangriento de la Cruz, es llegar a reproducir en su mente, en su corazón y sus carnes las espadas de la Dolorosa, las llagas de Cristo.

Sancta Mater, istud agas, Haz Santa Madre
Crucifixi fige plagas que las llagas del crucificado
Corde Meo valide. Sean fijadas para siempre en mi
corazón.

Nada de goces exteriores ni interiores para él. Rechaza el deleite de llegar a una quietud pues quiere esforzarse en su ascética de dolor hasta que muera: Donec ego vixero.
Todo el deleite sea para él en el cielo, con su Divina Madre, después de la muerte, si Dios Juez lo absuelve de sus pecados.
En el convento desea vivir como simple lego, ejercitándose en los más humildes oficios.
Pero no le basta.
Quiere ser vilipendiado, despreciado y que lo consideren como a un loco.
Quiere estar siempre con los más pocos, más humildes, más estrictos.
Su camino ascético es desolación, por eso únese a los Espirituales. Los Espirituales eran unos Franciscanos que deseaban vivir las reglas y costumbres primitivas de la Orden, tener una vida rígida y no poseer absolutamente nada. Los dirigía el venerable Pedro de Juan de Oliva y a ellos se unió Jacopone de Todi. Pero deseando hacer vida más austera y apartada se unió a los Franciscanos, llamados Ermitaños Celestinos, así llamados porque formando un grupo independiente de la Orden Conventual, fueron aprobados por el Papa Celestino V en 1294.
Pero al advenimiento de Bonifacio VIII fue disuelto este grupo por dicho Papa.
Algunos volvieron a los franciscanos con el Bienaventurado Conrado de Offida; pero otros se rebelaron abiertamente, entre ellos fray Jacopone.
Ya el camino de Jacopone está definido; ya tendrá que ir errante, el rebelde, siempre perseguido, siempre acosado, siempre huyendo; sin esperanza de algún descanso.
No era enemigo de Bonifacio VIII como Papa, sino como supuesto usurpador del Papado; se supone más por espíritu de compañerismo con los de su Orden de Ermitaños abolida, que por creer verdaderamente viciada la elección del Papa.
Tampoco se ve que esperaba mucho de Celestino V como Papa, ya que había escrito en una poesía suya:

Che farai, Pier da Marrone ¿Que harás, Pier de Marrone
Sei venuto al paragone? Ahora que te pusieron a prueba?

Y acontece que en 1297 participa en la reunión de Lunghezza con los Colonna y sus partidarios, Deodato Rooci y Benedicto de Perussa, firmando el manifiesto de oposición a Bonifacio VIII.
En el año 1298 las milicias papales ocupan Palestina, fortaleza de los Colonna, en donde estaban sitiados los opositores y Jacopone es hecho prisionero.
Por cinco largos años permanece en la cárcel y sólo es libertado de allí la Navidad de 1303, por Benedicto XI.
Tres años le quedan de vida ya que terminará sus días la Navidad de 1306.
Murió en el Convento de las Clarisas de Calazzone.
Una vez más, las buenas hermanas se le mostraban en la hora suprema como único amparo en este pobre mundo.
Dicen sus biógrafos que su corazón estalló por el deseo vehemente que tenía del cielo. Tal sendero no podía terminar sino con un incendio, un incendio de amor, que le abría las puertas del cielo, de la Divina Unión.

Enseñanza 10: Juan Pico de la Mirándola

Una de las figuras más discutidas en el mundo literario y filosófico es la de Juan Pico de la Mirándola. Ni aún las luces del naciente y glorioso Renacimiento lograron disipar las tinieblas medioevales de superchería y superstición que rodearon a la figura de este hombre, pues él fue, verdaderamente, uno de los nexos principales entre la edad medieval que fenecía y la del renacimiento.
Todo lo que rodeó su nacimiento fue, quién sabe por eso, de tétrico y añejo aspecto. Tal era el castillo de la Mirándola, con sus puntiagudas torres, con sus altas murallas escuetas, con sus crujientes puentes levadizos, situado entre las oscuras montañas de la Toscana Central.
Nacido de antigua familia, de noble estirpe, predestinada a la guerra y a las armas, éste fue el ambiente que lo rodeó de niño. Pero sucede un milagro. El niño de blondos y largos cabellos, de inmensos ojos azules, de cara ovalada y femenina, resalta entre todos. Los duros guerreros habituados a las blasfemias y al griterío, no osan abrir la boca en su presencia.
Su dulzura se impone, su modestia atrae, su belleza física resplandece como llama portadora de una luz interior. Todo lo viejo le aburre: guerras, costumbres, modo de vivir. Lo único viejo que ama son los libros; y como de un manantial puro, brotan de los labios del niño, espontáneamente, las mas bellas poesías.
Nadie puede con él; su dulzura vence a todos. Ya su padre está resignado a no hacerlo hombre de armas, ni sacerdote, sino a dejarle libre para que siga sus quimeras.
Y Pico no tiene más de 10 años; sin embargo ya es toda una expresión nueva, una imagen viva del renacimiento al cual tanto aportará.
A los 14 años ya está en Bolonia discutiendo temas de derecho canónico con los más ancianos doctores, derrotando a los escolásticos y decantando la filosofía griega.
Pero hay aún más. A esa misma edad es laureado.
Pero ¿quién puede poner sosiego a su ansia de saber? El mundo es pequeño para él; el tiempo, breve.
Año tras año, peregrino del saber, corre por todas las universidades, conoce todos los centros de estudios y asiste a las cátedras de todos los sabios conocidos entonces. Siete años dura esta peregrinación.
Se dice que a los dieciocho años sabía ya 22 idiomas y conocía todas las ciencias oficiales de la época.
¿Donde puede asentarse este hombre renacentista, sino en Florencia, cuna de la nueva era, vivero de hombres de ciencia, de artes y de letras?
Lorenzo el Magnífico, duque de Florencia, cobra un entrañable afecto a este sabio adolescente; no puede desprenderse de él. No compone poesías, ni las da a publicidad sin que éste las apruebe. A pesar de las manchas que volcaron los hombres sobre las intimidades de estos dos amigos, fue ésta una de las más bellas y duraderas amistades, que sólo la muerte pudo separar; y por breve tiempo.
Fue entonces cuando el joven Pico publicó sus noventa proposiciones denominadas “De Omni Re Scibili”, que fueron condenadas por el Papa. Se proponía con éstas estimular el estudio de todas las cuestiones universales y humanas; pero fracasó por la intransigencia eclesiástica.
La obra más maravillosa de Pico de la Mirándola fue la de colaborar con Marsilio Ficino, el gran filósofo platoniano, para hacer renacer el estudio y el amor a los filósofos griegos y fundar la célebre Academia Florentina.
Como era profundamente religioso y deseaba ser instruido sobre la parte esotérica del cristianismo, se relacionó con sacerdotes venerables e influyó en el ánimo de Lorenzo de Médicis pa